En el tranvía

 

Indice: Un mar sin orillas

Estuve en Diego de León desde 1949 hasta 1953. Durante esos años el Padre vivía en Roma y cuando venía a España -cosa que hacía con relativa frecuencia- residía allí. Cuando cuento esto suelen preguntarme: ¿y cómo era la vida junto al Fundador?

La misma formulación me sorprende: nunca le llamábamos así, "el Fundador", con empaque de ceremonia y rigidez de protocolo. El Padre era para nosotros un padre entrañable, asequible, cariñoso, comprensivo y cercanísimo, que no "marcaba distancias". Su cuarto estaba en la primera planta, junto al Oratorio, y era habitual llegar de la calle, subir las escaleras, llamar a su puerta y decir:

-Padre: ¿a que no se imagina, lo que me ha pasado esta mañana en la Facultad? Pues resulta que...

En Diego de León residíamos unos cincuenta: Isidoro Rasines, Tato Canals -casi ingeniero ya-; Guillermo Porras, un mexicano; Carmelo de Diego, que ganó poco después la oposición de juez de Pola de Lena; Jerónimo Padilla, un abogado cordobés, un año mayor que yo; Joaquín Madoz, un aragonés de pura cepa; Quinito Arregui, un matemático; Ramón Guerin, Angel Ramos, Jesús Urteaga, un sacerdote guipuzcoano con gran sentido del humor, autor de un libro famoso: El Valor divino de lo Humano...

La mayoría de mis recuerdos en Diego de León tienen como marco el tranvía, como llamábamos a la sala de estar, por la disposición de las sillas, alineadas unas frente a otras. Allí, entre un alboroto de risas juveniles, nos reuníamos en tertulia junto al Padre.

Eran tertulias alegres, distendidas, familiares. Unas veces grabábamos nuestras voces en un invento modernísimo, el magnetófono, un armatoste en el que se escuchaba a duras penas la voz de José María González Barredo hablándonos desde Estados Unidos; otras, cantábamos al son de las teclas del viejo piano Bechstein. La mayoría de mis recuerdos de esa época van unidos siempre a alguna canción.

Al Padre le gustaba cantar: tenía una voz fuerte, recia y bien timbrada. Cantábamos de todo: corridos mexicanos -entonces tan en boga-, tonadillas, cuplés y canciones con letra de Luis Borobio y música de Jesús Urteaga; o piezas de zarzuelas famosas, como la "Rosa del Azafrán":

Sembrador
que has puesto en la besana tu amor
el trigo de mañana
será tu recompensa mejor.
Dale al viento
el trigo y el acento
de tu primer lamento de amor
y aguarda el porvenir
sembrador...

Con frecuencia, en un momento de la tertulia, el Padre hacía un quiebro, una especie de media verónica a lo divino, y sirviéndose de una anécdota, o de la letra de una canción, hacía un comentario sobrenatural o un acto de amor a Dios. O nos señalaba el respostero con cruces verdes y corazones rojos, que lucía en la pared, orlado por las palabras de los Apóstoles en el Evangelio: Possumus, Possumus -¡Podemos, podemos!-, y nos decía:

-¡Pues todo esto que Dios espera de nosotros, lo haremos cuando seáis santos! ¡Soñad y os quedaréis cortos!

Pasaba, en un abrir y cerrar de ojos, de lo grande a lo pequeño: de la futura expansión por América al modo concreto de cerrar bien una puerta...

-Se baja el manillar, con cuidado, y se cierra despacio, para que no haga ruido, mientras se dice por dentro una jaculatoria...

Nos animaba a luchar en lo pequeño por amor a Dios. Una tarde, durante un rato de tertulia, advertí que tenía la boca reseca de tanto hablar y le traje un vaso de agua. Se volvió hacia mí y con una mirada llena de cariño, me susurró:

-Gracias, hijo mío; pero déjame que le ofrezca al Señor pasar un poquito de sed...

Éramos muchos y en Diego de León casi no se cabía; dormíamos en grandes habitaciones de literas que llamábamos, jocosamente, El Rancho Grande y El Rancho Chico, y durante el invierno pasábamos un frío siberiano, porque no había dinero para la calefacción. Pero las penurias económicas y las estrecheces se superaban con deportividad, ingenio y buen humor: unos preparaban un guión de cine para un concurso, con la esperanza de ganar el premio; otros alternaban las clases con la venta de seguros...

Fueron tiempos especialmente duros para el Padre: a las carencias materiales se unían las incomprensiones, las murmuraciones, las insidias... Enrique Cavanna, que preparaba oposiciones y se levantaba muy temprano para ir a clase de francés, me contaba que solía estar cerca del Oratorio por las mañanas, mientras el Padre rezaba junto al Señor; y que más de una vez oyó como sollozaba...