Una locura

 

Indice: Un mar sin orillas

-¿A Guatemala? -se asombraban algunos amigos míos-. ¡Qué locura! ¡Si allí hay un gobierno comunista!

Pues sí, me iba a Centroamérica. "Nos llaman del Brasil y de Guatemala", había leído en la Hoja Informativa poco tiempo atrás; y decidí responder a aquella llamada. Otro giro, repentino, en mi vida. Otro paisaje, tan insospechado como los anteriores, en el camino de mi vida.

Todo transcurrió de modo sencillo. Cuando estudiaba Teología para ordenarme sacerdote, los directores del Opus Dei me preguntaron, de parte del Padre, si estaba dispuesto a comenzar la labor apostólica del Opus Dei en Centroamérica. ¡Claro que sí! -contesté. ¡Naturalmente que me hacía ilusión comenzar en otro país! Me aconsejaron que me lo pensara con calma, pero yo me reafirmé en mi decisión; y poco después me comunicaron, de parte del Padre, que ya me avisarían.

"Esto va para largo", supuse; años quizá; pero durante mi estancia en Barcelona -donde intenté poner en práctica los sabios consejos sobre Pastoral y Teología Moral que me había dado don José María Hernández Garnica, uno de los tres primeros sacerdotes del Opus Dei- me dijeron que, si seguía en mi idea de marcharme a Centroamérica, ya estaba todo preparado: iría también otro joven sacerdote, José María Báscones.

José María tenía veintinueve años; yo, veintiséis. Él había estudiado Físicas antes de ordenarse; yo Químicas. Éramos dos sacerdotes jóvenes y animosos, con tanto entusiasmo y juventud como falta de experiencia: pues bien, éste era el fabuloso equipo con el que el Padre contaba para comenzar la labor del Opus Dei en Centroamérica: seis países: Guatemala -al primero que iríamos-, Honduras, El Salvador, Nicaragua, Costa Rica ¡y Panamá!

Mis padres acogieron la noticia de mi marcha con un sentido cristiano admirable, y comprendieron mi decisión. Sin embargo para algunos conocidos míos la confianza del Padre en nosotros era claramente excesiva. Don Andrés Coll, el deán amigo de la familia, no salía de su asombro:

-¿Con veintiséis años, recién ordenado sacerdote, y sólo con cinco años en el Opus Dei... y te vas comenzar a un país comunista? ¿Y Josemaría tiene tanta confianza en ti...?

Se detuvo en mitad de la frase. Reflexionó un momento y concluyó:

-...pero si Josemaría lo ha dicho, está bien.

No le faltaban a don Andrés motivos de asombro: pero experimentaba de tal modo en mi alma la urgencia de Dios, en aquellos momentos de expansión apostólica; estaba tan seguro de que el Señor sacaría adelante su Obra a pesar de nuestra poquedad, que no me detuve a pensar en algo que resulta obvio: lo que nos proponíamos era, desde una perspectiva puramente humana, un disparatón, una quijotada, ¡una locura! (11)*... Pero contábamos con la fe inquebrantable que nos transmitía el Padre y la confianza en su oración ante Dios, que no dejaría -estábamos convencidos- de enviarnos su gracia.