Una primera impresión

 

Indice: Un mar sin orillas

¿Cómo comenzaron? ¿Qué hicieron?, me preguntan a veces, pensando quizá en complicadas estrategias. "Procuramos seguir los pasos del Padre -les digo- y tratamos de acercar a Dios, por medio de la amistad sincera, primero a un amigo, luego a otro, luego a otro...".

Recuerdo aquel 15 de agosto, la primera vez que celebramos la fiesta de la Asunción en Guatemala. Aquel día José María viajó hasta un pueblo, celebró dos misas, bautizó a veinticinco niños y confesó a más de cien, mientras que yo estuve en una parroquia donde celebré tres misas, oficié en otra de diácono, prediqué en una Misa más y confesé a cerca de doscientos... Durante la comida el párroco de Mixco, el P. Víctor Tello, me presentó a Alfredo Obiols, un joven ingeniero civil, decano de la recién fundada Facultad de Agronomía de la Universidad de San Carlos. Era un profesional prestigioso, padre de cinco hijos, que ayudaba al Obispado asesorando en la reconstrucción de algunas parroquias como aquella, que tenía la torre de la iglesia muy dañada por el terremoto de 1917. Muy pronto nos hicimos amigos.

También trabamos amistad por aquellas fechas con Walter Widmann, un joven caficultor que se había ocupado, a petición del Nuncio, de la laboriosa gestión de nuestros pasaportes. Quisimos agradecérselo personalmente y nos invitó a su casa, donde nos presentó a Carlota Lagarde, su mujer, una norteamericana de sangre vasca, y a sus seis hijos.

Los Widmann me causaron una impresión excelente. Walter era un hombre bueno, muy trabajador, que se estaba acercando progresivamente a la fe.

Poco más tarde, el Arzobispo me pidió que atendiera a un pediatra amigo suyo, el doctor Vassaux, que se encontraba gravemente enfermo. Cuando falleció fui a su casa con el Arzobispo para rezar un responso. Entonces se acercó a nosotros un pediatra, colega de Vassaux.

-¡Doctor! -exclamó el Arzobispo-, ¿Recuerda que el otro día me dijo que necesitaba un director espiritual? Pues aquí se lo presento: Antonio Rodríguez Pedrazuela.

El pediatra me saludó cortésmente. Era un hombre alto -cincuenta y pocos años-, de porte distinguido, con el cabello invadido de canas, de mirada inquisitiva y penetrante. Saqué la pluma y anoté el nombre: Ernesto Cofiño. Le pedí el teléfono de su casa o el de la clínica para concertar una cita; entonces se quedó mirándome, con cierta sorpresa...

Hemos bromeado muchas veces sobre esa primera impresión mutua. "Le ha sorprendido que le pida su teléfono tan a las claras", pensé, porque yo estaba dispuesto a que su deseo no quedara en agua de borrajas. El doctor, por su parte, supuso que yo cavilé en mi interior: "¡Uf! Está un poco viejo. Veremos si tiene chapús (18)*".

Ya se ve que fueron dos impresiones moméntaneas y pasajeras. Tras esa vacilación inicial el doctor -como le llamaba todo el mundo- me dio su número de teléfono y nos despedimos.

Me dijeron que era un hombre prestigioso, muy trabajador y ocupado. Era cierto; había estudiado Medicina en la Facultad de París durante los años veinte; allí -me enteré más tarde- fue discípulo del eminente Robert Debré, una de las grandes figuras de la Pediatría francesa, y allí defendió su tesis doctoral, en 1929, que fue laureada con la Medalla de Plata. En 1930 regresó a Guatemala, donde fue nombrado catedrático de Pediatría en 1936: fue el primer profesor de Pediatría de la Facultad de Ciencias Médicas de Guatemala.

Su prestigio, acrisolado por su presencia en muchos Congresos internacionales y universidades extranjeras -Duke University, Mayo Clinic, Mineapolis University, etc- era el fruto de un intenso trabajo médico y científico. Había sido Jefe del Servicio de Medicina de Niños del Hospital de San Juan de Dios; creador del Sanatorio Antituberculoso Infantil; Director de la Lucha Nacional contra la Tuberculosis en 1945; introdujo en Guatemala la vacuna BCG y puso en marcha numerosas iniciativas, como la Unidad asistencial de San Juan Sacatepéquez.

En aquel tiempo era Director del Centro Educativo Asistencial, el antiguo Hospicio Nacional de Guatemala. Este Centro era, antes de que llegara, una especie de cárcel de menores donde los pequeños vivían aislados hasta 18 años, edad en la que se quedaban en la calle con una escasísima, o nula, formación profesional, por lo que muchos acababan en la delincuencia.

