Olaf

 

Indice: Un mar sin orillas

Las primeras semanas fueron entusiasmantes: los feligreses nos cuidaban; el Nuncio nos había recibido con los brazos abiertos, igual que Mons. Rossell. Aunque siento no poder decir lo mismo de Olaf, uno de los acompañantes del Arzobispo.

Olaf era un perrazo de aspecto tremebundo: un san bernardo mal enjaretado, al que, ignoro por qué misteriosa razón, se le abría el apetito en cuanto me veía. Un día fui al arzobispado a eso de las siete y media, y tras abalanzarse sobre mi persona, comenzó a desgarrarme la chaqueta con intención de zampársela entera. No lo consiguió porque comencé a atizarle con el Breviario en la cabeza, y vino enseguida el Arzobispo y se apaciguó. "¡No se asuste! -me decían, para tranquilizarme-. ¡Si es un perro muy cariñoso! Lo que pasa es que tiene esta manera de saludar".

Tuve la desgracia de que Olaf viniera a "saludarme" en otras ocasiones. Una vez, en cuanto lo vi, me refugié en la habitación vecina; el Arzobispo vino en mi auxilio y se asombró al no encontrarme por ninguna parte... hasta que me descubrió encaramado en la parte más alta de un enrejado. Verdaderamente, ni yo ni mi chaqueta -que tuvieron que remendar en casa de los Sánchez- guardamos muy buen recuerdo de Olaf.

"Pues yo sí -me decía José María-, porque este perro le salvó la vida al Arzobispo. Una vez le regalaron unos chocolates envenenados y gracias a Dios tuvieron la precaución de darle primero unas jícaras a Olaf para que las probase... y el pobre chucho se murió".