Un viaje al amanecer

 

Indice: Un mar sin orillas

Hasta que una noche de mayo de 1937 me despertó mi madre con mucho sigilo mientras dormía, y tras vestirme a toda prisa, me hizo bajar por las escaleras empinadas de nuestra casa de la calle Pozas, junto con mi padre, mi abuela Consuelo y mi hermano Luis, susurrándome:

-¡No hagas ruido! ¡Despacito! ¡Despacito!

Y salimos a la calle, entre una confusión de bultos y maletones, mientras mis abuelos Lucio y María se quedaban llorando en el portal.

-¿Por qué nos vamos?

Nadie respondía a mis preguntas. Venía también con nosotros Encarnación, una cuñada de mi tía Amelia, con sus tres hijos: Alicia, que era más o menos de mi misma edad; Angelito, que tendría unos cuatro años; y María Luísa, una criatura de pecho. El marido de Encarnación -me susurró Luis en voz baja- se había quedado escondido en una casa de Madrid, lo mismo que el primo Fausto, para que no le diesen el paseo. "-¿Y por qué lo quieren matar?". "-¡Ssshhhh! -me riñó Luis-. ¡Habla más bajo! ¿Por qué va a ser? ¡Porque es de la CEDA!". "-¿Y qué es la CEDA?".

No comprendía nada. Todo era misterioso y desconcertante en aquella ciudad hosca donde la muerte acechaba, agazapada como una hiena, tras las nubes, desde donde nos bombardeaban; tras los tejados en los que se parapetaban los francotiradores; y tras siglas y nombres que poco tiempo atrás eran inocentes...

Mi madre me llevaba de la mano, casi en volandas; cruzamos varias calles oscuras y nos sumergimos a grandes zancadas en la boca del Metro, entre un aluvión de soldados somnolientos que marchaban al frente. Salimos en Goya. Poco más allá nos aguardaba un camión de carga.

"-¿Por qué nos vamos, Luis?" -seguía yo, mientras nos acomodábamos en el volquete-. "-Porque nos cercan". "-¿Y por qué nos cercan?". El camión arrancó bruscamente y comencé a contemplar en silencio, a la luz rojiza del amanecer, los perfiles de aquella ciudad cercada que abandonábamos sin saber por qué. Fueron quedando atrás las alamedas doradas del Retiro, el granito de la Puerta de Alcalá herido por la metralla, la fuente de la Cibeles, sepultada bajo una mole de sacos terreros, el blanco esplendor del Ritz, las humaredas azules de la estación de Atocha...

El camión se fue alejando, lento y triste, en dirección a la Mancha, mientras la silueta de Madrid se iba perdiendo en la lejanía. Silencioso y acurrucado junto a mi abuela, yo miraba el rostro estremecido de mi madre, con una palidez que contrastaba con el color vrede de su abrigo. Estaba enferma de mal de Pott, una dolencia que se había agravado con las carestías del cerco.

Llegamos a Aranjuez. El camión bordeó el palacio. Era como el de Madrid, pero en chiquito: algo así como los soldados en miniatura con los que jugábamos Luis y yo por los pasillos de casa. Antes, me decía Luis, le llevaban al Palacio de Oriente para ver los cambios de guardia y el desfile de los alabarderos con su casaca azul, entre el redoblar de los tambores: ran, ran, ¡ran-pa-ta-plan! "Y había un Rey -me contaba- que se asomaba al balcón y saludaba. Pero tú eso no lo has visto, porque ahora ya no hay alabarderos, ni tambores, ni rey, ni nada".

Sobre todo, pensaba yo, ahora no hay comida. Desde hacía varios meses un hambre incontenible y angustiosa me atenazaba la garganta. Pero, por fortuna, a medida que avanzábamos por la meseta de color pajizo, todo aquello iba quedando atrás, como una pesadilla... Y cuando alcanzamos Madridejos, un pueblón manchego con pajares amarillentos y graneros de adobe, pudimos comer algo impensable pocas horas antes: un par de huevos fritos con pan. ¡Pan de hogaza! ¡Pan de verdad! ¡Pan blanco!

