9 julio. Una calurosísima bienvenida

 

Indice: Un mar sin orillas

Poco después, a las dos en punto de la tarde, aterricé en el antiguo aeropuerto de San Salvador. Centroamérica no me pudo ofrecer un recibimiento más caluroso: nada más abrirse la portezuela del avión sentí el abrazo ardiente del trópico: una luz cegadora, un colorido espectacular y un calorcito de aúpa, que me dejó, a los pocos minutos, hecho una sopa.

Sudando a chorros, aspirando bocanadas de aire caliente y dando gracias a Dios por haber llegado, me dirigí a la Nunciatura. Comenzaba el periodo de los "pasos previos". El Secretario, Mons. Berzotti, me indicó que, conforme a las indicaciones del Nuncio, podía alojarme en el Seminario de San José de la Montaña, dirigido por los jesuitas, mientras ultimaba las gestiones de entrada en el país vecino.

Estaba preocupado por la suerte de José María. ¿Habría logrado convencer a los policías para que lo dejaran venirse? ¿Lo habrían devuelto a España? ¡Pobre! Lo imaginaba allí, en Nueva York, incomunicado, sin poderse expresar bien, sufriendo...

¡Sufriendo! Al día siguiente le vi bajar del avión, sonriente, tan fresco y tan campante, contándome a velocidad de locomotora como había convencido a sus amigos de la aduana para que le dejaran salir, primero del hotel para celebrar Misa, y luego del país para no volver más... "Ah, y he estado todo el rato hablando en el avión con un sacerdote negro". "¡Qué bien! ¿Y te entendía?". "¡Claro que me entendía! Mira, Antonio, si eso de los idiomas es muy sencillo: primero dices una palabra en inglés, luego otra en latín... ¡y así, poco a poco, te vas aclarando!".

Ya se ve que José María no se arredraba por minucias y que era capaz de entenderse con el lucero del alba. Saludamos al Obispo, Mons. Luis Chávez y González, que nos recibió con gran afecto y nos invitó a conocer distintos lugares, como la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, en la Ceiba, donde pusimos a los pies de la Virgen la futura labor apostólica del Opus Dei en Centroamérica.

Éramos sólo dos, acabábamos de llegar, y soñábamos ya con todo lo que el Señor suscitaría en estas tierras: miles de mujeres y hombres en medio del mundo, cerca de la Cruz de Cristo, testigos del Evangelio en sus trabajos y ocupaciones de cada día. Gentes que lucharían por poner a Dios en la cumbre de las actividades humanas, haciendo apostolado con sus colegas de profesión, con sus amigos, en todos los ámbitos de la sociedad...

Y la imaginación volaba hacia las centenares de iniciativas que surgirían -estábamos seguros- en servicio de la Iglesia, como fruto del apostolado personal de esas mujeres y de esos hombres: institutos de formación profesional, hospitales y dispensarios para personas de condición modesta, colegios, universidades, casas de retiros, centros agropecuarios para las gentes del campo, para la promoción de la mujer...

¿Éramos unos ilusos, unos soñadores? No; sabíamos que estaba todo por hacer y que no nos faltarían las dificultades. Pero confiábamos en Dios. El nos ayudaría a remover los obstáculos. ¡A través de los montes las aguas pasarán!, nos alentaba el Padre.

Lo que no esperábamos era que la primera dificultad proviniese... del propio Obispo: ¡no nos dejaba marchar! "-No; ustedes no se van -nos decía Mons. Chávez, cariñosa, pero terminantemente-. Por lo menos uno de los dos se tiene que quedar. ¡Necesitamos muchos sacerdotes en El Salvador!". "-Lo sentimos muchísimo, Monseñor -nos excusábamos-. pero aquí sólo estamos de paso, hasta que el Nuncio termine las gestiones para que podamos entrar en Guatemala. Tendrá que aguardar un poco hasta que se comience aquí...".

