La Hoja Informativa

 

Indice: Un mar sin orillas

Vuelvo de nuevo a aquel 14 de abril de 1948 en Lagasquilla. "Lo nuestro -me dijo- consiste en hacer poesía de la prosa de cada instante". No fue una frase bonita, ni una pirueta verbal con relumbrón de fuegos artificiales, sino una propuesta vital cargada de contenido.

Un contenido de amor de Dios, trabajo, apostolado y... aventura, porque el año en que pedí la admisión el Opus Dei se encontraba en una encrucijada decisiva de su historia (8)*: los comienzos de la expansión universal. Dos años antes, en 1946, un joven farmacéutico, Paco Martínez, había marchado a Portugal -país que nos parecía lejanísimo- para ejercer su profesión y comenzar la labor apostólica; y se estaban dando los primeros pasos en Irlanda y Francia; y algunos preparaban las maletas para dar el salto a México y Estados Unidos.

Todo esto se contaba con detalle en la Hoja Informativa, una publicación sencilla, impresa en una vieja multicopista de alcohol, que Isidoro Rasines -que había pedido la admisión en el Opus Dei en abril de 1948, doce días después que yo- y Paco Vives, un navarro de Olite, confeccionaban en un centro del Opus Dei de la calle Diego de León.

Mes a mes la Hoja Informativa nos contaba que Adolfo Rodríguez Vidal acababa de salir para Santiago de Chile o que Ricardo Fernández Vallespín había cruzado el charco rumbo a la Argentina. No puedo releer sin emoción aquellas viejas hojas en tinta azul, con noticias de Sevilla, Bilbao, Valencia, Santiago, Barcelona, Córdoba, Toronto, Santiago de Chile, México... Un artículo, escrito por un residente de un centro del Opus Dei de la calle Padilla, ponía de manifiesto el clima de expansión universal que estábamos viviendo:

No nos enteramos de la hora exacta en la que salió de casa Andrés. Cuando nos acostamos aquella madrugada del 2 de octubre sabíamos que lo haría muy pronto. Iba a Londres. Nos contó cómo era la casa. Qué ambiente había en la City, aquella anécdota del curso de verano, y hasta un chiste en inglés para ambientarnos. Pues marchó aquel mismo día. Debió de pasar horas y horas cruzando Castilla, Cataluña, Francia y el Canal.

Fernando dejó Madrid veinte días después. No habrían pasado quince días cuando llegó a esta casa Alberto. Nos la llenó de caimanes, barbamarías, guajalotes, guanabas y pañayas; nos habló de la Señora que sonríe a los indios desde el mandilón de Juan Diego, y se marchó a Roma.

Se comprende que Justo Martí, que residía en aquel centro, exclamara un día, al contemplar el continuo trasiego de los que iban y venían con el pasaporte en la mano:

-¡Esto parece el aeropuerto de Barajas!

No sé como entenderán esto los lectores más jóvenes. Cuando escribo estas líneas nos encontramos en los albores del tercer milenio; al Padre se le venera en los altares; hay fieles de la Prelatura que trabajan activamente por la evangelización en las mil encrucijadas de la organización social; han surgido iniciativas apostólicas en todas las latitudes, desde París a Manila, desde Estocolmo a Nueva Delhi, pasando por Nueva Zelanda, Texas y Costa de Marfil; y vemos implantado al Opus Dei en centenares de ciudades y decenas de países: Uganda, Estonia, Khazajtán...

Pero entonces no veíamos nada de esto (¡yo no había oído siquiera hablar de Khazajtán!): sólo lo esperábamos, que es algo muy distinto, con una fe que a algunos le parecía casi una locura. El Padre era un sacerdote joven, en la plenitud de la vida, con miles de proyectos que eran sólo eso, proyectos; y el Opus Dei era para la Iglesia una prometedora esperanza; prometedora, sí, pero esperanza tan sólo.

Sin embargo, aunque fuéramos muy pocos, aunque no podía verse casi nada -¡siempre habláis en futuro!, nos decían- teníamos la certeza moral de que, tarde o temprano, todo aquello con lo que soñaba el Padre se haría realidad; es más: confiábamos en ver muchos de esos proyectos con nuestros propios ojos. Estábamos seguros de que el Opus Dei se extendería por los cinco continentes, aunque ignorábamos cuándo; pero esa seguridad no nacía de la evidencia, como ahora, sino de la fe: fe en Dios y en el Padre.

Han pasado muchos años; pero no he podido olvidar la vibración con la que nos hablaba el Padre en Molinoviejo de la expansión universal del Opus Dei, mientras atardecía sobre los campos de Castilla y el viento mecía levemente los pinares. El Señor nos esparció poco después a voleo por el mundo: Manolo Botas fue a Perú; Luis Borobio, a Colombia; Arnau Torrens, a Irlanda; Ramón Montalat a Brasil; Antonio Martín, a Chile; Joaquín Madoz, a Ecuador...

El Padre confiaba en Dios y en nosotros; y a pesar de nuestra inexperiencia se apoyaba en nuestro espíritu de iniciativa y en nuestra disponibilidad para hacer las maletas y plantarnos en las antípodas. No le importaba nuestra juventud; al contrario: se hacía a nuestro modo de ser -unos veinteañeros llenos de vida-, y se rejuvenecía a nuestro lado. ¡Jamás nos trató como a unos muchachitos! Con fortaleza y paciencia, nos ayudó a forjar el carácter, y nos fue contagiando su sed de Dios y su afán por llevar el mensaje de Cristo a todos los sitios, a todas las almas.

Hago estas aclaraciones porque lo que se narraba en la Hoja Informativa -jóvenes que marchaban a ejercer su profesión a un país lejano para comenzar la labor apostólica-, era, humamente, una locura; una locura que hundía sus raíces en el Evangelio; una locura bendecida por la Iglesia; una locura muy sobrenatural, muy divina... ¡pero una locura al fin y al cabo!