25 septiembre de 1953. La Octava

 

Indice: Un mar sin orillas

"Al leer vuestra última carta -le escribía a mi familia el 9 de septiembre de 1953- he caído en la cuenta de que estáis en otoño, con días cortos y tristes, y un sol raquítico. ¡Qué pena! Yo vivo en eterna primavera; y si siempre el clima es bueno, ahora es maravilloso. Un sol brillante, un cielo azul y transparente... No hace calor ni frío y como los árboles siguen llenos de flores, no adviertes ningún cambio de estación".

Estábamos felices. El panorama apostólico era inmenso. El Nuncio nos apreciaba. El Arzobispo nos trataba con gran afecto... pero estaba preocupado por nosotros.

La razón de su inquietud nacía de su profunda comprensión del Opus Dei. Había peregrinado a Galicia en 1952, con motivo del Año Jacobeo, y don Federico Suárez, el capellán de la Estila, un Colegio Mayor de Santiago de Compostela, cuya dirección espiritual está encomendada a la Obra, le había explicado con detenimiento los modos apostólicos propios del Opus Dei. Y un buen día nos dijo:

-Miren: estoy pensando que no deben seguir en la parroquia. Para hacer el Opus Dei necesitan disponer de una casa propia. ¿Por qué no alquilan una?

-Pues, Monseñor... por una razón muy sencilla: no tenemos dinero.

-¡Ah, si es por eso, no se preocupen! ¡Buscan una casa, la ponen a mi nombre y yo pago el alquiler hasta que ustedes lo puedan hacer!

Era una solución muy excepcional, para una circunstancia tan excepcional como la nuestra; y así lo hicimos (20)*. Comenzamos a buscar, y encontramos una casa que podía servir junto a los Baños del Sur, en la Octava Avenida. Así la llamamos desde el principio: la Octava.

La Octava ofrecía por fuera el aspecto de las viviendas populares guatemaltecas, con sus muros pintados de color amarillo y sus ventanas enrejadas. Por dentro era de un estilo... indefinible. El antiguo propietario se había prendado durante un viaje a Europa del Patio de los Leones de Granada y quiso construir algo parecido. El resultado fue un pintoresco patizuelo al aire libre, con una azulejería de sabor andaluz y seis pilares en cada lado que tenían por capiteles unas curiosas cabezas de gatos. Si embargo, si uno se olvidaba de Granada, el conjunto de puertas, zócalos y cristales de colores, resultaba grato y simpático.

Alquilamos la Octava en septiembre, y el Arzobispo firmó el contrato de alquiler. De ese modo se evitaba cualquier problema en aquel clima enrarecido de convulsión revolucionaria, porque Mons. Rossell contaba, ya se ha visto, con amplio respaldo entre los sectores populares.

Bien. Ya teníamos casa. Ahora había que instalarla. El Arzobispo nos regaló un escritorio, un armario, dos camas y tres sillas. ¿Y el Oratorio? Queríamos ponerlo en la mejor habitación de la casa, con la mayor dignidad posible, pero no teníamos ni un quetzal. ¿Y la sala de estudio? Porque el saber no ocupa lugar, pero los libros sí... Le envié a don Pedro unos planos del edificio dibujados a mano y le comenté por escrito que me daba miedo el costo del alquiler: estábamos sin blanca. La ayuda del Arzobispo era sólo una solución de emergencia. ¿Y luego, qué?

Don Pedro me contestó a vuelta de correo. Si la casa reunía condiciones, me dijo, no debíamos preocuparnos por el alquiler: Dios proveerá. Lo importante era instalar aquello de modo que se pudiera hacer una labor estable durante años; si no -insistió-, con los sucesivos cambios de casa se acaba perdiendo dinero, y lo más importante: la continuidad en el trato apostólico con muchas personas conocidas. "Si no tenéis dinero -me sugirió-, una solución es... pedirlo".

Yo no había pedido un real en mi vida y me encontré de la noche a la mañana siguiendo, también en esto, los pasos del Padre, que había tenido que superar tantas dificultades económicas para poner en marcha el Opus Dei en el Madrid de los años treinta. Después de mucho rezar, decidimos pedir ayuda a una señora muy generosa, de la que nos habían dado buenas referencias. Pero, ¿qué decirle, si deseaba "ver" algo del Opus Dei? Salvo nuestras personas, poco más podíamos mostrar: todo estaba por hacer, todo eran sueños, ideas, planes y proyectos de futuro.

Fuimos a visitar a aquella buena señora -Dios la bendiga- que confió en nosotros; nos escuchó con atención y dijo escuetamente:

-Bien.

Y levantándose, nos entregó quinientos quetzales, que estaban entonces al par del dólar y suponían una cantidad realmente importante. Gracias a su generosidad, y a la de otros bienhechores, nos trasladamos a la Octava el 25 de septiembre de 1953, dos meses después de nuestra llegada (21)*.

Como en todos los momentos cruciales, la Nati volvió a entrar en escena... Aquel mismo día 25 de septiembre por la tarde se presentaron en casa dos amigas suyas a las que había contado nuestros apuros: doña María de Novella y su hija Marta, dos señoras de la aristocracia guatemalteca, que nos regalaron varios enseres y una vajilla.

Puede sorprender que una modesta vendedora del mercado sea amiga de unas damas de la alta sociedad, pero así es Guatemala. Con el tiempo, Dios llamó al Opus Dei a muchas de estas mujeres que nos ayudaron en los comienzos, pertenecientes a toda condición social. Así es el Opus Dei; y así es Dios, que no se deja ganar nunca en generosidad.