Una caricia de la Virgen

 

Indice: Un mar sin orillas

Tras el desayuno, nos dirigimos, en camioneta, hacia el Palacio Arzobispal, para saludar al Arzobispo. Mons. Rossell El vehículo atravesó el centro de la ciudad que guardaba todavía, durante aquel tiempo, un encanto crepuscular de la belle epoque: balcones y miradores de madera labrada, casonas con solerías de barro cocido, viejos palacios de portones claveteados... (Alguno de esos palacios ha desaparecido hace poco bajo la piqueta, ¡ay!). Era algo realmente hermoso. Ciudad de Guatemala: ¡con razón te piropeaban y te llamaban antaño la tacita de plata!

Llegamos a la Plaza Mayor. A la derecha, la mole del Palacio Nacional de Pérez de León, construido en tiempos del Presidente Ubico. Al frente, el neoclásico frío de la catedral, flanqueada por el Colegio de Infantes y el Palacio Arzobispal, un edificio discreto con ventanas de enrejado. Allí nos dirigimos.

El Vicario General, Mons. Perrone, nos recibió al momento:

-¿El Señor Arzobispo? Sí, ya le aviso, pero la entrevista deberá ser muy corta, porque está a punto de marchar y ya le espera el carro en la calle.

Saludamos a Mons. Rossell -alto, afable, muy delgado, con una mirada acogedora y profunda-, que nos presentó al P. Carlos Sánchez -para el que llevábamos, casualmente, una de las seis cartas que nos dieron en Madrid-, y que nos invitó, casi con un pie en el estribo del carro, a que le acompañáramos, dos días después, a San Juan del Obispo.

Bien. Ya conocíamos al Nuncio y al Arzobispo. Ahora debíamos conocer la ciudad. Comenzamos a pasear sin rumbo fijo por las calles empedradas, hasta que nos encontramos con un arco de mampostería. Daba a un caminillo que ascendía hasta la cima de un cerro, donde había una iglesia. En la puerta estaba un sacerdote anciano, el P. Bernabé, que nos explicó la historia del lugar.

-Están ustedes en el cerrito del Carmen, un lugar entrañable de la devoción guatemalteca. Cuenta la tradición que Santa Teresa deseaba venir a lo que llamaban Reyno de Guatemala cuando pasó por Ávila, rumbo a América, su hermano Lorenzo de Cepeda; y que la Santa le dio una imagen de la Virgen para que la trajese aquí; y aquí la tienen...

Nos señaló la imagen que presidía el templo, una hermosa talla de Nuestra Señora con los brazos abiertos. Me recordó la imagen del Oratorio de Diego de León, ante la que yo había rezado tantas veces; y me emocionó verla también con los brazos abiertos, como esperándonos... Luego me dijeron que estaba inspirada en la sevillana "Virgen de los Navegantes". Rezamos una Salve pidiendo por la futura labor apostólica, y años después, recordando estos momentos, me dijo el Padre:

-Pero hijo mío, ¿no te diste cuenta de que fue una caricia de la Virgen?

Sí; fue una caricia encontrar los brazos abiertos de Nuestra Señora aquel viernes, 23 de julio de 1953, porque, desde que comenzamos nuestra navegación bajo el cielo centroamericano hasta ahora, la Virgen no ha dejado de bendecir la labor apostólica del Opus Dei.