De sorpresa en sorpresa

 

Indice: Un mar sin orillas

El tiempo dio la respuesta: al Arzobispo no le sucedió absolutamente nada. Mis inquietudes, lo comprendí más tarde, eran fruto de mi desconocimiento del país. Algo parecido nos sucedía a José María y a mí con el vocabulario. Fuimos desterrando, poco a poco, giros del castellano peninsular que pronunciábamos inocentemente y provocaban el desconcierto o la risa; cambiamos el campechano vosotros por el respetuoso usted; el mira por el mirá; el padre y madre, que tan duro suena aquí, por el cariñoso papá y mamá; los fríjoles por los frijoles; el coche por el carro; y aprendimos el nombre de frutas tropicales cuya existencia ni siquiera sospechábamos: jocotes, mameyes, chicos, granadillas... (17)*

Íbamos de sorpresa en sorpresa. También los parroquianos de Santa Marta estaban sorprendidos; y con razón: después de tantos años sin sacerdotes, habíamos llegado tres casi de golpe: el P. Goicolea, José María y yo. La mayoría de los feligreses eran albañiles, peones, braceros, vendedores ambulantes, pequeños artesanos... gente buena, sencilla, con gran sed de Dios, que habían pasado largo tiempo sin atención pastoral. Esto explica que algunos se hubiesen afiliado a algunas sectas que utilizaban burdas tácticas de proselitismo. Una tarde, mientras conversaba con el P. Goicolea en el atrio de la iglesia, se acercó un hombre pobremente vestido que depositó en la alcancía un billete de diez quetzales, una cantidad que era entonces relativamente importante.

-"¡Ay padrecitos! -lloriqueó, compungido- ¡Tenía que pedir perdón a Dios!". "¿Perdón, por qué?". "Pues, fíjense, porque el pastor de aquella secta -nos dijo, señalando un edificio cercano- me prometió que si me arrastraba dentro del templo con dos muletas, y me ponía en pie cuando él gritara: ¡tira las muletas y sal corriendo!, me daba veinte quetzales. Y ya lo he hecho; y ya me los ha dado; y ya me he gastado la mitad en el trago. Ahora... vengo a echar de limosna el resto".

"Yo iba también de sorpresa en sorpresa -recuerda José María-. Una tarde vi una indita que se arrodilló frente al sagrario y comenzó a gritar en lengua indígena. '¿Qué le pasa?', le pregunté a una señora, que estaba sentada en un banco cercano. 'No le pasa nada, Padre -me tranquilizó-. Está rezando por su marido, que es un borracho, y pidiéndole a Dios por sus cabras y por sus cosas'".

A los indígenas les gusta hablar con Dios en voz alta. Es algo commovedor. Lo malo es que durante la Misa del domingo, con sus plegarias espontáneas y los lloros de los niños, el ambiente no resultaba excesivamente recogido... y la cosa se agravaba con los ladridos de los perros que se colaban por la puerta de atrás, junto con la bullanga y los pregones de los dueños de los tenderetes. Uno de ellos era un churrero de Murcia que había huido de España tras la guerra civil. "¡Yo, Padre -me decía, muy ufano-, he sido siempre un gran defensor de los seminaristas! Sí señor: ¡un grandísimo defensor! Por eso me vi obligado a matar a varios curas de mi pueblo durante la guerra".

Al oír aquello se me pusieron los pelos de punta. Sobre todo cuando me explicó sus razones: "Compréndame, Padre: fue para que no le pasara nada malo a esos muchachos. ¡Yo veía que los curas de mi pueblo estaban dispuestos a matarlos en cualquier momento!"

Ya más tranquilos -esperando que no hubiese en Guatemala demasiados defensores de seminaristas- José María y yo nos presentamos (con traje civil, por si las moscas) en las oficinas de la Policía para resolver los últimos trámites de migración. Nos hicieron la ficha y para asegurarse, nos tomaron las huellas de... ¡los diez dedos de la mano!

Así fueron pasando nuestras primeras semanas en Guatemala, entre sor presas, descubrimientos y esperanzas, mientras nos tropicalizábamos y nos entusiasmábamos con nuestro nuevo país, como se desprende del relato que escribí por aquellas fechas y se publicó en la Hoja Informativa.

En las alturas un ave misteriosa: el quetzal de plumaje verde y larga cola. No puede resistir la cautividad y muere si se le enjaula. Pero lo mejor, sin duda, es la gente, buena, cariñosa, amable, con un fondo de cristianismo que nadie puede remover.

Nos han recibido tan bien que a veces nos asusta. A todo el que vamos aclarando y mostrando cosas de la Obra se pasma, y el primero, el Señor Arzobispo, que nos ha tomado un gran cariño y está dispuesto a ayudarnos en todo. El panorama es bueno, pero si lo viéseis os parecería mejor.