Su nombramiento como director se produjo en circunstancias muy azarosas. El Gobierno había nombrado a un director de ideas radicales que decidió echar, en 1951, a las Hijas de la Caridad que atendían aquel Hospicio. Estas mujeres hacían una gran labor en la ciudad: atendían niños abandonados, daban catequesis y cuidaban de los enfermos del Hospital.

Fue la gota que colmó el vaso: como recordaba José María, las Hijas de la Caridad fueron las únicas que pudieron quedarse en Guatemala, cuando los gobiernos liberales confiscaron todos los bienes de las instituciones eclesiásticas, y expulsaron a todas las órdenes religiosas.

Y como en todos los momentos cruciales, la Nati entró en escena, y participó activamente en la defensa de estas religiosas. La Nati era veterana en estas lides: tiempo atrás, a comienzos de los años cincuenta, cada vez que se rumoreaba que iban a detener a Mons. Rossell, corría hasta la puerta del arzobispado -el mercado estaba muy cerca- y se apostaba allí junto con otras treinta, armadas con garrotes y palos. Debían imponer bastante respeto, porque nadie osaba acercarse al lugar.

La Nati y otras locatarias acordaron con las Hermanas de la Caridad que, si venían a expulsarlas, pidiesen auxilio con las campanas de la capilla. Y en el mes de julio de 1951, al escuchar los repiques, se fue para allá junto con otras lideresas del mercado, dispuesta a la pelea. "-¿Es que en Guatemala no hay hombres?", gritaba a los que se encontraba por las calles. Y le respondían, al verla al frente de aquel batallón armado con delantales y paraguas: "-¡Hombres no, pero mujeres sí!".

Llegaron al Hospicio y desalojaron a los invasores de forma contundente y eficaz aunque quizá no demasiado académica. La Nati vio a uno que se escondía bajo las camas; fue tras él y... le arreó un soberbio paraguazo en las costillas.

Pero la situación se complicó: otras gentes, con otros objetivos, utilizaron la situación para provocar graves desórdenes de carácter social y político; hubo muertos y heridos; los alborotos encontraron eco en muchas publicaciones extranjeras, como la Revista Time. Para remediar la situación, el presidente Arbenz y el gobierno buscaron una figura de relieve, que no estuviera comprometida con ninguna corriente política, para calmar los ánimos; y acordaron nombrar director del Hospicio a Ernesto Cofiño.

Era un reto; cuando le propusieron la dirección de aquel centro el doctor tenía un trabajo absorbente como profesor universitario y como Jefe de Servicio Social para Niños del Hospital General. Pero aceptó: ¡era amigo de los grandes retos! Fue al Hospicio -que pasó a denominarse C.E.A. -Centro Educativo Asistencial- y pacificó la situación.

Las Hermanas de la Caridad se quedaron, los agresores se fueron, y la Nati regresó a su puesto en el mercado. Regresó, todo hay que decirlo, algo preocupada, porque pensaba que se había "excedido" un tanto... Un día, evocando el fragor de la batalla, le preguntó a José María, con gesto divertido, en la puerta de la iglesia:

-Y lo del paraguazo... ¿no será pecado?

El doctor Cofiño era un hombre emprendedor, con una capacidad de trabajo excepcional, y con una mentalidad muy moderna y abierta. Tras su llegada al C.E.A. seleccionó a los chicos realmente necesitados, para que sólo permanecieran allí los que no tuvieran familia, sin atender a recomendaciones de ningún tipo; creó un buen servicio pediátrico; modificó los dormitorios, los comedores y las salas, y reorganizó el Servicio médico. Equipó los talleres de carpintería, plomería, herrería, zapatería y sastrería; y consiguió la colaboración privada de más de treinta personas que trabajaban ad honorem. Todo su trabajo supuso un giro de 180 grados en la mentalidad asistencial de la época para el niño privado de familia: superó el sistema anticuado de los hospicios y propuso la creación de hogares sustitutos, de acuerdo con las conclusiones de la tesis que había elaborado su esposa, Clemencia Samayoa, que se hizo Trabajadora Social para ayudarle.

Cuando le conocí estaba creando además una Escuela para las mujeres, con secciones de Cocina, Lavandería, Clases de Belleza, Floristería, Tienda, Clases de Comportamiento y de Administración del hogar; y había puesto en marcha otros centros adscritos, como una Casa Cuna para niños de hasta dos años; un Jardín de Infancia para niños de dos a siete años en San Juan Sacatepéquez; y una Colonia de Vacaciones para niños delicados y convalecientes. Y estaba experimentando unos programas muy innovadores como "El Llavín". (19)* Todo eso le había acarreado inevitables envidias y celos profesionales. Pero él seguía adelante, contra viento y marea.

No eran falsas excusas: el doctor era una persona verdaderamente ocupada. Pero como la mayoría de las personas verdaderamente ocupadas, supo encontrar tiempo y estuvimos hablando. Durante esa primera conversación me di cuenta que tenía ante mí a un hombre excepcional.