Pena de muerte

Indice: Un mar sin orillas

-¡Luis Rodríguez Batanero!

Mi padre se irguió con calma y se puso de pie junto al banquillo. Mi madre y mi tía María clavaron, ansiosas, la mirada en los labios del fiscal.

-¡Pena de muerte!

Dudo que haya algo más desgarrador para el alma de un adolescente que escuchar de labios de un fiscal la petición de pena de muerte para su propio padre. Esto es lo que le sucedió a mi hermano Luis. A mí no me llevaron a las Salesas, aquel inmenso Juzgado con salones de escayolas doradas, que registraba una agitación especial durante el verano de 1939. Todos procuraron que me enterase lo menos posible de la situación. Cuando hablaban conmigo dulcificaban los términos, pero, entre susurros, evasivas y medias palabras, acabé dándome cuenta de todo. O de casi todo.

Ahora sí que no comprendía nada. ¿Cómo era posible que alguien pudiera solicitar la pena de muerte para un hombre tan bondadoso y recto como mi padre? Sin embargo era eso, exactamente, lo que había sucedido.

Mi madre intentaba disimular su sufrimiento. Permanecía firme y entera, pero se adivinaba en su rostro impávido un dolor que le entristecía la mirada y entrecortaba sus palabras desde aquel día en que, al volver a casa después de rezar en San Antonio de los Alemanes, se encontró con que se habían llevado, detenido, a mi padre.

No éramos los únicos. Al igual que la nuestra, hubo muchas familias españolas injustamente afectadas por la purga que se desencadenó tras la contienda. Fue una depuración arbitraria y terrible para quienes estábamos bajo el foco de la sospecha; una sospecha, en nuestro caso, totalmente infundada: mi padre era un hombre de grandes inquietudes intelectuales, con un talante abierto y liberal, noble, generoso. Le veo, al trasluz del recuerdo, en las tardes calurosas de domingo, sentado en el salón, hojeando las páginas de El Sol junto a la radio de altavoz, o enfrascado en la lectura de algún ejemplar de su querida colección de Novelas y cuentos. Pero era... republicano.

Y eso -ser republicano- parecía ser, a los ojos del nuevo régimen, un grandísimo crimen y le convertía en un hombre sospechoso, aunque nunca hubiese aprobado los desmanes ni la barbarie que trajo la guerra; ¡y mucho menos, la persecución religiosa! Era bastante frío desde el punto de vista espiritual, pero se comportó siempre respetuosamente con la fe: nos acompañaba a Misa, quiso que estudiáramos en colegios de religiosos y procuró que don Lorenzo nos diese buena formación.

Un vecino nuestro (Dios le perdone: he rezado y sigo rezando por él) que había estado en prisión antes de la guerra, por perista (2)* lanzó contra él una larga ristra de acusaciones, tan terribles como falsas; y aunque mi padre demostró que era un pacífico funcionario público que había ayudado a personas injustamente perseguidas; aunque no había participado jamás en actos violentos y aunque no tenían pruebas de lo que le acusaban (salvo las palabras de aquel hombre), nada de eso le valió: le encarcelaron y solicitaron para él la pena de muerte.

-Se le acusa -dijo el fiscal- de connivencia con el enemigo y de auxiliar a la rebelión.

No había vuelta de hoja; todo giraba en torno a lo mismo: era republicano (es decir desafecto a los rebeldes) y había permanecido durante el conflicto en el Ministerio -antes y después Palacio- de Comunicaciones, en su puesto de trabajo habitual, para mantener a una familia numerosa como la nuestra (3)*. Esa había sido toda su "connivencia" y su "auxilio".

Fue un tiempo amargo. Nos alegraba poder vivir nuestra fe con libertad y que hubiese concluido aquella ferocísima persecución contra la Iglesia (6.832 víctimas, entre las que se contaban 12 obispos, 2.365 religiosos, 283 religiosas...). Pero... ¡nos apenaban tantas cosas! Aunque hubo personalidades destacadas de la Jerarquía que no se prestaron a ese juego, en esos primeros años de la posguerra, se produjeron, en determinados sectores, algunas mezcolanzas político-religiosas; y alguno había que justificaba purgas como la que estaba sufriendo mi padre parapetándose nada menos que tras la etiqueta de católico (4)*

Luis me explicó que no iban a matar a papá porque, tras un juicio sumarísimo, le habían condenado a varios años de prisión y podría redimirse mediante el trabajo; pero yo había renunciado a entender nada. Acompañaba a mi madre a la iglesia de Maravillas y pedía a Dios, con toda mi alma, ante aquella imagen de Cristo salvajemente mutilada, que le dejaran en libertad.

Mi madre, sola, con cuarenta y pocos años y dos hijos pequeños, removió Roma con Santiago para que lo liberaran. La entreveo, dulce y serena, llevándome de la mano hacia la cárcel, esforzándose por sonreír en aquellas tristísimas visitas en el locutorio, entre familias destrozadas que gritaban y lloraban. Además de poner toda su confianza en Dios, se esforzó para que aquello nos afectara lo menos posible; nos educó en el perdón y nos llevó, una vez y otra, a rezar al Cerro de los Ángeles, ante aquel Cristo "fusilado" por los milicianos; y en octubre de 1939 -"Año de la Victoria" según la fraseología oficial- me matriculó en un buen colegio, el de San Antón.