La primera mujer del Opus Dei en Guatemala

 

Indice: Un mar sin orillas

"Pues ya le he dicho -cuenta Marta- que usted no se acuerda, pero yo sí, que yo era una patoja cuando vino usted a decir Misa a San Felipe. Yo vivía en Alotenango, que es un pueblo muy bonito, y no es porque sea mi pueblo. Me parece que el nombre quiere decir abundancia de alotes, y cuando yo nací era un pueblo muy pequeño y muy pobre. No sé cuantos habitantes tenía, pero aún había carretera de tierra; una carretera muy mala, con unas casitas de adobe y unos ranchitos y la iglesia y el juzgado y el mercado, y una plaza con un parque dedicado a Justo Rufino Barrios, cabal donde han puesto ahora el servicio de correos. La mayoría éramos indígenas. Entonces había una división muy grande entre los indígenas y los ladinos; porque los ladinos llevaban las tiendas y los negocios y no hablan lengua, y los indígenas nos dedicábamos sólo a cultivar maíz y hablamos lengua...

Nosotros fuimos doce de familia. Yo soy la cuarta, pero mis tres hermanos mayores murieron, así que desde pequeña me trataron como gente mayor y me fui encargando de todos los hermanos. Mi mamá me enseñó las primeras oraciones, al amanecer y al anochecer. La recuerdo siempre trabajando, encorvada sobre el metate, o vistiendo a los patojos, o acarreando el agua, o moliendo, o palmeando las tortillas, o cociéndolas sobre el comal, o tejiendo... pero siempre trabajando. Le gustaba mucho tejer. Tejía a mano, como todas las señoras del pueblo, y yo medio la ayudaba a bordar pajaritos y flores con unas espinas grandes, de esas que sacan de unos cactus que tiene una cabecita que figura el alfiler, no sé si las conoce usted.

En aquel tiempo todas las señoras tenían sus telares. Antes de casarse se hacían, por lo menos, dos trajes: el perraje y el huipil. El corte, no: el corte lo compraban en la Antigua. Ahora se está perdiendo la tradición en el traje, pero cuando yo era pequeña mi abuela vestía la falda, que era así como un azul claro, tirando a blanco, con rayas horizontales, que se llama morga, y una faja colorada, y un huipil blanco, con pajaritos en hilera en medio...

Pues como digo, nosotros hemos sido siempre un pueblo bastante pobre, viviendo de maíz y frijol, hasta ahora, que están cambiando a cosechar café. Pero es que el volcán, con las erupciones que hace, destroza las cosechas. ¡Qué sustos me pasaba de patoja con las erupciones! Una vez hubo una que duró cinco días. Era un temblor continuo, y yo sólo decía: 'mamá, ¿por qué no nos iremos a otro lado?, porque se veían ríos y ríos de lava, que gracias a Dios no llegaban hasta el pueblo, porque hay por medio una hondonada que se llama Barranca Honda.

Pero mi mamá me contestó: 'Dios aquí quiso que naciéramos y aquí nos quedaremos. Estamos en sus manos'. Eso fue todo lo que me dijo. Después, cuando hizo otra erupción, con fumarola y lava, la maestra nos mantenía ocupadas con costuras o extendía sus mapas y nos daba clases, para que no pasáramos miedo.

En esa época había poca escuela para las mujeres, porque los hombres pensaban que nosotras no teníamos que ir. Gracias a Dios, mi papá prestó el servicio militar y allí se dio cuenta de la importancia que tenía el saber, al menos, un poco de letras; y dijo que cuando él tuviese hijos nos pondría a todos en la escuela, sin excepción. Y así lo hizo. Y poco más recuerdo de entonces... Lo que sí puedo decir es que era un pueblo muy religioso, que había muchas fiestas, y que un grupo de personas escogidas por su vida ejemplar se dedicaban a recaudar limosnas y organizar la fiesta del santo patrón. El resto del año no llegaba sacerdote al pueblo.

