Ya somos tres

 

Indice: Un mar sin orillas

Por fin, un mes más tarde, el 14 de febrero de 1954, llegó Pepe Revilla, un joven ingeniero cuya presencia agradecimos mucho. ¡Ya éramos tres! Ahora, con la llegada del primer laico del Opus Dei, y viviendo ya en la Octava, nuestro primer centro, podíamos considerar que se iniciaba la historia del Opus Dei en Guatemala. Acababa la pre-historia, el largo prólogo de tanteos y primeros contactos. Es decir, comenzaban... los comienzos.

Pepe llegó vestido para el trópico: una camisa de un producto ultramoderno -el nailon-, una corbata de flores explosivas y un sombrero de jipijapa con una faja con dibujitos de palmeras. Era un hombre de mundo: había nacido en Perú; había conocido el Opus Dei en Chicago; estuvo a punto de ir a Corea; más tarde, ejerció su profesión en México, y ahora, bajando de país en país, llegaba a Guatemala, donde encontró trabajo en la Municipalidad y en la Facultad de Ingeniería.

¡Tres! Todos los fieles del Opus Dei que han vivido unos comienzos saben la importancia de las pequeñas cifras y el grandísimo salto que significa pasar de dos... a tres. Cada vez teníamos más amigos y conocidos: personas de todo tipo y condición social; sacerdotes de diversas parroquias; muchachos del Colegio de Infantes, a los que atendíamos en calidad de capellanes; compañeros de mesa de la Pensión Fernández...

José María, con su gran dinamismo apostólico, se ganaba pronto la simpatía de todos, aunque un día... pero será mejor que lo cuente él.

"Un día fui a celebrar la Misa Cantada en la iglesia de la Asunción, de donde era párroco el P. Sánchez. Vi, satisfecho, que el templo estaba abarrotado de gente. ¡Qué bien!, me dije; pero al comenzar observé, entre murmullos, gestos de desagrado y de sorpresa. ¿Qué pasaría? Al rato salió el P. Sánchez muy apurado:

-Perdonen, perdonen ustedes, pero ha habido una confusión. Este no es el famoso Padre Mojica...

En efecto; había venido a Guatemala el popularísimo José Mojica, un cantante y actor de cine que luego se había hecho franciscano. Y El Imparcial se había equivocado al anunciar la hora de la Misa...".

En otra ocasión José María escuchó un temblor mientras celebraba Misa, pero, como de costumbre, ni se inmutó... Al darse la vuelta hacia los fieles, vio que el templo estaba vacío, salvo tres o cuatro personas que se habían resguardado bajo el quicio de la puerta... "¡Afortunadamente -me contaba-, el monaguillo siguió firme en su puesto!"

También seguía firme en su puesto el chiclero que había instalado su puestecillo bajo nuestra ventana. Hasta que un día, mientras charlaba con el Secretario del Partido Comunista en la puerta de la Octava, vi cómo se quedaba mirándolo con cara de extrañeza... Se acercó hacia él, y ante mi sorpresa, le dio un sopapo, le derribó el puestecillo, y agarrándolo por las orejas, le gritó:

-¡Maldito! ¡Maldito orejas! ¡Fuera de aquí! ¡No quiero verle más!

Yo presenciaba, atónito, la escena. Y cuando el chiclero puso los pies en polvorosa mi amigo me explicó que aquel tipo era un orejas, es decir, un espía del gobierno al que conocía bien (supongo que porque antes le habría espiado a él) y que se habría apostado allí, con toda seguridad, para informar de nuestros movimientos.

Tras los mamporros, no volvimos a ver al orejas: desapareció del mapa. Comenzaron a merodear, en cambio, unos individuos vestidos con pantalón caqui.

-¡Uf! ¡Cuidado con esos! -me alertó de nuevo mi amigo- ¡Son de la policía secreta!

Estas anécdotas reflejan el clima que se respiraba... aunque no todo eran "orejas" y policías secretas. En la pensión, por ejemplo, José María hizo muy buenas migas con un comerciante salvadoreño que rondaba los setenta y se proclamaba ateo convencido. Era un hombre de gran corazón, que al vernos en aquella penuria, nos regaló un par de sotanas.