El Padre

 

Indice: Un mar sin orillas

Al día siguiente pude hablar con el Padre, como llamábamos a nuestro Fundador. Y aunque me resulta difícil transmitir la impresión que me produjo aquel encuentro, voy a intentarlo, porque lo tengo grabado con trazos indelebles en la memoria.

El Padre vino a Lagasquilla para visitar a un enfermo. Era un sacerdote de 46 años, vigoroso y jovial, lleno de energía, de vitalidad y de buen humor. Me inspiró, desde el primer momento, una gran confianza, no sabría decir por qué: quizá porque era muy espontáneo y muy sencillo en todo lo que hacía.

En estas páginas quiero relatar mis recuerdos tal como viven en mi memoria: hay décadas de mi vida -ya lo he dicho- difuminadas en la neblina; y minutos inolvidables. Este fue uno de ellos. El Padre me miró de ese modo como yo diría que sólo los santos saben mirar. Una mirada profunda, comprensiva, serena, que traslucía su intimidad con Dios; que exigía y alentaba al mismo tiempo; que rebosaba alegría, cariño, afecto. Una mirada de Padre, en definitiva.

Estuvimos conversando brevemente, Me esbozó, a grandes trazos, la fisonomía espiritual de una persona del Opus Dei. No recuerdo las palabras concretas que empleó, pero sí las ideas principales que me dijo: la entrega a Dios en el Opus Dei -me recalcó- es una entrega total, plena, en medio del mundo, al servicio de la Iglesia y de la sociedad. Me comentó seguramente más cosas; supongo que me hablaría de la santificación del trabajo: no lo recuerdo. Al terminar me dijo unas palabras que he meditado cientos de veces a lo largo de mi vida:

-Lo nuestro consiste en hacer poesía de la prosa de cada instante.

Antes de continuar debo hacer una aclaración: he leído durante estos últimos años varias biografías del Padre. Hay algunas de gran calidad, escritas con rigor... pero he de reconocer que, en el fondo, todas me han defraudado. Lo mismo le sucede, por lo visto, a la mayoría de los que le conocimos. Es comprensible: ¡tenía una personalidad tan rica, con tantas facetas! Y al mismo tiempo -y eso es lo sorprendente- era un hombre sencillo. Se daba en él la eterna paradoja cristiana: era humilde y magnánimo; fuerte y amable; prudente y audaz; con corazón de padre y de madre al mismo tiempo...

-"Pero existen grabaciones -me dicen- que recogen sus viajes de catequesis". Sí, esas filmaciones permiten atisbar la hondura de su alma, la energía de su voz, aquella pasión con la que hablaba de Dios, con la que nos urgía constantemente a la santidad: ¡Santos! ¡Debéis ser santos canonizables!; ...pero ninguna cámara puede reflejar cómo era el Padre cuando hablaba con cada uno, en voz baja, con tono de confidencia, a solas.

Tuve la suerte de conversar muchas veces así: a solas. Y siempre me impresionó oírle hablar de Jesucristo. Yo había escuchado muchas charlas, pláticas y sermones; pero el Padre era distinto. ¡Nada de aquella retórica tradicional, con frases ampulosas que se escuchaba, a veces, en algunos púlpitos! Nada de artificios: el Padre hablaba de su propia vida, de lo que le brotaba impetuosamente del corazón, a borbotones, como un torrente irrefrenable.

¿Cómo era?, me preguntan. Y siempre doy la misma respuesta: era un sacerdote santo; un hombre muy sobrenatural y muy humano que vivía sólo de, para y por Jesucristo. Cuando pronunciaba ese nombre -Jesucristo- se notaba que hablaba de Alguien del que estaba profundamente enamorado. Había hecho del Evangelio vida de su propia vida, y deseaba que nos metiéramos en las escenas de Nuevo Testamento como un personaje más. Quería que acompañásemos al Señor por los caminos polvorientos de Galilea, que gozáramos de la gloria del Tabor a su lado y que sufriéramos, unidos a su dolor redentor, en el madero de la Cruz...

El amor a Dios se le notaba en todo: en la inflexión de la voz -las personas enamoradas hablan de un modo especial de los que aman-; en los gestos; en aquella mirada que evidenciaba tantos sufrimientos; y especialmente, en el modo de celebrar la Santa Misa. ¡Aquellas Misas...! No hacía nada raro: pero pronunciaba cada palabra, cada plegaria, con tanta fe, con tanta unción... Lo siento: no sé expresar la fuerza con la que el Padre nos hablaba de Dios. Sólo puedo decir que nadie habla de Dios ni transmite a Dios como un santo.

Le urgían las almas. Era como si tuviese clavadas en el corazón las súplicas de los miles de hombres y mujeres que viven y mueren sin conocer a Cristo... ¡porque nadie les habla de ÉL! Y nos alentaba a realizar un apostolado intensísimo, respetuoso y vibrante, lleno de fe, con nuestros colegas de trabajo, siempre dentro del marco cordial, del tú a tú sincero y amable de la amistad. "Hay que empapar la tierra de amor -nos insistía- y esto exige mucho sacrificio. Hay que dejarse gastar con garbo la juventud en el servicio de las almas, ofrecer al Señor toda la vida" (7)*