Descubrimientos

 

Indice: Un mar sin orillas

Mientras tanto, íbamos haciéndonos al modo de ser de los guatemaltecos: generosos, afables, ceremoniosos. Aquí no existe el no iré castellano, de filo áspero y cortante; para la negativa se tiene reservado un delicado y cortés "haré todo lo posible...". Reservados, educados, algo tímidos, muy habilidosos y con un gran sentido musical, los chapines aman las canciones canciones de letra sugerente, y con un deje de melancolía, como la famosa Luna de Xelajú:

Luna, gardenia de plata
que en mi serenata
te vuelves canción...

Me admiró especialmente la gran la devoción de este pueblo hacia la Inmaculada. Al caer de la tarde del 7 de diciembre, se encendieron en las calles de la capital centenares de fogatas. Esas hogueras -me explicaron- perpetuaban la alegría que produjo en Guatemala, durante el siglo pasado, la declaración del dogma mariano. Entonces estaba a punto de cumplirse el primer centenario.

Es un espectáculo inolvidable. Con razón Stephens, el famoso escritor de libros de viajes, que estuvo en Centroamérica a fines de 1839, dijo al contemplar las colgaduras de seda carmesí, las enramadas de siempreverde y los altares con ornamentos de plata que engalanaban la Ciudad de Guatemala: "Yo he visto grandes festividades en Europa, con dinero derramado a manos llenas: pero nunca he visto nada tan sencillamente hermoso".

Durante esos días, mientras paseaba entre los puestecillos de buñuelos y atole -una bebida espesa, hecha con maíz recién cocido-, pensé que ese amor a la Virgen era parte del secreto por el que Guatemala, casi sin clero durante setenta años, había conservado con tanta fuerza la fe católica. Y me convencí de que estas tierras gozan de una especial predilección por parte de Nuestra Señora.