Ciudad de Guatemala

 

Indice: Un mar sin orillas

Hay un reloj del tiempo y un reloj del alma. Yo voy escribiendo estos recuerdos según ese segundo reloj; y guardo en mi alma tan nítida, tan clara, aquella primera visión de la Ciudad de Guatemala, que es como si la estuviera viendo ahora.

La había atisbado fugazmente días atrás, desde el avión; ahora la contemplaba con calma. La ciudad, que orillaba los trescientos mil habitantes, me evocó el Santiago de la Espada de mi infancia con sus casas blancas de traza ajedrezada. Había llovido y todo estaba limpio, como acabado de lavar: los muros y los empedrados relucían bajo el sol, que lanzaba fogonazos de luz contra las tapias. Al fondo, en el centro, se alzaba la mole del Palacio Nacional; a su lado, como dos centinelas petrificados, las torres de la catedral; y sobresaliendo tímidamente entre los tejados, se adivinaba un armonioso laberinto de campanarios, torrecillas y espadañas.

La camioneta se dirigió hacia la ciudad. Se vislumbraban en el horizonte, tras las quebradas y barrancos, las montañas pálidas de Mixco; a la izquierda emergía el perfil de los volcanes Pacaya, Agua, Fuego y Acatenango; y más allá, en la lejanía, perdidas entre las brumas, las lomas del Norte de color azulado. Eran las cuatro de la tarde. El chófer se volteó hacia nosotros:

-¿Dónde se bajan ustedes?

¿Qué contestar? Cualquier respuesta podría comprometernos. Si decíamos "en la Nunciatura" nos delatábamos. Tras un cruce rápido de miradas, balbuceé: "Aquí...; aquí mismo", y nos apeamos junto a una hilera de casas bajas, entre unos inditos que nos miraban con asombro. Preguntamos. Estábamos en la periferia, en el barrio de la Villa de Guadalupe. La Nunciatura quedaba bastante más allá, en la décima calle y cuarta avenida del barrio de Tívoli.

Comenzamos a caminar, sorteando charcos y lodazales. Atardecía. Dando grandes zancadas, que a veces acababan con nuestras valijas en el barro, llegamos hasta una plazoleta. En el centro había una fuente que había servido, siglos atrás, de base para un monumento escuestre del rey Carlos III. Ahora sólo quedaba el pedestal, porque durante una revolución del siglo XIX habían derribado de un solo golpe a su Serenísima Majestad y a su impaciente caballo...

Esto lo supe más tarde. Entonces me fijé sólo en los azulejos de unos bancos cercanos, con escenas que rememoraban la evangelización de estas tierras. Cuando vinieron aquí los primeros misioneros todos los habitantes eran paganos; ahora, a la vuelta de cinco siglos, la mayoría de los guatemaltecos eran católicos. ¡Con mayores dificultades que nosotros -me consolé, mientras chapoteaba entre el lodo- se encontraron ellos!

De pronto, anocheció. Me quedé perplejo: estaba acostumbrado a los atardeceres de Castilla, con un sol que agoniza lánguidamente en el horizonte, y aquello sucedió con inusitada rapidez. Ahora ya me conozco estas sorpresas del trópico, donde cae la noche como si Dios apagara la luz, clak, dándole al interruptor...

Llegamos por fin a la Nunciatura. Era un palacete blanco con balconadas graciosas, rodeada por un jardín. Acomodamos las valijas en el zaguán, procurando no manchar las relucientes maderas de chichipate, y preguntamos por Mons. Verolino.

-¡Qué suerte han tenido! -exclamó el Secretario, Mons. Celly-. Afortunadamente, hoy el Nuncio se encuentra en Guatemala. Voy a avisarle. ¡Seguro que les recibe enseguida!

Estuvimos admirando, durante la breve espera, la magnificencia de la Nunciatura, con estancias de techos altísimos y un gran salón con moblaje solemne, presidido por un sitial con forma de trono donde el Nuncio recibía en otros tiempos al Cuerpo Diplomático.

"¿Cómo? ¿Ya están aquí?" Verolino se asombró al vernos. Poco después comprendimos la razón de su asombro: hombre resuelto y expeditivo, gozaba el Nuncio de tal capacidad de acción apostólica y pastoral, vivía tan apasionadamente el presente, desplegaba cada día tanta actividad, tanto entusiasmo, tanta vibración, que a veces... no recordaba todas las cosas que había puesto en marcha el día anterior. Además, no habíamos concretado ni la fecha ni la hora de nuestra llegada. Pero lo solucionó todo enseguida.

-¿Dónde piensan hospedarse?

-Pues... nos han dicho en El Salvador que hay un sacerdote vasco en la parroquia de Santa Marta que...

-¡El Padre Goicolea! Molto bene!

Y telefoneó a un taxi para que nos llevara hasta allá, despidiéndonos efusivamente: ¡Arrivederci!, ¡Arrivederci!

Quedé muy agradecido al señor Nuncio por su amable acogida, por su cordialidad, por su afecto... salvo en su iniciativa de llamar a un taxi, porque con los pocos dólares que me quedaban en el bolsillo, no estábamos para semejante dispendio. "¡Dios quiera que la parroquia no esté demasiado lejos -suplicaba en mi interior, mientras introducíamos nuestro equipaje en el vehículo- porque entre los zapatos de José María y este taxi vamos a acabar en la ruina!".