Nos llaman del Brasil y Guatemala

 

Indice: Un mar sin orillas

Y poco más recuerdo de aquel periodo -desde 1949 a 1951-, salvo que fue un tiempo de esperanzas, ilusiones, proyectos apostólicos y primeras piedras en varios países, como nos contaba, mes tras mes, la Hoja Informativa.

-OVIEDO. Se ha abierto una pequeña Residencia en Oviedo.

-ROSARIO. ¡Ya tenemos a la vista la casa de Buenos Aires! Ha sido

todo inesperado y rapidísimo. Los detalles irán más adelante.

Por ahora la gran noticia y el nombre con que de antemano ha sido bautizada: "Cerrito".

-BARAJAS. El 15 de mayo salió otro más, en avión para Chile.

-MADRID. Nos llaman del Brasil y de Guatemala.

Mis intereses profesionales se centraban entonces en la Físicoquímica y en la Química Inorgánica. Quería dedicarme a la investigación y trabajaba en una tesis de Cristalografía, bajo la dirección de Severino García Blanco, que era uno de los pioneros de esa materia en España. Rius Miró me propuso viajar a Inglaterra para ampliar estudios, y empecé a barajar esa posibilidad: ¡ya me veía, muerto de frío, con abrigo y bufanda, caminando hacia mi laboratorio londinense, entre la neblina y el smog!

Pero Dios tenía otros planes. Cuando más ilusionado estaba con mi viaje a Inglaterra, el 21 de junio de 1951 el Padre indicó que me preguntaran si estaba dispuesto a ordenarme sacerdote.

¿Sacerdote? Yo era un joven profesional, un químico con la carrera recién terminada. "Santificar el trabajo" significaba, para mí, encontrar a Cristo en mis experimentos de laboratorio y en mi pasión por investigar el estado sólido... Naturalmente, no hizo falta que me dijeran que el sacerdocio no era una especie de "coronación" de mi entrega en el Opus Dei, sino otro modo de servir a Dios dentro de esa misma entrega; ya lo sabía.

Tampoco hizo falta que me aclararan que debía obrar con plena libertad; era una propuesta del Padre, a la que podía contestar que sí o que no; lo sabía también. Ni tuvieron que decirme que en el Opus Dei no hay inconveniente, ni resulta improcedente, declinar esa propuesta. Todas esas cosas las conocía: lo que yo ignoraba era si aquello -el sacerdocio-, era la Voluntad de Dios para mí.

Era una decisión grave e importante. Para saberlo, debía pedir luces en la oración, junto al sagrario.

Fui a rezar al pequeño Oratorio de Diego de León. Impulsé levemente hacia un lado la puerta corredera. Una lamparilla lanzaba destellos de luz que iluminaban la imagen de la Virgen, sentada -Sedes Sapientiae- con los brazos abiertos... El frontal del altar era del color del día. Encima de la imagen, una jaculatoria, en latín: Santa María Esperanza nuestra, Asiento de la Sabiduría. Y sobre la puerta de entrada, dos ángeles de madera estofada mostraban una leyenda: Omnia in bonum, todo es para bien.

Estuve rezando durante largo tiempo. Al salir ya tenía la respuesta.

De nuevo mi vida daba un giro insospechado. Comprendí, en aquel rato de oración, que aquella llamada a la dignidad del sacerdocio también era de Dios.

En Diego de León, donde residía, había un centro de formación donde había ido simultaneando mis estudios civiles, durante los años anteriores, con los estudios de Filosofía y Teología, que se impartían de acuerdo con los programas de las Universidades Pontificias.

Completé mis estudios de Teología según los planes que establecía la Iglesia y el 8 de diciembre de 1952, fiesta de la Inmaculada, defendí mi tesis doctoral. Ese mismo día les dije a mis padres mi decisión de hacerme sacerdote.

Les expliqué que era otro modo de servir a la Iglesia dentro del Opus Dei, donde no hay, como recordaba el Padre, más que una clase de miembros. "Cada uno en su estado -nos decía- debe tender con todas sus fuerzas a la santidad, el sacerdote y el laico, el laico y el sacerdote" (10)*

Mi madre se alegró muchísimo. Mi padre también, aunque aquello descabalara sus ilusiones en una carrera en la que había puesto tantas esperanzas. Y el 22 de febrero de 1953 recibí la ordenación sacerdotal en la capilla de las Madres del Sagrado Corazón de la calle Ferraz.

Dos días más tarde celebré mi Primera Misa en la capilla de las Escuelas Pías, asistido por don Andrés Coll, deán de la Catedral -un sacerdote de aspecto venerable, ya entrado en años, que había casado a mis padres- y el P. Samuel García, Rector de mi querido Colegio de San Antón.