El último nieto de doña Victoria

Indice: Un mar sin orillas

Al día siguiente, tras celebrar Misa en la parroquia de la Asunción, coincidí de nuevo con el P. Sánchez. Era el Tesorero de la diócesis: un clérigo de estampa elegante, delgado como un ciprés, que usaba capa y teja, prendas que en aquel tiempo sólo se ponía el Arzobispo. Había estudiado Arquitectura en Estados Unidos, donde perdió la fe; pero tras la muerte de su padre sufrió lo que los franceses llamarían un coup de grace y decidió hacerse sacerdote.

Me invitó a comer a su casa y no olvidaré nunca mi primer encuentro con los Sánchez, una familia ceremoniosa y amable. La abuela, doña Victoria, era una señora de ochenta y cuatro años de aspecto aristocrático: parecía sacada de un daguerrotipo de la Inglaterra imperial. Gaditana, educada en Londres, con la tez blanquísima y los pómulos sonrosados, gobernaba su imperio familiar con la misma autoridad con la que gobernara sus dominios, en otros tiempos, su homónima real. Durante la comida -en la que saboreé por primera vez los tamales, el plato nacional guatemalteco- sus hijos y nietos fueron sentándose ordenadamente a su lado, de mayor a menor, mientras que ella, erguida y solemne, presidía, conversaba y hacía justicia.

Tuve ocasión de presenciar un acto de justicia de doña Victoria: durante la comida uno de sus nietos pequeños derramó, jugando, un vaso de agua sobre el finísimo mantel de encaje; le riñeron y comenzó a llorar; le volvieron a reñir y doña Victoria, solidarizándose con el oprimido (que era, todo hay que decirlo, su ojito derecho), llenó de vino su copa de cristal labrado, la alzó en el aire y comenzó a derramar el licor desde lo alto... entre el estupor de todos, que veíamos cómo se teñía de rojo la blancura del mantel.

Esta anciana señora, encantadora y enérgica, me tomó gran afecto: tanto, que decidió nombrarme su último nieto. Quizá fuera por su tendencia a solidarizarse con los más necesitados... Porque necesitábamos de todo: a los tres o cuatro días de llegar se nos acabó el último dólar que traíamos. Pudimos asegurar el puchero gracias a que el P. Goicolea nos hospedaba, a que la Nati, junto con otros feligreses, nos traía la comida, a la capellanía en el Colegio de los Hermanos Maristas... y las misas del domingo en la catedral que el Arzobispo nos pidió que celebrásemos, para ayudarnos.

Cuento esto porque cuando digo que en Guatemala partimos económicamente desde cero, estoy hablando ad pedem litterae; no utilizo una linda imagen literaria: es la descripción de una palpitante -a veces, estremecedora- realidad.