Los mayas

 

Indice: Un mar sin orillas

"¡Si ya la he contado muchísimas veces, don Antonio! -decía Marta, riendo, cuando le pedí que relatara su historia-. Pero voy a decir una cosa que quizá usted no se acuerda, y es que yo era una patoja cuando le conocí a usted, que me parece que fue a finales de 1955, en una finca cercana a Escuintla, un día domingo temprano en que fue a celebrar Misa... San Felipe se llama la finca; y recuerdo que toda la gente se alegró mucho, porque muy pocas veces llegaba sacerdote a aquellos lugares...

Estuvo usted confesando un tiempo; y recuerdo que tocaron las campanas para que llegaran todos los que pudieran; y hubo cohetes al comenzar la Misa, y en la consagración, y al final, como se acostumbraba entonces... Yo iba a ese finca desde mi pueblo, Alotenango, acompañando a mi mamá, que solía vender frijol y otros productos que se cosechaban en el pueblo; a cambio, le daban bananos a buen precio. Y luego...".

Los recuerdos de Marta, una mujer cakchiquel, me recordaron los viajes que hice por los pueblos indígenas durante los años cincuenta; y la primera vez que estuve en Sololá, donde tiene lugar uno de los más conocidos mercados índigenas. Fue el 19 de octubre de 1953. Aquel día cumplí 26 años y me llevaron los Sánchez para festejarme. Vimos la ciudad y la panorámica inolvidable del lago Atitlán. Me siguen deslumbrando todavía, cada vez que voy, las aguas de ese lago, que cambian de color a medida que avanza el día: canela, rojizo, morado, azul...

Con frecuencia esas aguas se escrespan: ruge con violencia el viento entre los volcanes que custodian el lago -el Tolimán, el Atitlán y el San Pedro- y se desencadena una borrasca, el famoso xocomil. La leyenda asegura que es el mismísimo Utzil, un héroe mitológico, que busca a su amada Zacar entre las olas, antes de que la devoren los coyotes.

Sea el viento o el mismísimo Utzil, lo cierto es que cuando hay borrasca, estos indígenas ataviados con pantalones multicolores prefieren ir andando al mercado de Sololá por los mil senderos tortuosos que circundan el lago antes que atravesarlo con sus frágiles canoas, los cayucos...

Desde Sololá fuimos a Santo Tomás Chichicastenango. Era día de mercado y como de costumbre, un laberinto abigarrado de tenderetes se había apoderado de la ciudad. Cientos de inditos deambulaban bajo los toldos, charlando y regateando entre las mercaderías, entre voceros que pregonaban cansinamente:

-¡Un quetzal, un quetzal, la toalla que vale dos!

Vendían de todo: barreños de hojalata; productos de magüey; petates de tule; cabezas de vacas recién cortadas; pucheretes de barro; ollas con atole; cebollas, aguacates, jocotes; paraguones inmensos para la lluvia; y hasta redes con carbón de leña, mientras los voceros repetían una y otra vez:

-¡Son tres tazas, por tres, para el caldo, para el café!

Un poco más allá, nos ofrecían sombreros de paja, cepillos de raíces, o huipiles de bordados primorosos, entre muchos objetos variopintos que estos inditos acarrean desde sus aldeas apilados en sus cacastes, unas grandes canastas que sujetan a la espalda con una correa de cuero, el mecapal.

Yo había aprendido ya a distinguir cada etnia por su vestido. No es díficil: cada grupo maya -tzutuhiles, cakchiqueles, quichés, mames, kekchíes, pocomanes, jacaltecos, ixiles, pocomchíes, aguatecos, itzaes, kanjobales y muchos otros- guarda celosamente sus propias tradiciones y desde hace cuatrocientos años en cada zona se viste de un modo diverso que delata su origen: las campesinas de Nebaj lucen borlones trenzados en el pelo; los todosanteros, pantalones de rayas rojiblancas; las mujeres de Chichi, huipiles con flores; los hombres de Nahuala, chaqueta negra...

Impresiona ver caminar a estos indígenas entre los maizales y los labrantíos, enigmáticos, serios, envueltos en sus rebozos o en sus capixay -capisayos-, con mirada inescrutable, fieles a sus tradiciones y sus costumbres, descalzos o con esas sandalias que llaman caites.