De todas las fiestas que había, la del Jueves Santo era la que más me gustaba: porque dejaban de tocar las campanas y tocaban la matraca, que es un instrumento como de cuatro cajones, en forma de cruz, que tiene unos palos intermedios, y que al chocar producen ese ruido, y está a la misma altura que el campanario... Era muy bonito; la iglesia se llenaba de olor a corozo y a muchos aromas... Y ponían alfombras por todo el pueblo; y la gente que tenía más centavos hacía sus alfombras de aserrín, con sus recortes de venados y otras figurillas. Otras las hacían con la flor de la chilca, que es una flor amarilla, y también con una hierba que va picada, así como haciendo grecas, que se llama el trébol.

También eran muy bonitas las fiestas de la Navidad, con la Virgen y San José, con un sombrero y un tecomate al hombro, y el Niño Dios al que cada quién iba trayendo flores distintas. Recuerdo que la primera Misa de Navidad que fui, cuando era patoja, regresé indignada, porque empezaron a quemar cohetes, y sonó un tambor grande, pom-pom-pom-; y otro tambor pequeño, pom-pom, y la chirimía, y yo, al oír tanto relajo, con los pitos de agua, me pareció que todo era irreverencia. Ya luego me explicaron que aquel ruido era por la alegría de que había nacido el Niño Dios. Pero... ¡a saber entonces qué me pensé yo!

Mi mamá tenía idea de que yo no iba a seguir estudiando y la ayudaría, pero mi papá decía que no; que si tenía capacidad para seguir adelante, que siguiera. La maestra del pueblo, doña Olga Jesús Ochoa, vio que sí podía seguir estudiando, y me dijo que podía ir para entrenarme con una hija que tenía en Puerto Barrios, que también era maestra, y después, volver para enseñar al pueblo. A mi mamá esto no le gustó ni un poquito, pero mi papá me dio permiso para irme con ella.

...Y yo ya estaba dispuesta a irme, cuando una familia nos invitó a una Misa en acción de gracias por el matrimonio de sus hijos, y al terminar el sacerdote dijo que en la capital estaba comenzando una Escuela Hogar, donde nos podrían enseñar a las jóvenes los trabajos de la casa, a bordar, a cocinar, a costurar, para promocionarnos y aprender muchas cosas buenas. Le preguntaron: '¿pero van a estar bien cuidadas?', y dijo que sí. '¿Pero son católicos?' '¡Pues claro que sí! -dijo-. Y además hay Padres que van a decir Misa todos los días y a confesar, que la que quiere se confiesa'.

Desde ese momento me entró una inquietud grande por ir; no sé por qué, pero quería ir. Y hacía apuestas con mi hermana de que iría a la capital y me quedaría. A mi mamá ninguna gracia le hizo: 'lo que necesitás es trabajo', me dijo; y me dio unos quehaceres para que me olvidara...

Me fui a hablar con mi papá, que estaba en una reunión de unos quince señores, de esos que dan la apariencia como de que no se están enterando, cuando no es así... Platiqué con él y le dije que quería ir a la capital, a esa Escuela Hogar. Entonces un señor del pueblo dijo: 'Juan Pablo, eso es de Dios, aprovecha que tu hija tiene esa inquietud'. Pero mi papá siguió sin decir nada. Y otro señor del pueblo dijo: 'eso sería bueno si se juntaran dos o tres, porque puede que sea una secta; hay que cuidar, no vaya a ser que sean protestantes'. Pero entonces dijo otro: 'si han dicho que hay Misa, y hay confesión, no pueden ser protestantes'.

Mi mamá no quería que fuera, pero nunca me tocó ese tema: entonces, en mi pueblo las mujeres no opinaban... Pero mi papá dijo: 'si Dios quiere, te irás; no creo que seas tan tonta que si ves que son protestantes te quedes con ellos...'. Habló con los otros y dijeron: 'si esto hay que hacerlo, mejor hacerlo ya: ¿para qué van a estar inquietas?'. Y nos dijeron que nos veníamos a la capital enseguida.

