En marcha

 

Indice: Un mar sin orillas

Bien. ¡En marcha! Aquí, allá, fui recabando datos: Guatemala contaba con casi tres millones de habitantes; un 60 por ciento de la población era indígena. Busqué documentación sobre mi nuevo país, pero sólo logré hacerme con un librito titulado "Tierras de lagos y volcanes", que describía las maravillas del "Puente de las Américas". Así me enteré de algunas leyendas tradicionales, como la del Sombrerón, ese sombrío personaje que recorre los callejones de Guatemala por las noches amedrentando a la gente...

En cada sitio se comenzaba la labor apostólica del Opus Dei de un modo distinto; en unos países fueron al mismo tiempo sacerdotes y laicos; en otros, un sacerdote solo; o dos, como en nuestro caso; o sólo laicos; depende. Por lo que a nosotros se refiere, como no conocíamos a nadie, comenzamos a buscar personas que tuviesen algún conocido -pariente, amigo, vecino- en Guatemala. Unos tíos de don José María Hernández de Garnica -don Isidro y doña Merceditas, que era guatemalteca-, nos proporcionaron las direcciones de algunos amigos, como doña Caridad Sánchez; su hermano, el P. Carlos; don Luis Aycinena y el licenciado José Falla.

Nos dijeron que en el Colegio Mayor Moncloa vivía un salvadoreño, Gabriel Siri. Fuimos a verle y Gabriel nos dio el nombre de Roberto Simán, un joven ingeniero de su país que iba a casarse dentro de poco con su hermana Myriam. Quizá Roberto podría atendernos a nuestra llegada... Bueno, pensé, ¡menos da una piedra!

No es que fuéramos a comenzar la labor de Centroamérica en El Salvador: deseábamos ir primero a Guatemala; pero cuando lo decíamos casi se santigüaban, como si no estuviéramos en nuestros cabales. "¡Guatemala! ¡Si allí hay un régimen comunista! ¡Guatemala! ¡Y dos sacerdotes! ¡Como no vayan de paisano, y con pasaporte republicano, entrando por El Salvador...!"

Así lo decidimos: iríamos a Guatemala pasando por El Salvador, previa escala en Nueva York.

Comenzamos los trámites, armándonos de paciencia, porque en aquellos tiempos la maquinaria burocrática avanzaba a ritmo de tortuga. Pocos años antes, por ejemplo, los que querían trasladarse a Roma debía presentar los siguientes papeles: certificado de afecto al Movimiento; certificado de antecedentes penales; partida del bautismo (que no era tan fácil de obtener en un país con cientos de iglesias destrozadas por la guerra); visto bueno de la Guardia Civil; certificación de que el viaje era "de interés nacional", y un largo etcétera. Nosotros debíamos sacar, además, un visado para entrar en los Estados Unidos.

Fui con José María a la Embajada de EE.UU.

-¿Dónde ha vivido Vd.? -me preguntó el funcionario, al ver mi documentación.

-Siempre en Madrid, salvo en la guerra.

-Bien. ¿Es usted falangista?

Aquello me escamó: no entendí -ni he logrado entender todavía- qué tiene que ver el falangismo con irse a Nueva York. Solté un sonoro ¡no!, bastante mosca. A continuación me entregó un impreso, y me dijo las vacunas que tenía que ponerme.

-Pues yo he vivido en Bilbao, en Madrid, en Córdoba -inició su retahíla José María, cuando le llegó el turno-, en Marruecos, en Portugal, en...

-¡Uf, uf, uf! -bramó el funcionario- ¡Entonces vamos a necesitar por lo menos dos meses para investigarle a usted!

José María no estaba dispuesto a que le investigara nadie -y menos durante dos meses- sus andanzas de la Ceca a la Meca, cuando sólo pretendía conseguir una simple visa de tránsito; así que, como buen bilbaino, salió del paso de forma expeditiva:

-Oye, chico, si me van a marear con tanto papeleo, ni me vacuno ni me hago el visado. ¡Total, ¿para qué? ¡Si lo único que voy a hacer es entrar y salir enseguida de Estados Unidos!

Así era José María: uno de los vascos más genuinos que han pisado este planeta; y desde luego, uno de los tipos más simpáticos y decididos que he conocido.

A Carmen, la hermana del Padre, le costó especialmente nuestra marcha: íbamos -eso afirmaban los periódicos españoles- a un país dominado por un terrible comunismo y rezó siempre de modo muy particular por nosotros y por Guatemala.

Llegaron al fin los pasaportes y las despedidas: mi madre, mi padre, mi hermano Luis, los de Diego de León... El Padre solía entregar una imagen de la Virgen a los que marchaban para comenzar la labor apostólica en otros países. Nosotros, por prudencia ante el régimen desconocido que nos esperaba, no llevábamos ni eso. Pero contábamos con lo más importante: unos deseos grandes de servir a la Iglesia, la oración del Padre y la de todo el Opus Dei.

Yo soy puro guatemalteco
que me gusta bailar el son
con las notas de la marimba
también baila mi corazón.