Un golpe sordo

Indice: Un mar sin orillas

Era otra ciudad. El mismo cielo, los mismos árboles, el mismo frío, cortante y acerado como un cuchillo; todo parecía lo mismo: pero aquel Madrid de 1939 era otra ciudad. Se veían otros gestos, otras banderas, otros símbolos. Se habían marchado muchos, al otro lado; y habían venido muchos, del otro lado también; de España a España: soldadotes renegridos que paseaban sonrientes por la Gran Vía con sus maletas de madera, amarradas con un cordel; moros de turbantes exóticos que hacían guardia junto al Palacio Real; fugitivos de tez pálida que salían de sus escondites al cabo de tres años... y por todas partes, abrazos, y risas, y saludos brazo en alto; y multitudes que abarrotaban las iglesias, abiertas de nuevo; y larguísimos desfiles, como el que se celebró el 19 de mayo de 1939 y llamaron "de la Victoria".
Fueron seis largas horas de desfile: doscientos cincuenta mil hombres, mil cañones y tres mil ametralladoras. El mayor de toda la historia de España. Varias escuadrillas de aviones rasgaron el cielo a baja altura y en perfecta formación, sobre un público entusiasta que vibraba pletórico de alegría.

A esas mismas horas nosotros caminábamos tristes entre una hilera de cipreses del cementerio, bajo una llovizna tenue. Íbamos al entierro de la abuela María, que había permanecido en Madrid durante la contienda, soportando un rosario de sufrimientos. Después de tantas penalidades, cuando ya se vislumbraba la paz, la abuela vio cómo encarcelaban a sus dos hijos: a mi padre y a mi tío Lucio. Y su corazón ya no aguantó más.

Al tío Lucio lo soltaron poco después. No sabía nada. Vino corriendo a casa, feliz, con el alborozo de la libertad recién estrenada. Al llegar, en el vestíbulo, le dieron la noticia.

Han pasado muchos años, pero todavía puedo escuchar, al filo del recuerdo, el golpe sordo de su cuerpo contra las losetas, cuando se desplomó, desmayado, sobre el suelo.

Pena de muerte

-¡Luis Rodríguez Batanero!

Mi padre se irguió con calma y se puso de pie junto al banquillo. Mi madre y mi tía María clavaron, ansiosas, la mirada en los labios del fiscal.

-¡Pena de muerte!

Dudo que haya algo más desgarrador para el alma de un adolescente que escuchar de labios de un fiscal la petición de pena de muerte para su propio padre. Esto es lo que le sucedió a mi hermano Luis. A mí no me llevaron a las Salesas, aquel inmenso Juzgado con salones de escayolas doradas, que registraba una agitación especial durante el verano de 1939. Todos procuraron que me enterase lo menos posible de la situación. Cuando hablaban conmigo dulcificaban los términos, pero, entre susurros, evasivas y medias palabras, acabé dándome cuenta de todo. O de casi todo.

Ahora sí que no comprendía nada. ¿Cómo era posible que alguien pudiera solicitar la pena de muerte para un hombre tan bondadoso y recto como mi padre? Sin embargo era eso, exactamente, lo que había sucedido.

Mi madre intentaba disimular su sufrimiento. Permanecía firme y entera, pero se adivinaba en su rostro impávido un dolor que le entristecía la mirada y entrecortaba sus palabras desde aquel día en que, al volver a casa después de rezar en San Antonio de los Alemanes, se encontró con que se habían llevado, detenido, a mi padre.