13 de junio de 1954

 

Indice: Un mar sin orillas

Pasó un día y otro día/ un mes y otro mes pasó y el 3 de mayo de 1954, de improviso, como sucede en el trópico, cambiamos de estación. Por la mañana lucía un sol espléndido. Al mediodía el cielo se nubló. Por la tarde resonó un trueno; luego otro, otro, otro; cayó un chaparrón... y comenzó el invierno.

Poco más recuerdo de aquel tiempo, salvo una fecha, el 13 de junio de 1954. Nunca la olvidaré. Por cuatro razones.

La primera razón -la menos importante-: aquel día celebré por primera vez a San Antonio en este lado del charco. La segunda razón: le escribí una carta a mi madre contándole la gran devoción de los guatemaltecos hacia este santo casamentero que se apiada de los despistados, ayudándoles a encontrar las cosas perdidas; y algo más difícil: un novio de buen ver y con dinero para las mocitas desesperadas.

"Yo le voy a pedir una cosa este año -le escribía- que estés alegre, muy alegre. Mamá, yo siempre pensé que toda vocación es doble: el hijo que se da y los padres que lo dan; y de verdad creí siempre -y sigo creyendo- que el mayor mérito lo tienen los padres que han sido llamados por Dios para ser lo que más quieren, para entregarlo con alegría. Esa es mi vocación. Y tu vocación".

Mi madre me contestaba con unas cartas llenas de alegría y sentido sobrenatural, que me alentaban mucho. Doy gracias a Dios por haberme dado una madre cristiana que supo comprender en todo momento mi entrega en el Opus Dei, sin hacer un drama de nuestra separación física -espiritualmente estábamos más unidos que nunca-, porque sabía que aquello era en servicio y en bien de toda la Iglesia.

¡Cuánta verdad había en las palabras del Padre, cuando nos decía que debíamos a nuestros padres el noventa por ciento de nuestra correspondencia a Dios! Allí, en Guatemala, José María y yo sabíamos que en la otra orilla del Atlántico nuestros padres rezaban por nosotros; y esa oración, que nos confortaba tanto, nos era cada vez más necesaria, porque la situación política, en contra de lo que pensábamos, se iba complicando: aquel mismo día de San Antonio -esa es la tercera razón, por la que no se me olvidará nunca esa fecha- mientras celebraba la Santa Misa, escuché el estruendo de unos aviones que ametrallaban los centros militares de la ciudad.