Esquipulas

 

Indice: Un mar sin orillas

El 14 de enero de 1954 Mons. Rossell me invitó a acompañarle a Esquipulas, donde se celebraba la fiesta del Cristo Negro. Durante el viaje me contaron la hermosa historia de la Basílica. En 1735 llegó a Guatemala gravemente enfermo el obispo fray Pedro Pardo de Figueroa, que viajó hasta Esquipulas, se encomendó al Cristo y quedó curado repentina y milagrosamente. Agradecido, decidió construir el templo y trabajó activamente en sus comienzos. La última piedra la puso el Mariscal de campo de los Reales Ejércitos don Alonso de Arcos y Moreno, caballero de Santiago y Capitán General de Guatemala, agradecido también a un milagro del Señor.

"Es algo único -le contaba a mis padres-. Un templo colonial enorme, de cuatro torres, un crucifijo negro, y miles y miles de inditos apretándose por acercarse. Colas enormes de kilómetros para entrar y dentro, los inditos de rodillas, con velas ardiendo entre las manos, en actitud hierática, rezando en voz alta oraciones de petición y perdón, en medio de súplicas y lágrimas".

A la luz de aquellas candelas que titilaban en la oscuridad escuché por primera vez la canción al Señor de Esquipulas, entre oleadas de ruegos y plegarias:

Padre Nuestro que estás en los cielos
Un rosario te vengo a cantar
Milagroso Señor de Esquipulas
toda mi alma te vengo a entregar.

Han pasado muchos años; pero no se me ha borrado de la memoria la melodía vibrante de esa cantinela, ni la imagen de aquellos hombres conversando de tú a tú con Dios. Así debíamos tratar a Dios en nuestra oración, nos decía el Padre: cara a cara, sin perdernos en el anonimato.