Cuando iba a venirme a la capital, no dormí en toda la noche. Y es que antes no era como ahora: sólo iban a la capital las regatonas, unas señoras que compraban cosas en la costa del Pacífico y las venían a revender al pueblo. Vinimos en camioneta. Sólo había dos en el pueblo, una mala y una buena, que la llamábamos la Reina, que era de una señora a la que no le gustaba que se la mancharan; y que, como había que pagar más, sólo la ocupaban las señoras que se querían distinguir un poco.

Nosotros nos vinimos en la otra, que la llamábamos San Carlos, y nos llevó hasta la misma puerta de la Escuela Hogar, en la Novena Calle, y el chofer nos tocó el timbre. Yo iba con un corte muy bonito, de colores muy alegres, porque mi mamá me dijo que, como yo soy morena, mejor buscara colores vivos. '¡Si no -me decía, riendo- te vas a ver como los zanates!'(24)*

Llegué alrededor de las diez de la mañana, y salió la directora, Manolita Ortiz, la recuerdo perfecto, con su falda roja y una blusa blanca. Nos saludó y nos dijo: 'Qué alegría, qué alegría, ¿de dónde son ustedes?' Y nos trató muy bien. Yo siempre digo que con un sólo golpe de vista, se conoce a las personas. Unas veces sí y otras veces no. Pero aquella vez, sí. Me di cuenta de que, por la forma de comportarse y de tratarnos, Manolita tenía algo especial.

No sé cómo explicarlo, pero vi que aquella señorita española no hacía diferencias, ni nos trataba de otro modo por ser indígenas. Yo estaba acostumbrada a las diferencias: en mi pueblo, por ejemplo, aunque algunos ladinos no eran dignos de sacar un cien en la escuela, como algunos maestros tenían un interés de que los ladinos tenían carro y en un momento de necesidad les podían pedir favores, pues... les trataban distinto que a nosotros, esa es la verdad. Y eso a mí me molestaba, porque a veces hacíamos composiciones de poesías, y los maestros premiaban al ladino que más faltaba o al que llegaba más tarde, cuando había otros indígenas mucho mejores y con mejor caligrafía...

Sin embargo, Manolita, igual que Auro Peiró, que también vivía allí, y Victoria López Amo, que vino luego, todas nos trataban por igual. Nos enseñó la Escuela y las habitaciones, y el Oratorio, que era muy pequeño. Yo estaba tan entusiasmada que no estuve muy pendiente de las reacciones de mi papá. El otro señor, don Vicente Chock, que ya falleció también, y era católico ejemplar, dijo que confiaba en las señoritas y que nos dejaban en buenas manos.

Se fueron contentos, y me quedé, soñando con todo lo que me iban a enseñar; y traía mi cuaderno de mapas que mi papá había ido a comprar a la Antigua; y plumillas, y tintero. Mi mamá me había comprado, además, lana y agujas, porque su ilusión era que aprendiera croché.

Me sorprendía ver que a pesar de ser tan pocas, se las veía tan contentas y con tanta fe... Y un domingo por la tarde salí a pasear con tres que vinieron de México: Cecerina Miranda, que como era un poco mayor no platiqué mucho con ella, Josefina Saucedo y Amalia Riola. Me dijeron que eran del Opus Dei y que habían venido a trabajar aquí para comenzar la labor del Opus Dei. Me gustó el modo de ser de aquellas tres mujeres, que se preocupaban porque la pasara bien, y por saber cosas de mi pueblo.