Sólo adoptaron una vestidura de todas las que trajeron los europeos: la mantilla andaluza de encaje blanco; quizá porque era la única prenda que podía armonizar con la gracia y elegancia de sus vestidos. Esa mezcla armónica y graciosa se advierte también en los nombres de sus pueblos: San Sebastián Huehuetenango, San Mateo Ixtatán, San José Poaquil, San Miguel Chicaj..., nombres que recuerdan la sabiduría de los primeros misioneros que conservaron siempre la denominación indígena al darles una advocación cristiana.

Una antigua crónica -ignoro hasta qué punto rigurosamente histórica- afirma que hubo una región, Tezulutlán (corruptela castellana de Tecolotlán: lugar de búhos) que quedó sin evangelizar, porque los indígenas resistieron valientemente a los invasores, que intentaron reducirlos tres veces en vano.

Al ver la situación, Bartolomé de las Casas, que abogaba por una evangelización pacífica, tuvo una idea realmente ingeniosa. Compuso unas trovas con las verdades fundamentales del cristianismo y se las enseñó a unos mercaderes indígenas. Luego les rogó que fueran a cantárselas al Cacique de Tezulutlán al son de sus instrumentos tradicionales.

Obtuvo el efecto deseado: fueron los mercaderes; se interesó el Cacique por lo que contaban; y dispuso que su hermano fuera a hablar con los misioneros. Cuando el hermano del Cacique regresó a su tierra le acompañaba Fray Luis Cáncer con una escritura, firmada en nombre del Rey, que les garantizaba que, si se convertían al cristianismo, los conquistadores no entrarían en Tezulutlán.

Fray Luis de Cáncer les enseñó la fe; el Cacique se bautizó y, como relatan las antiguas crónicas: "él mismo se hizo predicador de ella a sus vasallos: y fue el primero que derribó sus ídolos y los quemó; y a imitación suya hicieron lo propio muchos principales".

Lo mismo sucedió en muchos otros lugares de Centroamérica: con el paso de los siglos los indígenas fueron enraizando sus costumbres en la fe que les llevaron los misioneros y se convirtieron en pueblos profundamente cristianos. Sin embargo, en los umbrales de un nuevo milenio, no se ha logrado aún su incorporación plena efectiva a los bienes de la sociedad, ni se han abierto cauces verdaderamente eficaces para su desarrollo humano, social, político, cultural y económico.

Una de las causas de esta falta de desarrollo fueron los ataques que sufrió la Iglesia por parte de los gobiernos liberales y laicistas del siglo XIX. La Iglesia fue durante siglos la gran defensora del indígena; por esa razón, cuando desterraron a tantos obispos y sacerdotes, estos pueblos quedaron abandonados a merced de una autoridad política que los sojuzgó durante décadas. Sufrieron abusos y humillaciones; recibieron tratos inhumanos y crueles; se les empleó en trabajos forzados, en caminos y construcciones, sin derechos de ningún tipo... ¿Qué podían hacer? Su gran valedora, la Iglesia, había sido marginada violentamente de la vida pública. Por eso, en la historia de estos quinientos años, la llaga más terrible, la más dolorosa, es la situación en la que viven tantos indígenas. (23)*

Fueron muchos años, casi un siglo, sin que nadie les hablara de Dios y les administrara los sacramentos... Y durante últimas décadas han seguido sufriendo -¡y cómo!- el azote de la violencia. ¡Han muerto tantos y tantos inocentes! La historia reciente nos ha mostrado las tristes consecuencias del odio y de la injusticia: corrupción moral, abatimiento económico y postración de los más pobres. Al contemplar estos hechos resuenan en mis oídos las palabras del Padre -ahora las entiendo con mayor hondura- en la sala de estar de Diego de León:

-¡Que no, hijos míos, que no! ¡Violencia no! ¡Violencia nunca! ¡No me parece apta ni para convencer ni para vencer!

A comienzos de los años cincuenta, cuando José María y yo atendíamos espiritualmente a estos inditos descalzos que nos escuchaban asombrados, soñábamos con el día en que pudieran conocer el espíritu del Opus Dei. Pensábamos que tendríamos que esperar muchos años...

Sin embargo, Dios hace las cosas como quiere y cuando quiere: la primera persona de estas tierras que se decidió a trabajar por Dios en el Opus Dei y que respondió con generosidad plena fue una mujer indígena, Marta, a la que pedí que me relatara su historia de viva voz.