Lagasquilla

 

Indice: Un mar sin orillas

Con el paso del tiempo descubrimos que algunas fechas de nuestra existencia, aparentemente irrelevantes, fueron decisivas. Como aquel día, a mediados de los años cuarenta -no sabría decir cuándo-, en que asistí, alentado por mi hermano Luis, a una conferencia en un Colegio Mayor de Madrid. No recuerdo de qué trató: sólo que la dio Salvador Senent, profesor auxiliar de Fisicoquímica.

Pues bien, aquella conferencia en el Colegio Mayor Moncloa supuso un hito, un punto de inflexión fundamental, en mi vida. ¿Qué hubiera sido de mí si aquella tarde, en vez de ir a la conferencia de Senent, me hubiera ido a jugar al fútbol?

Quién sabe. ¡Qué misterioso juego, el de la gracia y la libertad! Pero estoy seguro que Dios hubiera seguido esperándome en otro recodo del camino, porque las "casualidades" no existen para un cristiano. No recuerdo la fecha, ni de qué se habló aquella tarde, ni si me gustó o no la conferencia; lo que sí me gustó -y poderosamente- fue el ambiente de alegría y de estudio que se respiraba en aquel Colegio Mayor, dirigido por personas del Opus Dei. Entendí entonces lo que Paco no había acertado a expresar -o yo a entender- durante mis fiebres de Malta. Aquellos jóvenes estaban a años-luz de la imagen estereotipada que yo me había formado de cierta "juventud católica" (entonces se hablaba mucho de "la juventud católica").

Uno de aquellos universitarios, Emilio Palafox -"Emilito"- me propuso asistir a unas charlas de formación cristiana. Acepté. El tono general me atrajo: alegre, abierto, plural. Eran jóvenes con afanes apostólicos y grandes inquietudes profesionales. Más tarde frecuenté Lagasquilla, un centro del Opus Dei, y me confirmé en mis primeras impresiones.

Lagasquilla estaba situado en el nº 100 de la calle Lagasca, en pleno barrio de Salamanca. Era un piso no demasiado grande, pero con empaque: tenía varias salitas, un Oratorio recogido con una imagen de la Inmaculada y una sala de estudio en la que era difícil encontrar asientos libres. En aquella sala de estudio entendí un rasgo fundamental del Opus Dei que nadie me explicó. No hubo nadie que me dijera: "el Opus Dei es un camino de santidad para personas de todo tipo y condición, que viven en medio del mundo, que se santifican trabajando, y que, por esa razón, procuran trabajar mucho y bien, con espíritu de servicio, convirtiendo su trabajo en oración, siguiendo los pasos de Cristo, que pasó casi toda su vida laborando en un taller de artesano...". (Quizá, si me lo hubieran dicho así, no lo hubiera entendido). Fue mucho más sencillo: lo vi.

Vi que trabajaban mucho y bien. Vi que luchaban por encontrar a Dios en ese trabajo. Vi que eran hombres con ideales y espíritu de servicio. Con algunos, como Florentino Pérez Embid, que a sus treinta años era vicedirector de la revista Cuadernos Hispanoamericanos, compartí muchas aficiones, como el Arte, la Historia y la Literatura (5)*. Florentino era un hombre de simpatía desbordante; un andaluz de pura cepa, sevillanísimo en su modo de ser, aunque nacido en Aracena: culto, intuitivo, con una chispa muy del Sur. Allí conocí a Fernando Valenciano, un joven ingeniero nacido en la misma Sevilla, pero que, al contrario de Florentino, no "ejercía" de andaluz. Y muchos más traté, como Salvador Martínez Ferigle, Tito Inciarte, Julio González Simancas, César Ortiz de Echagüe...

Hablé alguna vez con don Pedro Casciaro, un sacerdote con un buen humor a prueba de balas -ya contaré-, con gran dinamismo apostólico y un don de gentes excepcional. Su situación familiar retrata de cuerpo entero los tiempos que vivíamos: sus padres estaban exiliados en Orán por motivos políticos, porque su padre -uno de aquellos "intelectuales de la República"- fue durante la guerra Presidente Provincial del Frente Popular de Albacete.

Acudían por Lagasquilla, como yo, muchos universitarios de Madrid: para hablar con el sacerdote, para recibir formación cristiana o estudiar. Además se organizaban planes de deporte en la Ciudad Universitaria y visitas a personas necesitadas. Allí comencé a hacer oración con Camino. Hubo un punto, el 346, que me atrajo especialmente.

Estudiante: fórmate en una piedad sólida y activa, destaca en el estudio, siente anhelos firmes de apostolado profesional. -Y yo te prometo, con ese vigor de tu formación religiosa y científica, prontas y dilatadas expansiones.

Esas palabras me hicieron pensar mucho. Comprendí que como científico y como cristiano debía conciliar en mi vida las exigencias de la fe y la ciencia, sin antagonismos falsos. Sólo con un trabajo científico bien hecho, con una conducta cristiana coherente, podía acercar a Cristo a mis compañeros de profesión.

Hablé con algunos amigos de mi Facultad de estas cuestiones, y algunos, como Isidoro Rasines, vinieron a Lagasquilla. Isidoro era de Matanzas (Cuba) y coincidíamos en muchas cosas: en la carrera; en el ambiente familiar (liberal, como el mío); en el deporte; en la pasión por la Química; y en, cómo lo diría... cierta alergia natural hacia determinados mejunjes político-religiosos del momento, que algunos engloban ahora bajo el término nacionalcatolicismo.

No me gusta ese término. Me parece injusto etiquetar toda una época como si fuera un frasco de medicinas; entonces hubo de todo, como en botica; luces y sombras, aciertos y errores; y se produjo un gran resurgir espiritual en muchos ámbitos. Aunque es innegable que a algunos les gustaba experimentar, en las reboticas del poder, con extrañas mezclas político-religiosas: lo que se dio en llamar "alianza entre el altar y la espada". Me estremezco todavía al evocar el fogoso speach de aquel eclesiástico que vino al Aula Magna de la Facultad con un alzacuellos de color azul para ponderarnos las excelencias de la Falange... (6)*