Violencia, nunca

 

Indice: Un mar sin orillas

Durante las tertulias, ya lo he dicho, se hablaba de todo; se gastaban bromas, se contaban chistes, se relataban anécdotas de la vida universitaria...

-Pues me han dicho que esta mañana -dijo un día uno- unos activistas han asaltado un templo protestante, han roto las puertas y no han dejado un cristal sano...

El suceso, que fue comentado por la prensa internacional, se consideró, por cierto sector de la opinión pública española, más que como un acto vandálico de intolerancia religiosa, como un acto virtuoso de afirmación católico-patriótica. Al escuchar aquello, el Padre se puso serio. Pocas veces le he vi hablar con el rostro tan severo y de un modo tan enérgico:

-¡No, hijos míos, no! ¡Violencia no! ¡Violencia nunca! ¡No me parece apta ni para convencer ni para vencer!

Y nos pidió que rezáramos por aquellas personas, como desagravio.

"Caridad siempre, con todos -escribió años después-. No podemos colocar el error en el mismo plano de la verdad, pero -siempre guardando el orden de esta virtud cristiana: de la caridad- debemos acoger con especial comprensión a los que están en el error". Y explicaba: "El error se combate con la oración, con la gracia de Dios, con razonamientos desapasionados, ¡estudiando y haciendo estudiar!, y, repito, con la caridad. Por eso, cuando alguno intentara maltratar a los equivocados, estad seguros de que sentiré el impulso interior de ponerme junto a ellos, para seguir por amor de Dios la suerte que ellos sigan". (9)*

"Convivid, disculpad, perdonad", aconsejaba. Ahora nos hemos acostumbrado a estos términos: "tolerancia", "comprensión", "ecumenismo"...; pero a finales de los años cuarenta, en España, pocos eclesiásticos se expresaban públicamente así; yo por lo menos, no había oído hablar a ninguno con tanta fuerza sobre la libertad religiosa.

El Padre amaba la libertad: no era "una frase", "una pose", "un gesto"; la amaba a fondo, es decir, con sus riesgos y consecuencias; y nos transmitía su afán por llevar a Cristo a todas las almas, con pleno respeto a la libertad de las conciencias. Era un impulso alegre, decidido -¡patos al agua!-, comprensivo, abierto: "¡no seáis -decía- anti-nada ni anti-nadie!"