Don Pedro y los leones


Indice: Un mar sin orillas

Pocos días después, en el mes de agosto, de improviso -aquí llega todo de improviso: las tormentas y los terremotos, la noche y el día-, vino a vernos don Pedro Casciaro de parte del Padre. Don Pedro pensaba que seguíamos en San Salvador y había comprado un boleto de avión para viajar hasta allá; pero se enteró a tiempo de que estábamos en Guatemala y telefoneó a la Nunciatura, desde donde nos avisaron. Y vino, como un terremoto; como un terremoto de simpatía.

Don Pedro procedía de una familia de abolengo mitad italiano, mitad inglés, y tenía cierto aire de gentleman de la City. Como buen británico (al menos de origen) sabía vestir según las circunstancias, y en nuestra City las confusas circunstancias políticas aconsejaban que los sacerdotes vistiesen de civil: así se presentó. Todavía le estoy viendo bajar del avión con un traje blanco, el cuello estirado sobre una corbata de moño a cuadritos, derrochando alegría y buen humor. Vino a darnos ánimos, aliento y empuje de parte del Padre, y verdaderamente lo consiguió.

"¿Qué tal dormís? ¿Coméis bien? ¿Cómo estáis?" Se interesó por todo y nos contó mil anécdotas divertidas, sazonándolas con su gracejo singularísimo. Le quitó importancia a las dificultades -que conocía de sobra, porque estaba comenzando en México- y nos hizo varias fotografías -con los niños de la parroquia, por ejemplo- haciéndonos reír con sus ocurrencias.

Como en la parroquia no cabía un alfiler, le instalamos en la pensión Asturias de la Sexta Avenida -modesta, digna, y al alcance de nuestra economía- donde le asignaron un cuarto con una cama de barandales de bronce, una bombilla taciturna y un viejo timbre de perilla.

Todos guardamos en el fondo del alma aprensiones y fantasías; y don Pedro -alma de arquitecto, poeta y artista- no podía ser menos; nos dijo (no sé si en broma o en serio) que tenía la premonición, desde hacía tiempo, de que iba a morirse precisamente así: de noche, en la cama metálica de una pensión desconocida, de un país desconocido... Y además, que habría un detalle, un detalle pequeño pero significativo e inquietante: intentaría pedir auxilio con un viejo timbre de perilla, y... ¡no funcionaría!

-¡No he pegado ojo en toda la noche! -se reía al día siguiente-. Además, no he querido comprobar si el timbre funciona o no... ¡por si las moscas!

Más tarde se atrevió... ¡y no funcionaba!

"¡Pero qué cosas tiene este Pedro!", nos decía el Padre tiempo después, en Roma, cuando recordábamos entre risas esta anécdota que refleja el talante bromista de don Pedro, que sabía envolver su carácter, lleno de energía y fortaleza, en una capa de amable buen humor.

Cuento esto también para resaltar un hecho: éramos jóvenes. José María y yo no habíamos cumplido los treinta y don Pedro no llegaba a los cuarenta. También el Padre comenzó así: como él mismo decía, en 1928 tenía veintiséis años, la gracia de Dios y buen humor. ¡Y tenía que hacer el Opus Dei!

Al cabo de tres días, como don Pedro ya había pagado el pasaje hasta El Salvador, decidió viajar hasta allá para tantear las posibilidades apostólicas del país vecino. Le acompañamos al aeropuerto y cuando vimos que el avión se perdía entre las nubes nos sentimos muy alicaídos.

-Oye, Antonio -me dijo José María, cuando regresábamos- como el Zoológico queda aquí al lado, ¿porqué no vamos a ver los leones?

-¿Los leones? ¿Para qué queremos ver los leones?

-¿Para qué va a ser, hombre? -bromeó- ¡Para ver si se nos pega un poco de fortaleza!

La fortaleza evidentemente, no nos vino por los leones (aunque fuimos a verlos para descansar un rato), sino, como nos recordó siempre el Padre, por la oración, los sacramentos y la confianza en Dios. Si no, ¡nos hubiéramos venido abajo enseguida! Porque el recibimiento que nos ofrecieron en Guatemala fue tan acogedor como negras las expectativas.

"Nos lo dijeron muchas veces -recordaba José María-: '¡no se hagan ilusiones! ¡Aquí la gente no responde! Era la experiencia amarga de la historia, porque el siglo XIX fue muy duro para la Iglesia en Guatemala. Con la llegada de los gobiernos liberales comenzó un periodo terrible: todos los arzobispos -a excepción de uno- fueron expulsados sucesivamente del país; los edificios de las instituciones eclesiásticas, confiscados sin indemnización; las órdenes religiosas, suprimidas. Sólo pudieron quedarse las Hijas de la Caridad de San Vicente Paúl.

Según las estadísticas de las que dispongo, desde 1880 a 1944 dejaron entrar a muy pocos sacerdotes extranjeros. En 1928, cuando nació el Opus Dei, había 80 sacerdotes... ¡para una población de millón y medio de habitantes! Hay que reflexionar en lo que esto significa: años y años sin sacerdotes, sin obispo alguno al frente de las diócesis... En 1940 había un sacerdote para cada 30.000 habitantes, uno de los índices más bajos de América Latina. En Huehuetenango, por ejemplo, sólo había dos sacerdotes para 176.000 almas.

En 1953, cuando llegamos, las cifras no eran muy superiores: unos 130 sacerdotes para tres millones de católicos. La mayoría de los sacerdotes eran extranjeros y el Seminario, que llevaba pocos años de funcionamiento, era pequeño. Muchas parroquias seguían vacantes, desoladas, con los templos en ruinas...

Pienso que esta situación influyó de modo decisivo en el corazón sacerdotal de nuestro Padre, que sentía hondamente las necesidades de todas las almas, para decidir que se comenzara la labor apostólica del Opus Dei en Guatemala en aquellos momentos.

Como había tan pocos sacerdotes, nos conocíamos casi todos. Y procurábamos, al igual que el resto, pasar inadvertidos ante las autoridades civiles. Recuerdo que cuando nos caducó el visado, no fuimos a renovarlo, por temor a que nos expulsaran...".