El fin del mundo

 

Indice: Un mar sin orillas

Un día me desperté sobresaltado. Escuché una algarabía de gritos, órdenes y carreras, y un chasquido bronco de mosquetones: unos ruidos desgraciadamente familiares que no había vuelto a oír desde que salí de Madrid. No había reventado la Carreña, sino la guerra, de nuevo, por las calles del pueblo. "¡Eso es que se acercan los facciosos -gritaban los segureños- y va a haber combates en esta zona!".

Gracias a Dios, no vino nadie, y al cabo de dos semanas los milicianos se esfumaron como por ensalmo y recobramos la paz; y con la paz, el aburrimiento, porque, salvo el paso de los soldados -una especie de pesadilla en medio de muestro sueño plácido-, en Santiago de la Espada no pasaba absolutamente nada. Bueno, algo sí pasó: lo del milagro.

Lo del "milagro" dio mucho que hablar. Además fue un suceso neutral, porque se contempló en los dos lados. Durante la noche del 24 al 25 de enero de 1938 el cielo se enrojeció y se tiñó completamente de rojo, como inflamado por un fuego intensísimo. Era una visión aterradora. "¡Son los rebeldes, son los rebeldes -decían-, que han debido quemar los depósitos de gasolina de Valencia!" (1)*. Pero no, imposible, no podía ser, aquello era mucho más... Los gentes del pueblo cayeron de rodillas sobre el empedrado, rezando, sobrecogidas. Las ancianas se cubrían los ojos con los mantones y exclamaban:

-¡Es el fin del mundo! ¡Ha llegado el fin del mundo!

-¡La señal! -susurró don Lorenzo, con el rostro demudado-. ¡La señal de la Virgen!

Yo, naturalmente, me inquieté mucho también porque en mis once años de existencia había presenciado cientos de bombardeos, muchísimas explosiones y un sin fin de tiroteos, pero todavía no había visto ningún fin del mundo. Y me puse a esperar la llegada de los ángeles con las trompetas anunciando la hora final; pero los únicos que llegaron fueron los platos de sopa a la hora de la cena; una cena en la que oí hablar, por vez primera, de la aurora boreal...

Así fueron pasando los meses. Hasta que un día, a comienzos de abril de 1939, como el FIN abrupto de una película de acción, todo acabó.

Y regresamos a Madrid.