En la parroquia de Santa Marta

 

Indice: Un mar sin orillas

Gracias a Dios donde acabamos fue en la parroquia, aunque los vericuetos, zanjones, quebradas, veredas, atajos, recodos, charcos y barrizales que fuimos sorteando parecían conducirnos al fin del mundo. La parroquia estaba situada frente al sombrío paredón del cementerio, y rodeada por una algarabía de tenderetes y baratillos que anunciaban la inminente fiesta de Santa Marta, la patrona. Eran las ocho de la noche. Saludamos al párroco, Juan Goicolea, al que todos llamaban "el Padre Juan". Así, a partir de entonces, comenzarían a llamarnos a nosotros: "el Padre José María" y "el Padre Antonio", según la costumbre de este país.

El P. Juan era un vascote joven, un puro nervio fortachón y simpático, que nos enseñó la iglesita y la casa parroquial en un pis pas. No había mucho que enseñar: la iglesia era muy sencilla y la casa parroquial, un galerón corrido de techo de lámina, con un despacho, un dormitorio, una cocina... y pare usted de contar. No tenía donde alojarnos. "¡No se preocupen! -nos tranquilizó- ¡Voy a llamar a la Nati!".

La Nati se presentó enseguida: era una mestiza de ojos oscuros, ataviada con lo que aquí llaman mengala: un huipil (14)* blanco, la falda plegada y el pelo negro y reluciente, recogido en una moña sobre la espalda. Trabajaba como locataria, es decir, como vendedora del mercado. Era una mujer de armas tomar, como se verá más tarde; y gozaba de una sorprendente capacidad de convocatoria, como vimos enseguida.

¿Cómo describir la personalidad de la Nati? La definición que mejor le cuadra es la de terremoto andante: en un visto y no visto, al advertir nuestra situación, habló con sus amistades -"han llegado dos sacerdotes, sin nada, ¿no tendrían ustedes...?"- y al cabo del rato vimos, asombrados, cómo llegaban camas, sábanas, mantas, y todo lo necesario para salir del aprieto aquella noche. Fue la primera lección de generosidad que recibí del pueblo guatemalteco. Además, la Nati se comprometió a llevarnos la comida -el párroco almorzaba en el hospital- y a lavarnos la ropa.

Son los sorprendentes caminos de Dios: los primeros pasos de la labor apostólica del Opus Dei en Centroamérica se dieron gracias a una modesta vendedora del Mercado Central: la Nati.

Tras la cena -un pollo escuálido y gracias- el P. Goicolea nos instaló en nuestros aposentos: a mí me tocó en suerte un rincón del minúsculo despacho parroquial y a José María la cocina, junto al patio interior. La cocina tenía una puerta elemental, hecha con cuatro tablas aseguradas con una tranca. Eso era tanto como dejarlo al aire libre. "No te preocupes -me dijo-: ¡aquí hace un clima tan delicioso que da igual dormir con la puerta abierta!".

Bien. Dimos gracias a Dios: acabábamos de llegar y ya disponíamos de techo, mesa, comida y cama. Sin embargo, a pesar del recibimiento cordial del Nuncio, de la acogida generosa del P. Goicolea y de la eficaz gestión de la Nati, interiormente seguía en tensión: aquello -pensaba- seguía siendo un peligroso país comunista en el que había que manejarse con mucho tiento. Y rezando por el futuro de la labor apostólica, me dormí.

A altas horas de la noche escuché de repente un guirigay en la cocina: un estrépito de sartenes, ollas y cacerolas, entre los gritos de José María. ¿Qué habría pasado? Mil recuerdos se agolparon en mi mente: los registros a media noche, las detenciones, las sacas, los paseos... Me incorporé enseguida de la cama y corrí en su ayuda. ¿Habrían descubierto las autoridades comunistas que éramos sacerdotes? ¿Vendrían para llevarnos al vecino paredón del cementerio? ¿Sería acaso el siniestro Sombrerón de la leyenda?

Salí al pasillo y me encontré a José María enzarzado... con unos gatos: los gatos de la parroquia que habían acudido, como todas las noches, a zamparse los restos de la cena y se habían encontrado con un cura durmiendo ¡en su cocina! Cuando acabó el zipizape y José María espantó a los felinos con algunos calificativos no demasiado cariñosos, me fui de nuevo a dormir. Y cuando empezaba a conciliar el sueño... se desencadenó una tormenta tropical.

Fue un concierto inolvidable de bienvenida: durante horas y horas la lluvia estuvo tamborileando sobre nuestro techo al compás de los rayos y truenos. Al fondo, como si fueran maracas, se escuchaba el plop plop del agua, que gorgoteaba entre los canalones. Realmente nuestra primera nochecita en Guatemala estuvo muy animada.

Durante el desayuno del día siguiente comentamos con el P. Goicolea el concierto nocturno y el susto gatuno, y mis temores se esfumaron con la misma rapidez que los gatos; y pocos días después, cuando la madre de Gustavo Mendoza, un seminarista guatemalteco que estudiaba en El Salvador, nos trajo nuestras sotanas, ya tenía una visión mucho más ponderada de la realidad política del país.