En el Colegio de San Antón

Indice: Un mar sin orillas

El Real Colegio de Escuelas Pías de San Antón era un colegio de religiosos a la antigua usanza. Había sido cárcel durante la guerra y siguió cumpliendo esa función durante algún tiempo: desde algunas ventanas podíamos ver a los "depurados" cortando leña en un patio interior, que estaba incomunicado con el resto.

Era un colegio famoso en Madrid por su calidad de enseñanza y por una vieja costumbre popular que sigue celebrándose cada 17 de enero en su iglesia externa: "la procesión" y bendición de los animales con motivo de la fiesta de San Antonio Abad, su santo patrón. Tras la bendición de mulos, patos, conejos, canarios, gatos, tortugas, perros y demás familia, se reparte el tradicional "rosco de San Antón" elaborado con no sé qué misteriosa receta egipcia, entre un concierto inefable de rebuznos, ladridos y maullidos.

Al calificarlo de "colegio a la antigua usanza" he querido decir: un grupo de religiosos admirables -el P. Samuel, de voz vigorosa, que nos sonreía afectuosamente tras sus pequeñas gafas de aro, el P. Agustín, el P. Laureano, el P. Gervasio Jáimez, que fue Rector-; largas filas de niños con pantalones bombachos; sesiones multitudinarias en el teatro Barceló; conferencias con la crema de la intelectualidá que cantaba el chotis: Arniches, Pemán, Marquina, etc; cartillas escolares con las gráficas de nuestra "temperatura académica" desde octubre hasta junio; y clases de literatura en las que declámabamos floridos romances de Zorilla:

Pasó un día y otro día
un mes y otro mes pasó
y de Flandes no volvía
Diego, que a Flandes partió...

...o pregonábamos a voz en grito el poema de Rubén Darío: "Ya viene el cortejo! ¡Ya viene el cortejo!", hasta llegar, casi sin aire en los pulmones, al interminable verso final: ¡saludan -con-voces -de-bronce- las-trompas- de-guerra- que-tocan- la-marcha- triunfaaaaal!

"No hay colegio en España que tenga la riqueza en museos y laboratorios del nuestro", proclamaba, orgullosa, la Memoria del Colegio, y con razón: contábamos con varios museos, de Física, Geología, Agricultura e Historia Natural; y realizábamos lo que ahora llamarían "actividades extraescolares": catequesis en los suburbios, paseos por la sierra y peregrinaciones a Valverde con banderas, banderines y gallardetes, cantando aquello de cual pájaros gorjeaaan/ su triiino matinal.... Sin olvidar los actos patrióticos, que eran -decían- "afirmación rotunda de nuestro resurgir glorioso"...

Sólo guardo de aquellos años escolares un revoltijo de imágenes desvaídas, difuminadas en el gris de los inviernos de mi adolescencia; y me veo -¿a los doce, trece, catorce años?- en el Museo de Historia Natural, sintiendo sobre mis espaldas la mirada disecada de un búho real con los ojos como platos, contemplando en las vitrinas las copias en miniatura de la primera máquina de vapor, del primer fonógrafo de discos de cera, de la primera cámara de los hermanos Lumière... Y poco más recuerdo: en el confuso espejo de ese periodo sólo veo con nitidez aquellos laboratorios de Química en los que me lo pasé bomba, como se decía entonces, provocando chispas y explosiones. Naturalmente, me gané a pulso el mote de "el químico".

En San Antón comencé a ir a Misa todos los días y fui incorporando varias costumbres cristianas, aunque sin mayores inquietudes por mi parte. Algunos escolapios, como el P. Samuel, me hablaron de vocación, especialmente durante unos Ejercicios Espirituales en Getafe; sin embargo, aunque dos compañeros míos de curso decidieron entregarse a Dios, yo ni me inmuté: mi vida -pensaba- iba por otros derroteros. Era como uno de aquellos viajeros que se veían en la Estación de Atocha deambulando sin rumbo por los andenes, de acá para allá, mirando de tarde en tarde el gran reloj circular. Decididamente, no había llegado mi tren, ni había sonado para mí "la hora de Dios".

¿Cómo era yo? Supongo que lo que se llamaba entonces un "buen muchacho": estudioso, responsable y aplicadote; y realmente debí estudiar bastante, porque en el examen de ingreso obtuve Premio Extraordinario, cosa interesante desde todos los puntos de vista; sobre todo desde el económico, porque me daba derecho a matrícula gratuita. Se lo comenté a mi padre, en la cárcel, y no olvidaré nunca la alegría que se reflejó en su rostro. Aunque un recluso amigo suyo inquirió con recelo:

-¡Premio Extraordinario! ¡Qué bueno! Pero, niño... ¿en Religión no te habrán dado ningún premio, verdad?

Frente a las reticencias religiosas de sus compañeros, mi padre sufrió durante su cautiverio una profunda evolución espiritual. Aquella penosa experiencia de dolor -más de dos años de injusta cárcel- le llevó a abrazarse más y más a la Cruz, y cuando volvió a casa, en 1942, estaba muy cambiado. Un día le sorprendí en el salón hojeando las páginas del Catecismo.

-¿Qué lees, papá?, le dije, siguiendo la vieja costumbre española que consiste en preguntar lo que se está viendo con los propios ojos.

-Un catecismo, hijo. Para construir un edificio hay que comenzar por los cimientos.

En otra ocasión escuché cómo repetía la Salve en voz alta, hasta aprendérsela de memoria. Y tiempo después, refiriéndose a sus antiguas reservas hacia el catolicismo, me reconoció, con la gran nobleza que le caracterizaba:

-Hijo mío, me equivoqué.

Y nunca altera tu quietud, venablo
que acoge en arco breve la rodilla
o quiebra en mil estrellas la cabeza.
Es de tu soledad de la que hablo,
barrera donde acaba una Castilla,
y otra Castilla interminable empieza.

García Nieto, "La Mujer Muerta"