Desde la fonda nos dirigimos a la estación, donde subimos... ¡a un vagón de ganado! "-¿Vamos a viajar aquí, papá?" "-Sí, hijo mío, sube". Seguía sin entender nada. Y así, hechos un ovillo, sentados sobre los tablones crujientes del convoy, entre frenazos, pitidos y olores nauseabundos, discurrió aquella larguísima tarde. Al cabo de varias horas el tren se detuvo. Me alcé hasta un ventanuco, y logré deletrear tras el vaho del cristal: Al-cá-zar-de-San-Ju-an.

Anochecía. Bajamos. La estación ofrecía un aspecto fantasmal. Habían enmascarado con pintura las bombillas de las farolas para no alertar a la aviación enemiga y centenares de evacuados se agolpaban en el andén, bajo una luz azulenca, entre los soldados que iban y venían del frente, en medio de una barahúnda de colchones, mantas, cestas con gallinas y todo tipo de animales enjaulados. Cenamos en la cantina: pan y patatas guisadas con costillas de cerdo, excelsos manjares que no habíamos probado en muchos meses. De pronto, Encarnación gritó:

-¿Y Angelito? ¿Dónde está Angelito?

Nos miramos angustiados. ¡Si hace un segundo estaba aquí! Le buscamos por toda la estación: "-Perdone. ¿No habrá visto usted a un niño de cuatro años, con la cara muy blanca, que...?". Nada. Nadie lo había visto. ¿Se habría perdido? ¿Lo habrían...? ¡Pasaban entonces tantas cosas terribles!

Tras unos minutos de zozobra, lo encontramos al final del andén. La pobre criatura se había quedado dormida, rendida por el viaje, entre un amasijo de fardos y colchones.

Llegó nuestro tren y nos acomodamos -es un decir- en una de aquellas inefables terceras con toscos asientos de madera. La locomotora arrancó penosamente y traqueteó durante horas y horas entre campos solitarios y estaciones anónimas, levantando a su paso un nubarrón grisáceo de hollín y carbonilla. Era incómodo, pero por lo menos íbamos sentados como personas. Al fin, exhausto por la fatiga de aquel día largo y extraño, me dormí.

Me desperté al amanecer en una estación solitaria cerca de Calasparra, un pueblo perdido de la provincia de Murcia. Tomamos una "Alsina", y llegamos hasta Caravaca. Allí preguntamos por un taxi. "¿Un taxi?" -rió, socarrón, un vecino, ante nuestra ingenuidad de forasteros-. "¡En este pueblo no hay taxis!".

Después de una intensa búsqueda encontramos una destartalada camioneta de carga que se dirigía a la Puebla de don Fadrique. Es curioso: ha pasado más de medio siglo desde entonces y he olvidado muchísimos sucesos de mi vida, pero puedo ver todavía a la abuela Consuelo sentada delante, en la cabina, junto al conductor, con la pequeña María Luisa arrebujada entre los brazos. El resto viajábamos detrás, al aire libre, agazapados entre las cubas de vino. Y recuerdo perfectamente el tantarantán monótono de aquel camión que se tambaleó durante horas por el camino, entre un mar geométrico de olivares cenicientos, levantando una polvareda blanquecina que iba cayendo lentamente sobre nuestras cabezas...

Cuando llegamos a la Puebla de Don Fadrique, en plena Sierra de Sagra, el abrigo verde de mi madre se había vuelto de un color blancuzco y mugriento. El polvo nos cubría las ropas, la cara, los cabellos, todo: parecíamos máscaras de carnaval. Fuimos rápidamente a la fuente de la plaza para quitarnos aquellas pintas de vagabundos, mientras mi padre localizaba al médico del pueblo, viejo compañero de estudios. El médico nos agasajó lo mejor que pudo, y pocas horas después -aquí sí había taxi- entreví, en el último recodo del camino, las casas blancas de Santiago de la Espada.