El coche de San Fernando

 

Indice: Un mar sin orillas

Es más, se puso sobre ruedas, porque en aquel tiempo nos motorizamos. Hasta entonces habíamos ido a todas partes en el coche de San Fernando (unos ratos a pie, y otros andando), hasta que Roberto, un joven profesional que asistía a los medios de formación espiritual, nos comentó un buen día:

-Miren: acabo de declararme a una muchacha. Recen, porque como mañana me diga que sí... ¡les regalo el carro!

Naturalmente, nos pusimos a implorar con especial tesón que aquella damisela concediese el suspirado sí; un sí que, además de colmar de felicidad el corazón de Roberto, nos pondría sobre cuatro ruedas. Pero al día siguiente llegó a casa con gesto decaído.

-¡Ánimo, Roberto! -le consolamos-. ¡Que no se ganó Zamora en una hora!

Debo reconocer que nuestro deseo de que aquel romance terminara en happy end tenía algo de interesado... Al fin se deshojó la margarita y el día de Navidad de 1955 Roberto entró en casa con una sonrisa de oreja a oreja... y las llaves del carro en la mano.

(La historia acabó bien: Roberto se casó y formó una familia cristiana. El que no acabó tan bien fue el viejo carro, que un mal día, durante un viaje a Escuintla, dijo basta; y allí se quedó).