Madrid-Lisboa-Azores-Nueva York

 

Indice: Un mar sin orillas

Por fin, un día de sol radiante de julio de 1953, despegamos del aeoródromo de Barajas con un puñado de esperanzas, dos maletas y cincuenta dólares en el bolsillo. Tras un retrasito de cinco horas en Lisboa y una parada en las Azores, sobrevolamos el Atlántico a bordo de un magnífico Constellation que nos puso, en otras catorce horas de nada, en la gran metrópoli que cantaba el chotis:

...¿Y qué haces tan temprano en Nueva York?

En Nueva York nos esperaba Guillermo Porras, al que no habíamos visto desde hacía tiempo. Lo malo es que a José María le esperaban también dos policías de uniforme que no le dejaron siquiera abrazar a Guillermo: tras comprobar que no estaba vacunado, le encajonaron en el departamento de Emigración, bajo un cartelón donde se leía, en inglés: CUARENTENA.

Allí le pusieron las mil y una vacunas que no había querido ponerse en Madrid; y tras la suerte de banderillas fue cayendo en manos de sucesivos diestros: primero vinieron unos agentes de la aduana que lo encerraron en un hotel junto con otros pasajeros en su misma situación, y luego la faena recayó en un policeman de aspecto avieso que no le dejó libre ni a sol ni a sombra. José María protestaba agitando su pasaporte y chapurreando un spanglish con el que hubiera sido milagroso que le hubieran entendido:

-¡Mister, mister!: ¡si mi no me voy a quedar here! ¡Si sólo estoy de paso from Guatemala, y me voy volando, quickly, quickly!

¿Qué hacer? El tiempo pasaba, los dólares se esfumaban, y la hora de nuestro próximo vuelo se acercaba peligrosamente. Para no complicar más las cosas de lo que ya estaban, resolvimos que yo volaría en solitario hasta San Salvador y él vendría... cuando acabara la faena. Dicho y hecho: preocupado por José María llegué hasta Nueva Orleans, que me encantó por sus prados verdes de película, y desde allí me embarqué en otro avión que me llevaría hasta San Salvador, tras una brevísima escala en Guatemala.

Guatemala. Un mundo nuevo: gentes, costumbres, tradiciones desconocidas... ¿Cómo sería? ¿Nos adaptaríamos al clima? ¿Y al carácter de sus gentes? ¿Nos afectaría el calor? Pedí ayuda a Dios para que nos adaptáramos pronto y bien, y no nos sucediera como a la vecina de asiento, una señora que no logró aclararse con la comida americana que nos sirvieron en el avión: primero derramó la mayonesa sobre el café, luego destiló la crema de leche sobre la ensalada y por último, espolvoreó con sal la macedonia de frutas. Se quedó sin comer, naturalmente.

Mientras nos acercábamos a Guatemala contemplé fugazmente desde la ventanilla del avión la gran meseta donde se asienta la capital, entre una sinfonía de verdes encendidos. Minutos después aterrizamos en el antiguo aeródromo de la Aurora. Junto a la pista, bajo las arcadas de un edificio blanco de sabor colonial, esperaban los familiares de los pasajeros, que se acercaban a recibirlos -¡qué tiempos aquellos!- hasta la mismísima escalerilla del avión.

Pude bajar unos minutos del aparato durante la escala y le escribí una postal al Padre. ¡La primera que le enviaba desde tierras guatemaltecas! Era el 9 de julio de 1953. Comenzaba a caminar por el Puente de las Américas. Se iniciaba la aventura centroamericana.