Bodas de plata del Opus Dei

 

Indice: Un mar sin orillas

La Octava estaba situada en una calle céntrica, donde había varios colmados y tiendas que generaban un notable ajetreo comercial. Era un lugar de mucho trasiego: hasta un chiclero quiso instalar su puestecillo de chucherías junto a la ventana de nuestra casa, en la que se acodaba por las tardes pensando en las musarañas. Quedaba cerca el portalón del Cuartel de Policía, custodiado por unos mocitos pertrechados con unos mosquetones del tiempo de Mari Castaña. José María, que estaba acomodando su genio cantábrico al pacífico carácter guatemalteco, se esforzaba por saludar a aquellos soldaditos al estilo chapín (22)*, y todavía le estoy viendo, con su clergyman y su sombrero negro, diciéndoles amablemente al pasar:

-Adiós, adiós, mi hijito.

Quien te ha visto y quien te ve, pensaba yo... Dicen que al que madruga Dios le ayuda: no sé si será por eso, pero lo cierto es que Dios nos ayudó bastante; y los guatemaltecos también. Iniciamos en la Octava una nueva vida con unos madrugones inenarrables -porque, quisiéramos o no, las campanas de la iglesia de San Francisco nos despertaban a las cuatro de la mañana- y con el aliento de muchos amigos, como el doctor Gálvez, que nos fueron regalando muebles y enseres hasta que nuestra primera casa en Centroamérica fue adquiriendo, en lo material, ambiente de familia y calor de hogar.

Durante ese tiempo comíamos y cenábamos en la cercana Pensión Fernández, donde hicimos gran amistad con el Secretario del Partido Comunista de Centroamérica, que se alojaba allí, y que nos tomó mucho aprecio. Era un tipo listo; astuto como un zorro y capaz de contarle los pelos al mismísimo diablo. Tenía muchas inquietudes y durante aquellas comidas conversamos sobre diversas cuestiones espirituales.

En aquella pensión celebramos, el 2 de octubre de 1953, las bodas de plata del Opus Dei. Por la mañana, durante la Santa Misa, nos unimos especialmente al Padre y toda la Obra. Doña Victoria de Sánchez nos invitó a comer al mediodía con todos sus hijos para celebrarlo; luego hicimos oración en la iglesia de Belén, donde estaba el Santísimo expuesto. Allí le agradecimos todas las gracias y dones que había concedido a la Obra durante veinticinco años.

"¡Veinticinco años! ¡Un cuarto de siglo! -comentó José María cuando llegamos a casa-. ¡Esto hay que celebrarlo...! ¡Y por todo lo alto!" Llovía a raudales; pero se puso la gabardina y salió a la calle. Vino poco después con unos panes dulces y una botella de vino tinto: era lo único para lo que nos alcanzaba el presupuesto-; los pusimos sobre un escritorio y brindamos, llenos de esperanza, por el futuro de la labor apostólica en Centroamérica.

¡Un cuarto de siglo! Veinticinco años atrás el Opus Dei era sólo un querer de Dios en el corazón de un joven sacerdote. Ahora, había centenares de personas en todo el mundo; y el Opus Dei se extendía desde Madrid, donde se fundó, a Roma, donde vivía el Padre; desde Chicago a Santiago de Chile, pasando por aquella modesta casa guatemalteca en la que José María y yo soñábamos y brindábamos por la futura expansión apostólica: Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica... ¡y Panamá!