Les pregunté por el Opus Dei, y me dijeron que buscaban a Dios en su profesión, los trabajos del hogar, y en su caso, los centros del Opus Dei, como tantas mujeres del mundo que cuidan de su propia casa. Luego estuvimos jugando un partido figurando el basquetbol, porque no teníamos canasta. Con Amalia fue con la que más me entendí. Me habló de Dios y de hacer el trabajo bien, por amor de Dios, y para servir y ayudar a los demás. 'Es que el trabajo bien hecho es un lugar de encuentro con Cristo', me dijo. Luego me estuvo hablando de su trabajo en la cocina.

A mí la cocina nunca me había llamado la atención, pero la forma de ser de Amalia y lo que me contó me gustó mucho. Yo quería ser recepcionista, porque me gusta mucho atender a la gente, y hablar por teléfono, y relacionarme con los demás; y es a lo que me he dedicado toda mi vida. Entonces fui fijándome del modo en que trabajaban, y me di cuenta que lo hacían por amor a Dios, como me había dicho Amalia.

Por ejemplo, Manolita era muy trabajadora y muy rápida: ella solita hacía toda la limpieza de la casa, baños incluidos. Así me enseñaba a trabajar, porque yo estaba acostumbrada a trabajar lento, lento, lento... Su modo de trabajar y lo que me decía me animaban mucho, porque vi como ella, que una señorita española, distinguida, bien educada y con carrera, no tenía reparo en hacer lo que fuera. En aquellos tiempos había muy pocas cosas de limpieza y Manolita hacía el trapeado del suelo sin que se le cayeran los anillos, como suele decirse... Me dieron clases y me enseñaron muchas cosas, y me decían que tuviera afán de superación. Y así fui viendo cómo se puso la residencia Verapaz, y como llegaban las primeras residentes. Y me fueron contando muchas más cosas, pero con la que más platiqué fue con Amalia, en la cocina.

'¿Sabes? -me decía Amalia, mientras hacía la comida- es que si uno hace este trabajo bien, por amor de Dios, uno se hace santo'. '¿Santo? -le decía yo, haciéndome la tonta y como que no entendía, a ver qué salidas tenía- Santo... ¿de cuáles?' 'Pues como Isidoro Zorzano, -me decía-, que la Iglesia ha abierto su proceso de Beatificación'. Y me empezaba a hablar de Isidoro: un hombre del Opus Dei que encontraba a Dios en su trabajo de todos los días, y que... '¡Bueno! -la pinchaba yo-, ¡eso sería Isidoro! ¡Pero ustedes...! ¡Pasarse la vida haciendo siempre lo mismo, vaya aburrimiento!' '¡Pero qué va a ser aburrido! -me decía Amalia-. ¡Es aburrido si no se pone amor; pero si una se pone a preparar unos tamales por amor de Dios...'. '¡Unos tamales! -la cortaba yo-. ¡Pero qué cosas dices!'

Aunque por fuera no la hacía caso, por dentro sí; por dentro me impresionaba verla tan contenta siempre, y con qué amor cuidaba su cocina, con las cajoneras pintadas de blanco, tan requetelimpia; y admiraba cómo le quedaban las camisas a Cece y cómo mantenía su plancha reluciente; y como llevaba Josefina el lavadero. Y todos esos detalles, casi sin querer, se me fueron pegando... Me sorprendía ver, a pesar de ser jóvenes, lo mucho que sabían de su trabajo. Y me gustaba -pero por dentro, eh, ¡sin decirlo!- no sólo cómo lo hacían, que ya era mucho, sino por qué lo hacían. 'Mirá -me dijo un día Amalia-, es que aquí, en el planchero, en la cocina, donde Dios a uno le llame, es donde nos quiere santas'.

'¡Y dale con la santidad!', decía yo. '¿Pero tú sabes lo que es ser santo? -me decía Amalia-. Es tratar a Dios en lo de todos los días; es amarle y quererle con locura, pero haciendo lo que tienes que hacer lo mejor que puedas, sirviendo a los demás, como esa lámpara que hay en el sagrario, que se quema sin que nadie la vea, por amor; no es otra cosa... ¿Tú cómo te habías imaginado?'

