Una homilía de Mons. Rossell

 

Indice: Un mar sin orillas

El domingo 25 de julio, fiesta de Santiago Apóstol, viajé con el P. Sánchez hasta Antigua, una ciudad cercana a San Juan del Obispo, donde Mons. Rossell iba a celebrar Misa. Mientras avanzábamos por una carretera sinuosa entre campos de milpa, el P. Sánchez me fue contando la espléndida y trágica historia de esta ciudad, que fue sede de la Capitanía General, y que se llamó durante la colonia La Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Santiago de los Caballeros de Goathemala. Ahora se llama sencillamente Antigua.

En Antigua, fundada en 1542 según los cánones del Renacimiento, se construyeron los edificios más hermosos de la época colonial. Allí tuvo su mansión la esposa de Alvarado, la de los tristes destinos... También la ciudad tuvo un triste destino: tras sufrir todo tipo de epidemias, pestes y erupciones volcánicas, el 29 de julio de 1773 sufrió un terremoto que derribó en pocos minutos mansiones, iglesias, palacios y conventos: el de Santo Domingo, el de San Francisco, el de las Mercedes...

Tras la catástrofe surgieron dos bandos. Los traslacionistas, con el Presidente de la Audiencia a la cabeza, deseaban trasladar la sede de la Capitanía General hasta el Valle de la Ermita, donde se asienta ahora la Ciudad de Guatemala; los terronistas, con el Obispo al frente, querían quedarse. ¿Cómo vamos a abandonar este conjunto maravilloso de palacios y conventos? -arengaba el Obispo- ¡Hay que reconstruirlo todo de nuevo! Ya sabemos quien ganó...

La ciudad, recostada al pie del volcán, me pareció entonces (ahora está mucho más restaurada) un espléndido conjunto de iglesias barrocas con los muros agrietados, antiguos palacios con escudos de armas de Carlos V y conventos ruinosos con las bóvedas caídas... Visitamos, cómo no, la iglesia de San Francisco, donde los indígenas imploran favores al Hermano Pedro de forma muy expresiva, dando tres golpecitos sobre su tumba.(15)*

Desde allí fuimos a San Juan del Obispo; y no sé que es lo me impresionó más al entrar en la iglesia donde Mons. Rossell celebró la Santa Misa: si la muchedumbre de inditos que abarrotaba el templo, envueltos con sus trajes multicolores, descalzos en su mayoría, con los niños arrebujados a la espalda... o la homilía -tremenda, fogosa- que pronunció el Arzobispo contra el comunismo. (16)*

La verdad, me inquieté un poco. Una de las tentaciones frecuentes del que escribe sus memorias es colorear sus recuerdos, iluminándolos artificialmente con la luz del presente, como se hacía antaño con las postales en blanco y negro. Yo quiero contar mis impresiones en estas páginas tal y como las viví entonces. Ahora, con la perspectiva que da el paso del tiempo y con las aportaciones de la investigación histórica, cuento con muchos más elementos de juicio; pero en aquel lejano 1953 acababa de llegar de un país en el que habíamos sufrido, catorce años antes, una sangrienta persecución religiosa. Habían muerto asesinados miles de católicos por el puro hecho de serlo, sacerdotes, religiosos, monjas, ¡y la friolera de doce obispos! Esos eran mis puntos de referencia para enjuiciar la situación. Por eso, concluí que aquella homilía, tarde o temprano tendría su respuesta; como poco, expulsarían al Arzobispo...

"Eso -pensaba yo, de vuelta a la capital- si no se llega antes a extremos sangrientos... Y luego, ¿qué va a suceder?

En concreto: ¿qué va a suceder... nos?".