No resultó fácil -y su actitud es comprensible, por la necesidad de brazos que padecían- convencer a aquel buen Prelado. Y cuando estábamos en éstas, vino de Guatemala Mons. Verolino, Nuncio de Guatemala y El Salvador, que nos recibió efusivamente y nos invitó a comer.

Mons. Verolino era un napolitano alto, de porte aristocrático y fino como un pincel, que sentía gran afecto por el Opus Dei y había solicitado al Padre que viniéramos a Centroamérica. Hombre de cabeza poderosa, con cierto aire de tribuno romano, emanaba una profunda sensación de gravedad, que acentuaba aún más su cabello, terso y blanco. Era muy locuaz, como buen napolitano, y durante la comida nos estuvo hablando con fruición de su Nápoles, de su Vesubio y de la milagrosa sangre de su San Genaro. Diligente y activísimo, derrochaba Verolino tanta energía a su paso, tanta solicitud, tanto dinamismo que... pero no precipitemos los acontecimientos y sigamos relatando. Tras la comida nos entregó los pasaportes que había conseguido para nosotros después de múltiples gestiones. Esos documentos vitales, que constituían nuestro único salvoconducto para entrar en el país vecino, nos acreditaban como españoles republicanos en el exilio.

Durante esos días nos pusimos en contacto con Roberto Simán, del que nos había hablado en el Colegio Mayor Moncloa su futuro cuñado, Gabriel Siri. Roberto era un joven ingeniero, fortote y robusto, de rasgos árabes muy acusados y mirada penetrante. Pertenecía a una numerosa familia de comerciantes palestinos. Sus padres habían emigrado a Centroamérica al fin de la primera Guerra Mundial y tras muchos años de trabajo, después de superar numerosas dificultades, la familia había puesto en marcha varios negocios en El Salvador.

Roberto, que estaba preparando su boda con Myriam Siri, resolvió eficazmente nuestros problemas de equipaje en la aduana y por fin nos concedieron la visa para el día 17. Decidimos dejar en su casa los pocos libros de espiritualidad que habíamos traído de España, porque pensábamos que unos misales podían delatarnos en la frontera...

La ciudad de San Salvador nos encantó por la cordialidad de sus gentes, y por la hermosura y el colorido de su paisaje; nos asombraron los grandes coches americanos que circulaban por sus calles, llamativamente baratos -un Plymouth de segunda mano costaba 1500 colones-; pero nos sobrecogió por su clima: "os puedo asegurar -le escribía a mis padres- que no habéis visto tormentas nunca, ni llover tampoco".

¡Aquello sí que era llover! Habíamos llegado en lo que aquí se denomina "invierno" o estación de lluvias, que abarca de mayo a noviembre, y caían diariamente sobre nuestras inexpertas cabezas unos chaparrones intensísimos de corta duración que nos dejaban boquiabiertos: era como si se viniera el cielo abajo. Nos sorprendía, sobre todo, la rapidez de los cambios de clima: pasábamos, en un minuto, de un calor achicharrante a la segunda parte del diluvio universal: un carroussel interminable de aguaceros, lloviznas, rayos, truenos, tormentas y chubascos...

Lo peor es que junto con el agua iban cayendo también las hojas del calendario y con ellas, nuestros dólares: ¡ya sólo nos quedaban diecinueve! En esto, una mañana se le rompieron los zapatos a José María.

-Fíjate que suerte -me dijo por la tarde- ya me los han arreglado y sólo me han cobrado tres dólares.

-¡Tres dólares! ¡Te han cobrado tres dólares!

José María, siempre animoso y magnánimo, no compartía mis agobios económicos. Hoy me río, igual que él, pero entonces no me hacía tanta gracia ver cómo nuestro exiguo capital se iba diluyendo como una tormenta del Caribe. Además, algunos nos miraban como si fuéramos locos de atar.

-¿A Guatemala? ¿A Guatemala ahorita, cuando va a empezar una guerra entre Guatemala y El Salvador?