En la Facultad de Químicas


Indice: Un mar sin orillas

La geografía de la memoria guarda misteriosas cumbres y hondonadas. Hay periodos de mi vida que podría relatar día tras día, mientras que otros son sólo un racimo de anécdotas deslabazadas, un conjunto de recuerdos que acuden a mi mente como fotografías viejas caídas de un álbum. Además, esa geografía equivoca las distancias: hay sucesos -de mi adolescencia o mi niñez- que siento asombrosamente cercanos; mientras que otros, mucho más próximos en el tiempo -como los años cuarenta- se me pierden en el olvido.

Guardo pocos recuerdos de los años cuarenta; unos años de penurias y estrecheces; de estraperlo y "piojo verde"; de cabezas rapadas, tabaco negro y cartillas de racionamiento; de coches con gasógeno y restricciones eléctricas; de coplas y boleros con la voz de un Antonio Machín que pedía constantemente, al son de las maracas, que le pintaran angelitos negros...

Fueron años de esperanza: en la paz, en el fin de la Guerra Mundial, y en la ansiada penicilina del doctor Fleming, que tantas vidas salvó; años de apoteosis del toreo, con figuras de tronío, como Manolete, Arruza y Luis Miguel Dominguín, que llenaban las plazas hasta la bandera; de películas en blanco y negro, precedidas por un NO-DO que ponderaba -un día sí y otro también- los logros del Régimen... Y años de grandes triunfos futbolísticos, cantados en la radio por Matías Prats: aún recuerdo aquel goooooooooooool delirante y estremecedor...

Fueron años, en fin, de peinados a lo "Arriba España", de ínfulas imperiales y arrugados billetes de peseta con la imagen quijotesca del Marqués de Santa Cruz. Y sobre todo, años de hambre. De hambre y estudio intenso, porque en octubre de 1944, tras aprobar el terrorífico examen de Estado en el Caserón de San Bernardo, me matriculé en la Facultad de Ciencias. Elegí, naturalmente, la sección de Químicas, que tenía su sede en un amplio edificio de ladrillos rojizos con forma de U, con dos alas paralelas y ventanas en banda, que compartíamos con matemáticos y físicos.

En los laboratorios de aquella Facultad pasé muchas horas de mi juventud. Cierro los ojos y puedo percibir todavía aquel olor: un olor ácido, penetrante, a nitrato, a sulfuro, a disolventes de puntos bajos de ebullición. Podría andar a ciegas por aquellos laboratorios, entre balanzas, retortas, probetas, infiernillos y alambiques, y aún me asombro de que no voláramos por los aires con algunos de nuestros experimentos...

El nivel académico era alto: comenzamos muchos y terminamos pocos. Entre mis compañeros recuerdo muy especialmente a Pachi Santamaría. ¿Qué habrá sido del resto? José María Sistiaga, Isabel Ferreiro, Acosta, Soler Matorell, Sola Fernández, Berberena, Pérez Luiña, Vega Herrera, Marruedo, Jaime Robredo Olave... Durante ese periodo hice las cosas típicas de los años universitarios: formé parte de la típica pandilla de amigos y amigas; acudí a los típicos guateques; y fundé, con otros siete un típico club de Facultad, que bautizamos como Club Electrón...

Tuve profesores magníficos: Emilio Jimeno Gil, tan expresivo siempre, nos explicaba Química Inórganica; Antonio Rius Miró, Química Técnica; Manuel Lora Tamayo -que luego fue ministro-, Química Orgánica; Fernando Burriel, Química analítica; Antonio Ipiens Lacasa, con su sempiterna pipa entre los labios, Experimental... Octavio Foz Gazulla, un físicoquímico de Teruel, bastante joven -que había sacado la cátedra en 1941, a los 33 años-, acabó dirigiéndome la tesis. Y poco más recuerdo de aquellos tiempos de juventud, salvo que en primer curso contraje unas fiebres de Malta y un día vinieron a verme a casa un grupo de amigos y amigas, que me pusieron al tanto de los dimes y diretes de la pandilla. De pronto una exclamó:

-¡Noticia bomba! ¡Es que no os lo podéis ni imaginar! ¡Paco ya no sale con Paquita porque se va a hacer no sé qué!

-¿Qué se va a hacer qué?

Intentaron explicármelo todos a un tiempo, como suele suceder en esos casos y salió a relucir el Opus Dei; pero entre sus malas explicaderas y el mareo de mis fiebres de Malta, no entendí nada. Me sucedió como cuando le presentaron a El Gallo a Ortega y Gasset. "-¿A qué ze dedica eze zeñó?", preguntó el diestro. "-Pero, hombre, ¿no lo conoce? ¡Si es el filósofo más famoso de España!". "-¿Filózofo? ¿Y de qué vive?". "-¿Pues de qué va a vivir? ¡De pensar!". "-De pensar... -se quedó cavilando el torero-. ¡Qué barbaridá! ¡Hay gente pa tó!".

¡Hay gente para todo!, pensé yo también mientras me zambullía bajo una pirámide de mantas. Y como las noticias vuelan que es un gusto, al día siguiente, Paco, que estaba al tanto de nuestros cotorreos, vino a explicármelo en persona: "Mira, Antonio -me dijo- las personas del Opus Dei somos cristianos que queremos vivir a fondo los compromisos del bautismo en medio del mundo: así de sencillo; gente de la calle que nos esforzamos por santificarnos en nuestro trabajo. ¿Te vas aclarando?".

Pues no; no me aclaraba; tenía fiebre y me habían puesto, entre todos, la cabeza como un bombo. Además el asunto no me interesaba demasiado...