La primera comunión de Tino

 

Indice: Un mar sin orillas

Mientras tanto, con carro y sin carro, la labor apostólica iba extendiéndose: profesionales, madres de familia, estudiantes, jóvenes universitarios... Si cierro los ojos aún puedo escuchar un leve golpeteo en el portón de la Octava a primeras horas de la mañana, y ver el rostro sonriente y juvenil de Kenet Toppe, de Jorge Palarea, de Boby Buscayrols... Aún no había despuntado el día y ya estaban allí para vivir esa costumbre eucarística, tan difundida entonces, de los "Primeros Viernes de Mes".

Con algunos de estos estudiantes organizamos un retiro -el primero que tuvimos en Guatemala para universitarios- en el mes de noviembre de 1955, y una catequesis para patojitos indígenas en una zona muy pobre del país.

La sed de Dios de aquellos patojitos -¿qué habrá sido de ellos? Tino, Víctor, José- me conmovía. Semana tras semana caminaban varios kilómetros, descalzos bajo la lluvia, por aquellas quebradas y caminillos angostos, para recibir la catequesis. El día de su primera Comunión se presentaron con sus camisolas de siempre, embutidos en una chaqueta que les venía larga y ancha, con un gran lazo blanco anudado a la manga. En una mano, traían el rosario; en la otra, una vela que lograban mantener erguida a duras penas.

Al terminar les organizamos una gran fiesta, seguida de un suculento desayuno, en el que hubo -¿cómo no?- juegos, canciones y cohetes. Y cuando estábamos organizando la piñata se presentó Tino, despeinado y jadeante, que nos dijo, con gesto lloroso:

-Es que he tenido que cuidar de la vaca y no he podido llegar. ¿Ya no puedo hacer la Primera Comunión?

Tomamos el carro y lo llevamos a la ciudad, donde hizo la Primera Comunión en la parroquia de un barrio residencial.

Poco después, regresamos con Tino al lugar donde el resto seguían celebrando la Primera Comunión. El pequeño Víctor saltaba inquieto de un lado para otro con los ojos vendados con un pañuelo, dando golpes inciertos en el aire con un palo, en busca de la olla rebosante de dulces y caramelos. El resto de los patojos le animaban, o le engañaban, divertidos y anhelantes.

No he podido olvidar esa escena. Soñé con el día en que pudiéramos poner en marcha iniciativas para estos patojitos indígenas, que les facilitaran la promoción que tanto necesitaban. Hay muchos niños como estos en Centroamérica, víctimas de la pobreza, de la miseria y muchas veces, del abandono familiar. ¿Cuándo llegaría el día -me preguntaba- en que pudiéramos ofrecerles vías de educación, de progreso, de desarrollo humano y espiritual? ¡Éramos tan pocos y nos quedaba tanto camino por recorrer!

En 1955 unos amigos nos ofrecieron una finca en Santa María Cauqué para llevar a cabo una iniciativa social con indígenas. Tuve que decirles, con gran pesar por nuestra parte, que no contábamos todavía con personas para llevar a cabo aquel proyecto. Le escribí al Padre comunicándoselo y en 1956, cuando estuve en Roma, me comentó que le había apenado que no hubiésemos podido aceptar ese ofrecimiento; pero me dijo que no me preocupara, porque en el futuro las personas del Opus Dei harían una gran labor con indígenas en estos países.

Pensaba que ese futuro tardaría mucho en llegar... pero Dios, como nos recordaba el Padre, hace siempre las cosas antes, más y mejor.

Por la calle real del Guarda
da gusto el amanecer
van entrando los inditos
con sus cargas a vender
Van entrando las mulitas
cargaditas de carbón
unas con leña macisa
otras con maíz y frijol.