Una declaración de amor

 

Indice: Un mar sin orillas

Un día, por fin, me decidí:

-¿Me quieres?

Ella musitó azorada, bajando los ojos:

-Sí...

Y le entregué mi regalo: una barra de labios. Ella me ofreció tímidamente el suyo: una insignia del Partido Comunista con la hoz y el martillo resplandecientes. Corrí a enseñársela a mis padres, más contento que unas pascuas: ¡ya éramos novios! ¡Novios formales!

Qué ingenuidad la mía: no sabía que los enamorados son unos incomprendidos; porque mis padres, en vez de emocionarse y abrazarme; o de desheredarme y echarme de casa, como en las películas... ¡se echaron a reír!

Se echaron a reír y siguieron riéndose hasta que entendí dos cosas: primero, que un noviazgo formal a los diez años resulta ligeramente prematuro; segundo, que los enamorados no suelen regalarse insignias del Partido Comunista. ¿Por qué?, me preguntaba yo en aquel lejano 1937. ¡Si se veían hoces y martillos por todas partes!: en los cartelones de propaganda, en las marquesinas de los cafés, en las banderas de los manifestantes... Naturalmente, no tenía la más remota idea de su significado: como tantos niños españoles de mi tiempo, no entendía qué sucedía a mi alrededor.

Por ejemplo: no entendí por qué, a comienzos del verano de 1936, no nos fuimos a veranear a Santander, como de costumbre, sino que permanecimos en aquel Madrid tórrido y agitado, entre tumultos y requisas, iglesias incendiadas y gentes que desfilaban cantando por los bulevares:

¡Si los curas y frailes supieran

la paliza que les van a dar...!

Era una época de silencios incomprensibles. ¿Por qué? -inquiría yo, una y otra vez- ¿Por qué se insultan? ¿Por qué se amenazan? ¿Por qué...? No había respuesta. ¿Cómo explicar a un niño las razones oscuras del odio, y el absurdo de la violencia? Qué responder cuando pregunta: ¿Por qué se matan de ese modo, papá?

Los recuerdos de los ancianos son como palabras escritas en el agua; los de los jóvenes, trazos indecisos en la arena; pero los recuerdos de los niños se graban a fuego en el alma... y me veo todavía, con nueve años, en aquel Madrid confuso, huyendo del terror de los obuses, tapándome los oídos ante el traqueteo de los pacos; corriendo bajo los bombardeos agarrado del brazo de mi madre...

¡Los bombardeos! Sonaban las sirenas y se desataba el pánico: una espiral alocada de llantos, gritos, prisas y carreras hacia los sótanos. Sólo se quedaba arriba, escondido en los pisos altos, mi primo Fausto, que se había refugiado allí para que no le mataran. Eso era muy peligroso: corría el riesgo de que le alcanzara alguna bomba; un día, de hecho, se incrustó un obús en el tejado, y hubo una explosión que hizo saltar en pedazos todos los cristales de la casa. Se salvo de milagro.

A partir de aquel verano de 1936 todo fue distinto: empezaron a caer, como hojas muertas, las tardes grises de un otoño sin colegio y comenzamos a escuchar en la radio arengas encendidas, partes de guerra y soflamas militares. Cuando creían que no les escuchábamos mi hermano Luis y yo, los mayores hablaban, entre susurros y medias palabras, de registros y sacas, de denuncias y checas, de detenciones y fusilamientos, y de paseos nocturnos que acababan en un charco de sangre junto al paredón del cementerio...

Vinieron luego las discusiones agrias en las colas del pan; vinieron las cartillas de racionamiento -100 gramos de carne, 100 gramos de legumbres y 50 gramos de sopa por día; 50 gramos de café una vez por semana-; vinieron las intrigas y los vericuetos turbios del mercado negro. Colgaron de los costados de los tranvías unos cartelones que indicaban: "Al frente"; porque el frente estaba allí: cerca, muy cerca, tras los últimos tejados y azoteas de aquel Madrid desgarrado, marrón y azul, con ribetes de provincia y sueños de metrópoli. "¡Han llegado!" -gritaban-. "¡Los moros ya están en el Manzanares!". Y se luchaba a sangre y fuego en el cerro de Garabitas, en los Carabancheles, en Villaverde, en Usera, cuerpo a cuerpo, casa a casa.

Desde aquel mes de julio mi vida quedó rasgada en dos: antes y ahora.

Antes yo iba a la Academia de San Lucas y asistía todos los domingos a la iglesia de Maravillas, donde había un Cristo al que mi madre le tenía mucha devoción. Luego entrábamos en la Casa de Campo con un pase familiar, y jugaba con Luis entre los pinos, con la ilusión de atrapar algún conejo o alguna ardilla despistada... Y por las tardes merendábamos en Molinero.

Ahora ya no había colegio: lo habían cerrado. Ni meriendas: no había dinero. Ni iglesia: la habían convertido en bodega. Al Cristo de Maravillas lo habían mutilado -una palabra que aprendí entonces- y en la Casa de Campo se combatía.

Todo había cambiado de nombre y de sentido: ya no repicaban las campanas; ya no se decía "adiós", sino "salud"; ya no se celebraban los Reyes Magos, sino la "Fiesta del Niño"; hasta el Cerro de los Ángeles se había teñido: ahora se denominaba "el Cerro Rojo"; la calle San Buenaventura, Escuela Marxista; Conde de Peñalver, Avenida de la Unión Soviética; y la Gran Vía, Avenida de Rusia, aunque en el argot popular la llamaban "de los obuses", por los muchos que caían... Junto a Un par de gitanos, de mis admirados Laurel y Hardy -"el Gordo y el Flaco"-, anunciaban películas como El carnet del Partido, Días de maniobra o Tres canciones sobre Lenin. "¡No pasarán! ¡No pasarán!" -proclamaban las pancartas-. "¡Madrid será la tumba del fascismo!" Hasta los periódicos mudaron de color en aquel extraño caleidoscopio político: el monárquico ABC se volvió republicano, como cantaba aquella coplilla puesta en labios de un proletario (otra palabreja que aprendí entonces):

Si habrá cambiado España,
que digame usté:
¡ya todas las mañanas
leo el ABC!