Un surco hondo y ancho

 

Indice: Un mar sin orillas

Las tertulias en el tranvía solían durar de media hora a tres cuartos, aunque a veces se alargaban, como aquel día en que el Padre nos comentó detalladamente un escrito donde perfilaba la labor de los supernumerarios y cooperadores del Opus Dei. Le pidió a Enrique Cavanna que lo leyera en voz alta.

Queridísimos: si el Opus Dei ha abierto todos los caminos de la tierra a todos los hombres -porque ha hecho ver que todas las tareas nobles pueden ser ocasión de un encuentro con Dios, convirtiendo así los humanos quehaceres en trabajos divinos-, bien os puedo asegurar que el Señor (...) llama con llamada vocacional a multitud de hombres y mujeres, para que sirvan a la Iglesia y a las almas en todos los rincones del mundo.

Atendíamos en silencio, expectantes, estas palabras, en las que el Padre vibraba con afanes apostólicos dilatadísimos, con la seguridad, nacida de la fe, de que vendrían al Opus Dei, como había escrito: personas de todas clases sociales. Hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, sanos y enfermos, todos pueden caminar por esta vía.

De vez en cuando el Padre interrumpía la lectura y hacía un comentario. Escuchar aquello sobrecogía: no eran las quimeras de un loco, ni las fantasías de un visionario o el programa de acción de un manager emprendedor. Era un acto de fe. Nos mostraba, lleno de esperanza, lo que Dios deseaba hacer en el mundo por medio del Opus Dei, contando con nosotros, pobres instrumentos:

Trabajar, trabajar con optimismo -seguía leyendo Enrique-. Ese es el milagro grande que el Señor espera de nosotros. Al ocuparse en su trabajo los hijos de Dios en el Opus Dei, procuran no limitarse a cumplir, sino que se esfuerzan en amar, que es siempre excederse gustosamente en el deber y en el sacrificio.

¿No veis -preguntaba el Padre en aquel escrito- que se descristianizan la ciencia, el arte, el campo, la industria, los hombres que trabajan en esas actividades? ¿No veis cómo disminuyen las familias numerosas? ¿No sufrís, ante la incomprensión naturalista de la abnegación, de la dedicación oscura, de las virtudes evangélicas? ¿No sufrís, ante el desconocimiento de la grandeza sobrehumana del celibato apostólico?

"El apostolado de mis hijos es como un mar sin orillas", nos decía, soñando con un resurgir general de la vida cristiana, y con personas que supiesen hablar de Cristo, con su propio lenguaje, en todos los ambientes de la sociedad: los médicos, en su consulta; los profesores universitarios, en su cátedra; las vendedoras de fruta, en su puesto del mercado; los barberos, en su barbería, con la navaja de afeitar en la mano... ¡Todos! ¡Todos estamos llamados a la santidad! -nos recordaba- ¡Todos sin excepción! La tierra es muy grande -seguía leyendo Enrique- y son muchas las almas que no conocen a Jesucristo: por eso son necesarias también muchas vocaciones a la santidad y al apostolado: (...) que la mies es mucha, diremos con el Señor, y pocos los obreros.

Yo miraba a mi alrededor y pensaba: ¡qué pocos somos! ¡Cuánto nos queda por hacer! Pero al Padre no parecían importarle las cifras: confiaba sobre todo en la gracia de Dios. "Contemplo la Obra como el Señor la quiso -concluía- y es preciso esperar: la veo proyectada en el tiempo -¡siglos!- y hacer en la historia de la humanidad -humilde y silenciosamente- un surco hondo y ancho, luminoso y fecundo, sirviendo a la Santa Iglesia de Dios".

Hablaba de las futuras labores como si existieran ya. Un día nos habló, con todo detalle, de una universidad que pensaba impulsar, la primera de una serie en todo el mundo. Me asombro al comprobar ahora cómo la Universidad de Navarra, que comenzó en 1952, responde fidelísimamente a aquel proyecto que el Padre había madurado durante muchos años en su oración.

Sus "poderes" -lo sabíamos- eran la oración, la mortificación y la confianza en Dios. Sólo por eso, porque supo infundirnos esa confianza en la gracia de Dios -el Cielo está empeñado -nos repetía- en que la Obra se realice-, fue posible aquella expansión por los cuatro puntos cardinales del planeta mediante unos chisgarabís. No hay otra explicación.