-Pues no sé -le dije, para despistar-. Yo pensaba que los santos eran como los de la iglesia de mi pueblo... ¡que se están quietecitos cada uno en su hornacina!

Pero por dentro no pensaba así. Y cada vez que contemplaba la lámpara del sagrario, pensaba en aquello de estar siempre junto al Señor, amándole en el trabajo de cada día, y me fui planteando yo sola ser del Opus Dei. Pero me asustaba: ¡eran tan pocas!

'¡Ya cambiarán las cosas -me dijo Amalia cuando se lo comenté-. Se irá a muchos países, por toda Centroamérica; ya verás cómo todo esto va a crecer: ¡no vamos a ser siempre cuatro!' 'Sí, pero ahora sólo son cuatro'. 'No te preocupes! -me dijo con mucha fe-. ¡Tenemos tantos años por delante! Si Dios te llama, ilusiónate, porque luego, cuando una dice que sí, Dios lo ayuda a uno'.

-Pero en el pueblo seguro que no lo entienden.

-Tus papás son muy buenos y seguro que van a entender. Tú cuéntales todo lo que haces aquí.

Un día lo vi claro, y me decidí a ser del Opus Dei, y se lo dije a Auro. '¡Uy! ¡Nooo! ¡Olvídate de ese asunto!', me dijo. '¿Pero por qué?. A mí me gustaría también ser hija del Padre que está en Roma'. '¡Ah, bueno! -me dijo, sin hacerme mucho caso-, entonces... pídeselo a Isidoro'

¡Pues vaya! ¡Pues vaya!, pensé. Y yo que me creía que me iban a dejar ya, y... además de no hacerme caso, ¡me hacen esperar! '¿Y cómo se lo pido a Isidoro?' le pregunté. 'Como quieras -me dijo-. Pero ahorita, no. Tú tranquila'. 'Bueno -le dije- ya me dirán cuándo puedo ser'.

Y así quedó el asunto. No tenían prisa. Luego, cuando fui del Opus Dei, me di cuenta que me hicieron esperar para que conociera bien la Obra, para que supiera bien qué hacía y qué paso daba, porque la llamada es para seguir a Cristo durante toda la vida. Mientras tanto, Manolita me contaba cosas del Opus Dei, y del Padre; y yo notaba ese cariño especial del Padre por nosotras. Hasta que un día de 1956 Auro me dijo si quería ir a Ejercicios. Yo no la entendí, porque en mi pueblo cuando iban a hacer ejercicios, era que iban a jugar, y le dije muy contenta:

-¡Ah!, muy bien. ¡Voy a preparar la pelota!

Se rió mucho, y me explicó que eran Ejercicios... Espirituales. Fui y allí recé mucho. Manolita nos servía la mesa, porque decía que durante esos días no debíamos preocuparnos de nada, que lo más importante era rezar y meditar... Y así fue pasando el tiempo, y yo les iba explicando a mis papás todo lo que me enseñaban, y lo que era el Opus Dei y cómo nos podíamos hacer santos en el trabajo, y lo que estaba aprendiendo allí de la Iglesia, del Papa, y el amor a los papás que me enseñaban, y la devoción a la Sagrada Familia, y les explicaba que ellos también podían ofrecer su trabajo a Nuestro Amo. Así fue descubriendo mi papá que el espíritu del Opus Dei era de Dios todo.

Y como insistí para comprometerme con el Opus Dei, me dijo Victoria López Amo: 'antes se lo tienes que decir a tus papás. Obra con libertad, pero tu papá y tu mamá lo deben de saber'. Y fuimos a mi pueblo en carro Victoria, Auro y yo, que me la pasé mal todo el camino, porque pensaba sin parar: ¿Por dónde empiezo? ¿Qué digo? ¿Qué me dirán?

