Don Lorenzo

 

Indice: Un mar sin orillas

¿Sufrió usted mucho durante la guerra?, suelen preguntarme. Y siempre dudo al contestar... porque aquel tiempo me dejó un sabor agridulce en el alma: una extraña suma de penas y alegrías. Pasé, de un día para otro, de los bombardeos de Madrid a la monotonía de Santiago de la Espada; de la zozobra continua a la alegre rutina del trabajo en la huerta: me levantaba, sacaba agua del pozo, regaba mis lechugas, pescaba truchas hasta el mediodía y me bañaba en el Zumeta por las tardes (aunque de este regatillo no guardo demasiado buen recuerdo, porque estuve a punto de ahogarme). Y así, día tras día: vivía feliz. Pero a mi padre, ay, no le gustaba mi dolce far niente: ¡No puedes estar sin hacer nada! -me repetía- ¡Tienes que estudiar!

¡Ja! ¡Estudiar! -cavilaba yo para mis adentros-. ¡Estudiar con todas las escuelas cerradas a cal y canto! La guerra parecía no tener fin y las vacaciones podían durar semanas, meses, ¡años quizá! ¡Qué maravilla! ¡Años y años enteros bañándome en el Zumeta, jugando con la manguera y sacando agua del pozo!

Mi gozo en un pozo: le dijeron a mi padre que don Lorenzo Estero, el párroco de Miller, una pedanía cercana, estaba escondido en el pueblo: quizá él pudiera darme algunas clases...

Yo hubiera sentido más notalgia de mi manguera y de mis lechugas a no ser por la personalidad de aquel simpático curita de tez coloradota y jersey jaspeado que nos sonreía avispadamente tras sus anteojos de montura negra. Don Lorenzo organizó en poco tiempo una "escuela" variopinta con los hijos de los refugiados. Éramos diez o doce: algunos "mayores", como mi hermano Luis, que rebasaba la fabulosa cifra de catorce años; varios de doce y otros más pequeñajos, que rondaban los nueve, los diez, o los once, como yo.

Dios escribe derecho sobre renglones torcidos; y gracias a la guerra me encontré con aquel sacerdote que tuvo una influencia decisiva en mi alma. Don Lorenzo tenía la cultura habitual de los clérigos de la época: mucha Apologética, bastante Latín, unos gramos de Matemáticas, tres o cuatro nociones de Geografía prendidas con alfileres y... poquito más, porque en otras materias se perdía. Gracias a él me familiaricé con la Sagrada Escritura. Me enseñó, sobre todo, algo que no se aprende en los libros: el ejemplo de su propia vida.

Entendámonos: no es que yo fuera un pequeño Voltaire en calzón corto. Podía recitar de corrido el Catecismo, había hecho la Primera Comunión en junio de 1935, y a pesar de la frialdad religiosa de mi padre, en casa rezábamos el Rosario en familia. Mi abuelo Lucio, por ejemplo, no comprendía que un amigo suyo no hiciese penitencia en Viernes Santo: "¿Cómo? ¿No ayuna? -se asombraba- ¡Si hoy ayunan hasta los pájaros!"

Pero, sin ser un paganito, yo era un niño de la España republicana que había crecido en el ambiente crispado de la preguerra. Don Lorenzo supo contrarrestar eficazmente mi falta de formación religiosa y me enseñó, además, unas normas de etiqueta realmente sorprendentes:

-A ver, Antoñito: dime cómo se saluda correctamente al señor párroco, cuando uno se lo encuentra por la calle.

Aquello era tanto como aprender a saludar a los marcianos: porque en mi España (entonces teníamos dos: la "nuestra", la de los leales, y "la otra", la de los rebeldes) no encontraba uno a un párroco por la calle ni en pintura. Pero yo contestaba dócilmente, ahuecando la voz, con gesto de persona mayor:

-¡Buenas tardes, señor párroco! ¿Qué tal se encuentra usted?

-Muy bien, muy bien -asentía don Lorenzo-. Ahora tú, Luis: ¿y si uno en vez del párroco, se encuentra por la calle al señor Arzobispo?

Don Lorenzo se convirtió en nuestro amigo: nos hizo trepar hasta el nacimiento del Segura; nos paseó por aquellas montañas pobladas de liebres, conejos y jabalíes; nos enseñó a buscar fósiles y nos introdujo en los misterios de la Carreña, una fuente maravillosa que sólo manaba en verano. Era un parto terráqueo: los labradores aplastaban la oreja contra el suelo, aguzaban el oído y sentenciaban con voz profética:

-Va a reventar la Carreña.

Y efectivamente, la Carreña reventaba y manaba a borbotones un manantial de agua fresca que duraba poco más de un mes.