Navidades con sol

 

Indice: Un mar sin orillas

El primer domingo de diciembre de 1954 me dirigí, como de costumbre, con mi traje caqui, mi alzacuello y mi salacot, a una de las parroquias de la Costa del Pacífico cuya atención me había pedido el Arzobispo. Mientras avanzábamos por un caminillo sinuoso, entre un mar de cafetales, con un calor de horno, me dijeron:

-"Ya verá, ya verá Padre, qué lindos se ponen estos cafetales en el mes de febrero, cuando el café maduro se vuelva de color rojo cereza".

Ay... hacía tanta humedad, tanto calor, tanto bochorno, tanto sofoco, que el que se estaba volviendo de color rojo cereza -y sin esperar a febrero- era yo. Me sentía como un queso a punto de derretirse. Y el recibimiento que me hicieron en el pueblo fue más caluroso todavía: cohetes, tambores, pitidos, arcos triunfales trenzados con follaje... ¡y ruido, ruido y más ruido! Era una parroquia de quince mil habitantes con ochenta y cinco iglesitas, atendidas por un único sacerdote. Casi no pude hablar con él porque aprovechó mi llegada para atender una de sus numerosísimas filiales. Estuve confesando durante todo el día, sin parar. Por la noche prosiguió el chum-chum-chum de las tracas y no pegué ojo. Y al día siguiente me dijeron al levantarme:

-Pues ahorita, Padre... ¡Ahorita es cuando empezamos la fiesta!

Celebré dos misas con un fondo delicioso de música indígena. Un indito entonaba unas oraciones tradicionales en una lengua que no entendía, pero que me conmovía escuchar, porque palpaba la fe de aquellas gentes en medio de tanta pobreza. Bauticé a unos veinte niños, todos al mismo tiempo, alrededor de la pila. No fue muy complicado, porque varios bautizandos hablaban perfectamente y caminaban con soltura. Y bendije todo lo bendecible: niños, casas, imágenes piadosas, ¡y hasta los bastones de los alcaldes!

Y llegaron las Navidades. El 24 de diciembre de 1953, tras confesar horas y horas en la catedral, José María y yo estuvimos celebrando la Misa del Gallo en dos capillas de la ciudad. Al regresar, comentamos en la Octava nuestras impresiones. ¡Era todo tan sorprendente para nosotros, acostumbrados a un país con abundancia de sacerdotes! Pero, como estábamos tan cansados, no hubo cena, ni brindis ni cosa parecida. Además, nos esperaba una jornada de abundante trabajo...

Pocos días después, comenzamos un nuevo año. ¿Qué nos depararía 1954? Rezábamos... y soñábamos en el futuro. Nunca olvidaré aquellos ratos de oración junto al Pacífico, mientras el sol rojo del crepúsculo se diluía en un mar de sangre, y se escuchaba un rumor de palmeras meciéndose en el agua...

Muchas de estos recuerdos los había olvidado; pero mi madre fue guardando celosamente a lo largo de su vida las cartas que le escribía desde Guatemala, y ahora, al releerlas, puedo revivir las impresiones de aquellos meses; la primerra vez que fui a Esquipulas; mi primera ascensión a un volcán...