En Palencia y Santa Lucía Cotzumalguapa

 

Indice: Un mar sin orillas

El Arzobispo nos pidió que atendiéramos varias poblaciones. José María fue a Palencia y yo, a Santa Lucía Cotzumalguapa.

"Cuando llegué a Palencia -recordaba José María- a unos treinta kilómetros de la capital, había un gran gentío aguardándome en la plaza, alrededor de una ceiba en la que, según me contaron, habían colgado en el siglo XIX la cabeza de un guerrillero que se había autoproclamado nada menos que mariscal... Fui a la parroquia y visité al párroco, bastante anciano, que yacía inconsciente en la cama. Su historia pone de manifiesto el heroísmo de tantos sacerdotes guatemaltecos. Le habían pedido semanas atrás que atendiera a un enfermo y se había golpeado en la cabeza mientras cabalgaba en mula por aquellos barrancos y quebradas. Cuando medio se recuperó del golpe, le avisaron de nuevo por la noche para que atendiera a otro enfermo. Fue; y en la oscuridad se volvió a caer de la bestia, descalabrándose aún más; y no acababa de recuperar los sentidos...

Entré en la iglesia, donde estuve confesando durante el resto de la tarde. Luego, tras una cena ligera, seguí confesando. Y a media noche seguía viniendo gente y gente: desde seis, ocho y hasta nueve leguas -treinta, cuarenta y cuarenta y cinco kilómetros- a pie, descalzos o a lomo de bestias. Traían niños para bautizar, junto con el pago de los antiguos 'diezmos y primicias', que consistían en un torete medio salvaje que habían logrado reducir a duras penas.

Seguí confesando y confesando, sin parar, hasta las claras del día. Luego celebré la Santa Misa, bauticé a los niños y confesé hasta la siguiente Misa; tomé un tentempié, y presidí la procesión con la imagen de San Francisco; y al día siguiente, más confesiones, y más bautismos: calculo que bauticé unos treinta niños".

Yo atendía Santa Lucía Cotzumalguapa, una localidad famosa por sus estelas con alusiones al juego de pelota, situada 356 metros de altura. Allí pasé numerosos fines de semana, confesando, casando y bautizando. Hice muchos viajes en aquellas camionetas destartaladas que iban al Sur, por caminos polvorientos e inacabables, con un gritón que voceaba las próximas paradas desde el estribo, sudando sin parar, aprisionado entre fardos, bultos, canastas y cestos con conejos y gallinas, que me sirvieron para conocer el mundo indígena, con sus numerosas lenguas, y sus necesidades, más numerosas todavía.

Los indígenas me produjeron admiración, desde el primer momento, por su recia dignidad, dentro de su pobreza; por su amor a las tradiciones; por el sentido de la belleza que se advierte en el colorido de sus atuendos; por el valor que su organización social concede a la familia. Y me sorprendieron vivamente por su profundo sentido religioso, de raíz cristiana, aunque por falta de atención pastoral, se hubiesen introducido algunas deformaciones.

La mayoría de los hombres hablaban castellano -el castilla- y las mujeres se expresaban en sus lenguas indígenas, de las que no entendía nada, salvo los giros castellanos que habían acogido para expresar algunos términos de la fe católica.

"Hace unos días -le escribía a mis padres- vi el famoso baile de la conquista. Es un espectáculo único: simulan la lucha por la conquista entre españoles y naturales, con unos trajes preciosos de un colorido vivo. El personaje central es don Pedro de Alvarado (el conquistador) que lleva un traje riquísimo".

Ese baile es una muestra más de la sabiduría de los primeros catequizadores. Los misioneros apartaron a los indígenas de sus antiguos ídolos -Xipe Totec, el dios del Viento; Echecatl, el monstruo trompudo, y Quetzalcóatl, la Serpiente Emplumada-, pero respetaron sus costumbres, enriqueciéndolas con un nuevo sentido cristiano. Y como les apasionaban -¡y les siguen apasionando!- las danzas, las máscaras y los vestidos lujosos, les enseñaron este baile, inspirado en los "bailes de moros y cristianos" de la Península.

No salía de mi asombro: ¡ver danzar a los indígenas, en pleno siglo XX, al compás de la chirimía, con galones dorados, lentejuelas y sedas del siglo XVI!