Una entrada triunfal

 

Indice: Un mar sin orillas

En junio de 1949 concluí la carrera de Químicas y en septiembre de aquel mismo año me fui a vivir a un centro del Opus Dei, situado en un edificio que hace chaflán entre las calles Lagasca y Diego de León. Mi entrada fue realmente triunfal: llamé, me abrieron y me dirigí con mi cortejo de maletas hacia la empinada escalerilla de caracol que había junto a la entrada. Subí un escalón, dos, tres, me resbalé y me estampé, cataplaf, de narices contra el suelo.

Estaba recogiendo todavía mi equipaje desparramado a lo largo de la escalera, cuando escuché unos pasos rápidos y seguros. Era Carmen, la hermana del Padre, una mujer de edad madura que me ayudó a recoger los bultos y que luego estuvo relatando, durante la tertulia, divertida y amable, mi entrada triunfal en la casa. Y desde aquel momento me tomó gran afecto.

Es como si la estuviera viendo. Carmen era una mujer con mucha personalidad, con una sonrisa enérgica y dulce al mismo tiempo, que sabía hacer y desaparecer. Pasaba inadvertida, aunque estaba en todo, prodigándose en detalles de cariño: a uno le tejía un jersey para que no pasara frio; a otro le preparaba algo caliente para que no cogiera la gripe; a otro le preguntaba por los estudios... siempre, sin salirse de su sitio, uniéndonos constantemente al Padre.

Se encargaba de la administración doméstica de Diego de León con algunas chicas contratadas para el servicio, y su tarea, en aquella España de finales de los cuarenta, era francamente difícil. Aunque la situación iba mejorando, seguían las cartillas de racionamiento y los dichosos "cupones". Todo estaba racionado: las judías, las lentejas, los garbanzos... y habían aparecido en escena una ristra de sucedáneos más falsos que Judas, como la achicoria, que era un café de pacotilla de sabor indefinible...

La situación era realmente apurada y Carmen tenía que hacer mil equilibrios; no había dinero, ni comida suficiente, ¡y vivíamos allí medio centenar de personas! Pero no dramatizaba: no soportaba los dramas, ni en la vida real ni en el cine; y tampoco le gustaban las radionovelas, tan en boga entonces -unos culebrones lacrimógenos que duraban siglos- mientras que disfrutaba enormemente con las comedias: todavía resuenan en mis oídos sus risas con aquella película de Spencer Tracy, "El padre de la novia", me parece que se llamaba...

Su serenidad, en aquellos tiempos de penuria, fue inestimable. Las mujeres del Opus Dei eran todavía pocas y ella puso su mano femenina en lo que le iba encargando su hermano Josemaría; y al terminar la tarea se volvía a su sitio, tan discretamente como había venido, en silencio, casi de puntillas.