Al llegar a casa mi mamá estaba tortiando. Me besó, y me dijo que mi papá no estaba, porque se había ido a trabajar a las faldas del volcán de Acatenango, y era difícil localizarlo cualquier día de la semana. Y empezamos a platicar; y hablando, hablando, yo no me atrevía a decirle lo que quería... Cuando se lo conté, yo creo que se lo esperaba. No me dijo nada. Pero Victoria quería estar bien segura de que mis papás sabían bien lo que hacía. 'Como usted sabe -le dijo- Marta desea ser del Opus Dei, pero ella quiere saber si ustedes están de acuerdo o no'.

Yo no sé qué tanto entendió mi mamá de lo que le dijo Victoria, pero ya sabía mucho por mi papá, con todas las cartas que yo había mandado. Y en pocas palabras le contestó a Victoria:

-Mire, señorita: ya ella nos ha explicado todo, y su papá me dejó dicho que lo más seguro es que cuando ustedes vinieran él no iba a estar, y como no hay tiempo para ir a buscarlo hasta el monte, él me dejó dicho que cuando llegaran, si pedían algún permiso especial, que el permiso suyo ya lo tienen. Pero dijo que si ella libremente lo quiso, muy bien, pero que con Dios no se juega. Entonces si un día ella lo piensa de otro modo y lo quiere dejar, que sepa que no es culpa nuestra.

Eso fue todo lo que dijo. No dijo lo que ella pensaba, porque allá, por costumbre, todo lo dice el marido y las mujeres no tienen que opinar mucho... Ahora, gracias a Dios, eso va cambiando. Y Victoria, me decía, emocionada, durante el camino de vuelta: '¡qué madre tienes, Marta; qué madre tienes!'

Tiempo después hablé con mi papá, que me dijo: 'Hija mía, si te entregas a Dios, pensá que tu vida es como la de un soldado en batalla'. Eso no sé de dónde se lo sacó él. 'Y cuando uno está en una guerra, si uno se pone a pensar en su pueblo, lo matan. Si estás allí, no andes pensando qué pasa en el pueblo, porque esas cosas le quitan la fuerza a uno para estar donde tiene que estar. Yo me imagino esa Obra como un ejército, donde si uno no tiene metida la cabeza es que no sirve'.

Ahora me doy cuenta, don Antonio, que estoy contando lo de adelante detrás y lo de detrás adelante, pero no importa. Yo estaba cada vez más entusiasmada con el Opus Dei, aunque me hicieron esperar mucho. 'Tranquila, tranquila', me decía Auro. Pero yo estaba deseando, hasta que el 14 de septiembre fuimos a ver el desfile de los colegios con los cadetes, por la Sexta Avenida; y cuando volvimos del desfile y terminamos de almorzar, serían entre las dos o las tres de la tarde, Auro me preguntó:

-Marta, ¿sigues con la idea de ser del Opus Dei?

-Ah, yo sí, claro que sí, le dije contentísima.

-Bueno, pues ya es hora. Si quieres, como las cosas serias mejor se ponen por escrito, escribes tú una carta, con tus palabras, al Padre, pidiendo ser de la Obra.

Y así me hice del Opus Dei. Y con el tiempo, fueron llegando más y más; y vi cómo se pusieron muchas Escuelas Hogar y Hostelería, para la promoción de la mujer, como Zunil en Guatemala; y escuelas para universitarias; y para señoras del campo, como Aragua, en Honduras; y Siramá, en El Salvador, y otras muchas, en todas partes, con muchísimas alumnas, y con profesoras y todo muy bien puesto. Y dan clases de Panadería, y de Corte y Confección, y de Manualidades, y de Belleza, y de Cocina, y de Bordados, y de muchísimas cosas más. ¡Yo misma estuve dando clases a las alumnas en Zunil! (25)*

Y se hizo realidad lo que me decía Auro, con aquella sonrisa tan simpática que tenía:

-Ya verás, Marta, ya verás cómo todo esto va a crecer: ¡no vamos a ser siempre cuatro!".