Un trofeo de guerra

 

Indice: Un mar sin orillas

Se había organizado una expedición militar que avanzaba día tras día hacia la capital de Guatemala, con intención de derrocar al gobierno. Comenzaron los disparos, las carreras precipitadas por las calles, los rumores y los toques de queda.

Sólo habían pasado trece años y nos encontrábamos, de nuevo, en un país en guerra. El Padre también se encontró, en los comienzos del Opus Dei, en medio del torbellino de una guerra civil. ¿Qué sucedería? José María y yo conocíamos bien las consecuencias de una contienda, pero no nos inquietamos: estábamos seguros de que, con guerra civil o sin ella, el Opus Dei se haría realidad: "a través de los montes las aguas pasarán".

Sin embargo, a pesar del optimismo con el que procurábamos encarar la situación, aquello parecía grave: reinaba una gran confusión; nadie sabía a ciencia cierta qué estaba ocurriendo; y algunos hablaban de una nueva Corea a la americana. Gracias a sus conocimientos de Física, José María logró acoplar una larga antena a la radio y captó una emisora clandestina de las tropas que avanzaban. Confrontando las noticias oficiales y las clandestinas, y volviéndolas todas del revés, lográbamos hacernos cierta idea de la situación.

-¡El ejército de los rebeldes -proclamaba el radiofonista oficial- ha sido derrotado hoy en la frontera con Honduras!

-Esto significa -interpretaba José María- que los rebeldes han ganado la batalla.

-¡Han sido -pregonaba al día siguiente- aplastados en Zacapa!

-Es decir, han vencido ellos -comentaba yo.

-¡Gran victoria! -escuchamos al otro día- ¡Los facciosos han sido dispersados en Chiquimula, y se alejan cada vez más de la capital!

-O sea -concluímos los dos-, que están a punto de llegar.

Y llegaron. Cayó el Gobierno, y se acabó la contienda, que duró quince días escasos.

No pretendo valorar la trascendencia histórica, social y política de aquellos graves sucesos, que tanto han influido en la historia contemporánea de Guatemala. No es el objetivo de estas páginas. Sólo diré que fueron días de incertidumbre y confusión; y eso explica que el día de mi santo, 13 de junio de 1954, viniera don Pedro desde México para visitarnos. Esa es la cuarta razón por la que guardo ese día tan grabado en la memoria.

Fue una muestra de cariño sobrenatural y humano que agradecimos muchísimo. Al vernos, se tranquilizó: las noticias de prensa de Guatemala que salían al exterior eran muy contradictorias y estaba preocupado por nosotros. No le fue fácil llegar hasta acá; el viaje fue bastante accidentado: como estábamos "en situación de alerta" durante el camino registraron la camioneta en que venía... ¡catorce veces!

Nos trajo un boceto del retablo del Oratorio. Nos gustó: piadoso, sencillo, con un fondo dorado de estrías lobuladas y un óvalo central, plateado, sobre el que pondríamos una copia en bronce del Santo Cristo de Esquipulas, obra del escultor Urruela.

La "situación de alerta" no era ninguna broma: una tarde, mientras paseábamos don Pedro y yo por la azotea, nos ametrallaron desde un tejado vecino.

-¡José María, por favor, no subas más a la azotea!, -dijo don Pedro al bajar las escaleras-. ¡Ya has visto lo arriesgado que es!

Sabía don Pedro que José María solía subir arriba para "otear" los movimientos de tropas. Tenía bastante pericia en eso: había sido su cometido militar durante la guerra civil española.

Pocos días después don Pedro regresó a México; y como prueba de su humor a prueba de balas, se llevó los casquillos de nuestro fallido ametrallamiento como "trofeo de guerra"...