Una pregunta en la Mujer Muerta

 

Indice: Un mar sin orillas

Pasó un día y otro día/ un mes y otro mes pasó, como en el romance de Zorrilla, hasta que un día de invierno -no recuerdo la fecha- Fernando Valenciano y yo decidimos ir a Molinoviejo, una Casa de Retiros cercana a Segovia, para estudiar y esquiar un rato. Subimos caminando con nuestros esquíes hasta la ladera de la famosa Mujer Muerta, un monte cercano, y mientras contemplábamos aquel paisaje espléndido -"barrera donde acaba una Castilla/ y otra Castilla interminable empieza"- con bancales de piedra sumidos en el blancor de la nieve, lomas verdinegras y páramos agrestes sobre los que se recortaba, en la lejanía, la silueta rosa del palacio de Riofrío, Fernando me hizo una pregunta a quemarropa:

-Oye, Antonio, ¿y tú... no has pensado nunca ser del Opus Dei?

Por toda respuesta agarré los bastones de esquí, di media vuelta, flexioné las piernas, incliné la espalda y... me deslicé monte abajo a toda velocidad.

No estaba demasiado interesado, ya se ve, en hablar de aquel asunto... Yo apreciaba el ambiente alegre, apostólico y de estudio serio de Lagasquilla; estaba agradecido a los medios de formación espiritual, que me ayudaban a ser buen cristiano en la vida cotidiana; bien: todo eso era magnífico; pero de ahí a hacerme del Opus Dei mediaba... ¡un abismo!

Tiempo después Fernando me planteó de nuevo la cuestión. En aquella ocasión no disponía de unos esquíes a mano para salir pitando, pero le contesté, con igual celeridad, que el asunto seguía sin interesarme en absoluto.

Y un mes/ y otro mes pasó... y Fernando me lo preguntó de nuevo; y yo, de nuevo, con la confianza que da la amistad, le respondí con un claro, contundente y rotundo NO.

Y siguió pasando el tiempo...