22 de julio de 1953

 

Indice: Un mar sin orillas

Con estos estimulantes augurios, subimos el 22 de julio a una destartalada camioneta Mermex rumbo a Guatemala. Obligados por la situación, viajábamos sin signos eclesiásticos de ningún tipo: yo lucía un viejo terno de color beige y José María venía embutido en un traje verde vascongado realmente horroroso.

Llegamos hasta San Cristóbal, un pueblecito situado en la frontera de El Salvador y Guatemala. Allí contemplé por primera vez, izada sobre el mástil, la bandera guatemalteca: dos franjas azules que simbolizan la libertad, y una banda central, blanca, que evoca la fe. Pensé en el Padre: que estuviéramos allí, en aquel momento, era un fruto palpable de su fe en Dios. Estaba seguro de que, a miles de kilómetros, en Villa Tevere, en el corazón romano de la Obra, rezaba por nosotros. ¡Cuánto le hubiera gustado contemplar estos primeros pasos del Opus Dei en suelo centroamericano!

En San Cristóbal bajamos de la Mermex y nos dirigimos hacia la aduana, que estaba situada en un edificio de líneas modernas, con cristaleras blancas. Hacía bochorno. Con el alma en vilo, extendí cautelosamente nuestros pasaportes de color verde esmeralda sobre el mostrador... Un aduanero despechugado me miró fijamente y comparó durante unos instantes mi rostro con la fotografía. Contuve el aliento... Me había hecho esa fotografía pocos años atrás y aparecía con una americana gris a rayas, de solapas anchas, estilo Chicago años 30. A continuación revisó los documentos de José María, y se fue... Respiré hondo. Aparentemente no había sospechado nada. No sé qué pensaba José María, pero yo me sentía en aquellos momentos igual que si estuviera cruzando la mismísima muralla china.

Tras una breve espera sonó el plaf plaf de dos tamponazos. El aduanero firmó con tinta verde cada pasaporte y nos los entregó... José María y yo nos miramos con sensación de alivio. Observé entonces un detalle sorprendente: allí, sobre el pecho velludo del aduanero, pendiente de una cadena, brillaba un medallón dorado de la Virgen. Sí, no me engañaban mis ojos: era una medalla-escapulario. Me quedé asombrado: no recordaba haber visto relucir ninguna medalla-escapulario sobre el pecho de los milicianos que iban quemando iglesias, con el pistolón al cinto, en el Madrid de mi niñez. Empecé a barruntar que el "terrible comunismo" de Guatemala debía ser un tanto sui generis...

Tomamos un piscolabis antes de subir de nuevo a la camioneta. "¡Cuidado con declararse sacerdotes!", nos habían alertado. "¡Cuidado con el agua!" "¡Cuidado con...!" Con tanto aviso y tanta prevención, a mí no me l legaba la camisa al cuerpo. Sin embargo José María pidió tranquilamente un sopicaldo, como diciendo ¡ancha es Castilla!

-Pero José María -le prevení, inquieto-, ¿no ves que el caldo tiene agua?

-¡Antonio! -se reía- ¡Si eso del agua son cuentos!

Anunciaron la salida y nos acomodamos de nuevo en la Mermex. Cruzamos la frontera y Guatemala nos dio la bienvenida agasajándonos con un clima delicioso. Empecé a comprender por qué Wilhelm von Humboldt bautizó esta tierra como "el país de la eterna primavera", y por qué cuentan los guatemaltecos que cuando Dios terminó de crear el mundo le sobraron muchas cosas hermosas; y como no sabía qué hacer con ellas, decidió ponerlas todas juntas aquí... Fuimos descubriendo, admirados, arboledas inmensas, valles fertilísimos, volcanes espectaculares...

Me habían ponderado la belleza de Guatemala: "tiene los paisajes más hermosos del mundo", me decían; pero estas cosas primero hay que verlas para creerlas... hay que contemplar, como aquel día, el azul glorioso de las montañas del Oriente luciendo tras los palmerales; hay que dejar que la vista se pierda hasta el horizonte, en un sinfín de colinas onduladas; hay que atravesar el Puente de los Esclavos y extasiarse ante el espectáculo de los cerros diluyéndose en mil tonos de verde, entre las brumas...

Y el cielo: claro, límpido, azul, feliz tras la silueta airosa de los plátanos. Mientras José María y yo comentábamos estas maravillas, la camioneta avanzaba lentamente por el camino, levantando oleadas de polvo con su parsimonioso tarantantán: una curva, otra curva, arriba, abajo, ahora recto, ahora en zig-zag, una parada, un frenazo, una cuesta, otra, otra, otra...

Todo nos sorprendía: veíamos acá, allá, matas de café y casitas de madera de colores chillones -verde, granate, amarillo- con ventanas desde las que nos saludaban patojitos (12)* de tez morena. Un árbol de fuego, una carreta, un puente, un riachuelo, un beneficio (13)* de café de largas paredes blancas... Y al fondo, siempre, la mole severa de un volcán.

La camioneta siguió subiendo y bajando hasta que al fin, tras dar inmumerables vueltas y revueltas, alcanzamos un repecho que llaman "el mirador" y entrevimos por primera vez la Ciudad de Guatemala.