Tres perfiles distintos

 

Indice: Un mar sin orillas

Venían por la Octava a mediados de los años cincuenta, como recordaba Víctor, todo tipo de personas: profesionales, estudiantes, señores casados... Para estos últimos organicé un Curso de Teología para laicos en el que traté de temas muy diversos: la santidad en medio del mundo, la santificación del trabajo, la educación cristiana de los hijos, los deberes del estado matrimonial, algunos principios de doctrina social de la Iglesia, etc.

Los asistentes -Alfredo Obiols, Walter Widmann, el doctor Cofiño- eran padres de familia de notable categoría profesional, con mucho empuje, y muy diversos entre sí.

Walter Widmann era un genuino "hombre de acción": ardoroso, decidido, emprendedor, con un aspecto fornido y vigoroso que delataba su origen germano. Un día me preguntó cúal era la misión del Opus Dei y le dije que, aunque en Guatemala estuviéramos entonces sólo tres laicos y dos sacerdotes, había ya muchos hombres del Opus Dei en diversos países que se dedicaban, también en el matrimonio, a promover una vida coherente con la fe entre los cristianos, en medio del mundo... Se quedó pensativo; y desde muy pronto colaboró activamente con nosotros.

Alfredo Obiols, hijo de un catalán y una guatemalteca, era un universitario sosegado, reflexivo y culto, con buena formación cristiana y grandes afanes científicos. Le atrajo desde el primer momento el mensaje que difunde el Opus Dei: la llamada universal a la santidad y el valor santificador de una vida ordinaria de trabajo, Hablamos del plan de vida de una persona del Opus Dei: trabajo intenso, un rato de meditación todos los días, asistencia diaria a la Santa Misa, confesión frecuente, devoción a la Virgen... El vivía muchas de estas costumbres cristianas.

¿Y Ernesto Cofiño? Me resulta difícil trazar su perfil con cuatro pinceladas. El doctor era un hombre excepcional; y como tantos hombres excepcionales, inclasificable. Cuando le conocí tenía grandes inquietudes espirituales, pero... nada más. Su madre lo había educado en la fe, y practicaba un vago "catolicismo social", que se reducía a asistir a bodas, bautizos, funerales y misas de quince años (29)*. Era lo que suele llamarse "un hombre de mundo" que conservó intacto hasta el fin de sus días un talante genuinamente francés, abierto y cosmopolita, fruto de sus años en París, junto con una politesse y un savoir faire singularísimo. Tenía una capacidad de trabajo nada común; y era un luchador de raza, acostumbrado a batirse el cobre para sacar adelante sus numerosísimos proyectos.