Santiago de la Espada

 

Indice: Un mar sin orillas

Por fin, en Santiago de la Espada. Por fin, en aquel pueblecito encaramado en una ladera abrupta de la serranía, en una linde agreste y solitaria de la provincias de Jaén, Albacete y Granada. Por fin en aquel paraje recóndito de Jaén, de origen antiquísimo, fundado en la Baja Edad Media por pastores trashumantes, conquistado en 1274 por la Orden de los Caballeros de Santiago, y bautizado con nombre de su santo Patrono.

Por fin entre aquellas buenas gentes, acostumbradas al azote de los fríos y a los vientos del Oeste. Por fin, en aquel paisaje de pinos y plantas aromáticas, con atajos angostos que la nieve cubría durante el invierno. Por fin, fuera de Madrid. Y por fin, sobre todo, la paz.

Y con la paz retornaron los juegos, las risas, las bromas, las canciones y los paseos. Y... la comida: leche de cabra y puchero campestre, de sabores serranos: caldereta pastora, gazpacho de siega, morcilla güeña, ajos de harina...

Nos alojamos en la calle de San Antonio, en casa de mi tía Amelia y mi tío Miguel. Era un caserón antiguo de tres plantas, tan grandote por fuera como absurdo por dentro: las mujeres se pasaban el santo día bajando y subiendo escaleras porque la cocina -sin agua- estaba en el tercer piso, y el comedor en el bajo...

Pronto comprobé que la vida en aquel pueblo era tan sosegada, hermosa y tranquila como monótona y aburrida; y empecé a sentir nostalgia de las bocinas de los coches por las avenidas de Madrid, del chirriar de los tranvías y hasta del chisporroteo del trole que los cobradores recolocaban una y otra vez con la pértiga. Sobre todo, echaba de menos las funciones en el Palacio de la Música con el Gordo y el Flaco, Pamplinas y Charlot haciendo payasadas y recibiendo tartazos en plena cara, entre las risotadas de la chiquillería. Pero, como a falta de pan buenas son tortas, el pueblo nos ofrecía también, todos los días, un espéctaculo gratuito, sonoro y en sesión continua: ¡qué delicia era contemplar, cuando el hielo convertía la cuesta de la fuente en una pista de patinaje, los trastazos que se daban las mozas que iban por agua, entre un estrépito de cántaros rotos, gritos y risas sofocadas!

Pero mi tío Miguel nos salvó del aburrimiento: era propietario de unas cuantas finquitas, un huertecillo y un pequeño universo de pavos, gansos, patos, gallos y gallinas que Alejo, un criado de la casa, había gobernado durante años sin problemas. Pero los nuevos vientos democráticos que luchaban por la redención del proletariado sentenciaron que el trabajo de "hortelano asalariado" era indigno de la condición humana y le obligaron a abandonarlo. Entonces mi tío nos pidió a Luis y a mí que nos ocupáramos de la huerta.

Para dos niños de la capital resultó entusiasmante pasar de la cantinela de los reyes godos -Ataulfo, Sigerico, Walia, Teodoredo, Teudismundo y aquel larguísimo etcétera- al libre cultivo de las hortalizas. La tarea dura -sembrar, cavar- la hacía el bueno de Alejo (a escondidas de sus liberadores, naturalmente) y nosotros nos dedicábamos a regar (más bien, a jugar con la manguera) los pepinos, los tomates y las lechugas, sin clases, sin horarios y sin deberes. Aquello era la antesala del paraíso.

...Un paraíso que estaba demasiado cerca del infierno. La muerte visitaba día tras día las casas del pueblo: se veían, a través de las ventanas enrejadas, a familias enteras que cuchicheaban, vestidas de negro, en torno a las mesas camillas cubiertas por faldones negros. Todo lo enlutaban: las colchas, las paredes, las cortinas: era un espectáculo dantesco. Y a medida que pasaban los meses, aquel miedo opaco, aquella angustia sin rostro iba anegando los hogares del pueblo como una marea oscura que iba ensombreciendo los rostros, apagando los colores y poblando las calles de llantos y silencios. La guerra parecía no acabar nunca: a mi tío lo movilizaron y nuestra situación económica se iba volviendo cada vez más precaria.

Mi padre seguía trabajando en Madrid, en el Cuerpo Técnico de Telecomunicaciones. Iba y venía con alguna frecuencia y nos traía mercancías de la capital, gracias a las cuales, por medio del trueque, conseguíamos alimentos y medicinas para mi madre, que seguía enferma. Esas mercancías retratan la época.

Traía, por ejemplo, plumillas de escribir, marca "de la Corona". Hasta entonces los segureños, campesinos sedentarios que sólo se alejaban del pueblo para "el servicio" -el doméstico, ellas, y el militar, ellos- no habían utilizado demasiado ese producto, pero en aquel tiempo cada familia tenía un padre, un hijo o un hermano en uno de uno de los frentes de guerra y se necesitaban muchas plumillas para escribir aquellas larguísimas cartas que rezumaban esperanzas, temores y presagios:

Querido Rafael: espero que al recibo de la presente estés bien, nosotros también estamos bien, gracias a Dios. Juan, el hijo de Pedro, ha muerto en el frente, y se comenta por el pueblo que a Paco lo han matado también. ¿Tú nos podrías decir si...?

Con frecuencia los presagios se cumplían y las mujeres le pedían a mi padre que trajese de Madrid mantos de luto, unos velos negros, amplios y transparente, con los que se cubrían de la cabeza a los pies.

Traía también cosas menos dramáticas, como "azulete" -añil- para blanquear la ropa, un producto que en "la gran urbe", como se decía entonces, había caído en desuso, pero que en aquellos pagos resultaba todavía imprescindible.