13 de abril de 1948

 

Indice: Un mar sin orillas

...Pero llega un momento en que los viajeros de la Estación de Atocha escuchan por los altavoces una voz metálica: Atención, señores viajeros. El tren procedente de... hará su entrada en breves minutos en la vía... Alzan la mirada: las manecillas del reloj indican que ya es la hora. Se levantan presurosos. Toman las maletas. Se escucha, próximo, el pitido del tren...

Eso mismo me sucedió a mí: no logré (¿no quise, quizá?) entender lo que me planteaba Fernando, hasta que un día alcé la mirada, y... comprendí que había llegado la hora de Dios. Se acercaba mi tren.

Fue el 13 de abril de 1948. Estudiaba cuarto de Químicas y había llovido bastante desde mi vertiginoso descenso por la ladera de la Mujer Muerta. Fernando y yo no habíamos vuelto a hablar de entrega a Dios; pero a medida que iba tratando al Señor en la oración, me hormigueaba por dentro como una inquietud, un desasosiego... Hasta que una tarde le pregunté al Señor, en el Oratorio de Lagasquilla:

-Señor, ¿de verdad me quieres en el Opus Dei?

No hay peor sordo que el que no quiere oír; y no hay vía más rápida para conocer la Voluntad de Dios que rezar. Aquella tarde comprendí, con luz clara y diáfana -una luz que ha iluminado toda mi vida- que el Señor me pedía la entrega, como numerario, en el Opus Dei. ¿Para qué esperar? pensé. ¡Llevaba tanto tiempo dilatando la respuesta! Y escribí una breve carta al Fundador solicitando la admisión.

Aquel rato de oración en Lagasquilla fue, sin duda, uno de los hitos decisivos de mi existencia. Sabía lo que me jugaba: la vida entera. Quemaba las naves; tiraba por la borda muchos proyectos nobles con los que había soñado desde siempre: casarme, formar una familia... Pero comprendí que no debía preguntarme qué era lo que me apetecía hacer, sino qué quería Dios que hiciera.

Era yo quien le entregaba mi vida: Dios no me la arrebataba. Era libre. Podía decir que sí o que no... pero intuí que el Señor tenía preparada para mí una aventura maravillosa ¡si yo le dejaba! Dije que sí y jamás he experimentado una sensación tan poderosa y tan honda de libertad como la de aquel día, tan lejano -tan cercano en mi corazón- de abril de 1948.