Un nuevo refuerzo: Enrique

 

Indice: Un mar sin orillas

"Poco después -sigue contando Víctor-, en septiembre de 1955, nos llegó otro 'refuerzo': Enrique Fernández del Castillo, un joven abogado de México. ¡Ya éramos cinco! A partir de entonces las excursiones a los volcanes pasaron a tener 'dos velocidades', porque mientras don José María trepaba como un meteoro, Enrique subía serenamente, paso a paso, calmoso, tranquilo... Cuando llegábamos arriba don José María miraba el reloj y decía: '¡Uf! ¡Qué tarde es! ¡Vámonos, vámonos, que ya es muy tarde!' y regresábamos a paso ligero, contagiados por su dinamismo. Y una hora después llegaba Enrique, sin comprender para qué habíamos corrido tanto...

Venían por la Octava todo tipo de personas: jóvenes profesionales, señores casados, estudiantes... Eran católicos en su mayoría, aunque también venían judíos o protestantes como Roberto; y no faltaba alguno que alardeaba de ateo. Entre los estudiantes recuerdo a Jorge Palarea, que venía con mucha frecuencia a la Octava, y que se hizo, soprendentemente, muy amigo de Enrique".