26 de junio de 1975

Entrevista sobre el fundador del Opus Dei. Álvaro del Portillo

–Padre, hablemos ahora de aquel 26 de junio de 1975, día en que el Fundador alcanzó la Patria definitiva. Le rogaría que reconstruyese paso a paso qué sucedió aquella mañana.

–El 26 de junio de 1975, último día de su vida en la tierra, el Padre se levantó a la hora acostumbrada. Celebró, ayudado por don Javier Echevarría, la Misa votiva de la Virgen en el oratorio de la Santísima Trinidad, a las siete y cincuenta y tres minutos. A la misma hora celebraba también yo en la sacristía mayor, porque aquella mañana nuestro Fundador deseaba ir con don Javier y conmigo a Castelgandolfo, para despedirse de sus hijas de Villa delle Rose, ya que estábamos a punto de salir de Roma. Se encontraba físicamente bien, y nada hacía prever lo que sucedería poco después.

Antes de salir de casa, hacia las nueve y veinticinco, entró en la sala de comisiones, a donde había convocado a dos hijos suyos del Consejo General, un sacerdote y un laico, para encomendarles un encargo: quería que fuesen a ver de su parte a un profesional italiano, muy amigo del Santo Padre: se trataba del doctor Ugo Piazza, que estaba gravemente enfermo. Esta persona había manifestado su deseo de hablar con nuestro Fundador, precisando que no se trataba de temas relativos a su vida espiritual, porque en esto estaba bien atendido, sino solamente para contarle algunas noticias.

El Padre rogó a estos hijos suyos que le hicieran saber que, como dentro de dos días iba a salir de Roma, le era imposible encontrar un rato para ir a verle; pero, si quería, podía comunicar aquellas noticias a un miembro de la Obra, bien un sacerdote o un laico. Añadió, con mucha fuerza e insistencia, que le dijesen estas palabras: Desde hace años, ofrezco la Santa Misa por la Iglesia y por el Papa. Podéis asegurarle –porque me lo habéis oído decir muchas veces– que he ofrecido al Señor mi vida por el Papa, cualquiera que sea. Nosotros estamos callados y procuramos trabajar mucho y con paz, aunque en la Iglesia haya algunos que no nos ven con simpatía.

Hacia las nueve y treinta y cinco, el Padre salió en coche hacia Castelgandolfo, acompañado de don Javier Echevarría, de Javier Cotelo, al volante, y de mí. En cuanto salimos del garaje, comenzamos a rezar los misterios gozosos del Santo Rosario. Terminamos antes de llegar a la carretera de circunvalación y nos pusimos a charlar: nos dijo, entre otras cosas, que podíamos ir por la tarde a Cavabianca, la nueva sede de nuestro Centro internacional de formación, porque deseaba ver algunos detalles del oratorio de Nuestra Señora de los Ángeles que había sugerido, para hacer la decoración más armónica y el ambiente más recogido y piadoso.

El viaje duró más de lo acostumbrado, a causa de un gran embotellamiento en la circunvalación. Hacía mucho calor. Javier Cotelo le habló de unos sobrinos suyos que habían estado en Roma poco tiempo antes. El Padre le escuchó con atención y se interesó cariñosamente por otros asuntos de su familia.

Hacia las diez y media llegamos por fin a Villa delle Rose. Algunas hijas suyas le esperaban en el garaje. El Padre, como siempre, les llevaba unos regalos: la figura de una pata en cristal labrado y un paquete de caramelos. El Padre solía distribuir entre los demás los regalos que recibía.
Comentó, por el pasillo, que eran sus últimas horas en Roma, antes del verano; y que oficialmente no estaba ya para nadie, pero para sus hijas sí. Se encaminó a saludar al Señor, permaneció arrodillado ante el Sagrario unos momentos, besó la cruz de palo, y se dirigió hacia la sala "de los abanicos", donde iba a tener un rato de tertulia.

Al entrar, dirigió su mirada a un cuadro de la Virgen, una pintura al óleo en la que el Niño aparece peinado con esmero, mofletudo y sonrosado, abrazado al cuello de su Madre, que le ofrece una rosa de té. Este cuadro pertenecía a la familia de los Escrivá y se encontraba en la habitación del centro de la calle Diego de León donde murió la madre de nuestro Fundador. La divina Providencia quiso que la Virgen del Niño peinadico recibiese también una de las últimas miradas de nuestro Fundador.

Sus hijas respondieron con voz alta al saludo del Padre, y le dijeron que estaban muy contentas de que hubiera ido. El Padre les comentó sonriente: ¡Qué buena voz tenéis! Después se sentó en una silla, y me cedió a mí el sillón que le habían preparado. Repitió que estaba a punto de marcharse de Roma, y añadió: Tenía muchas ganas de venir. Estamos terminando estas últimas horas de estancia en Roma para acabar unas cosas pendientes; de modo que ya para los demás no estoy: sólo para vosotras.

Después habló de que todos los cristianos deben tener alma sacerdotal y se detuvo tratando del amor al Papa y a la Iglesia. Se refirió también a los tres primeros sacerdotes de la Obra y a los cincuenta y cuatro hijos suyos que recibirían la ordenación sacerdotal pocos días más tarde: Ayer celebraríais el aniversario de la ordenación de los tres primeros sacerdotes, y estaréis encomendando a los cincuenta y cuatro que se ordenan ahora. Cincuenta y cuatro: parecen muchos, y en estos momentos –pensando en lo que se sucede por ahí– es una cosa increíble. Sin embargo, son muy pocos: enseguida desaparecen. Como os digo siempre, esta agua de Dios que es el sacerdocio, la tierra de la Obra la bebe corriendo. Desaparecen enseguida.

Vosotras tenéis alma sacerdotal, os diré como siempre que vengo por aquí. Vuestros hermanos seglares también tienen alma sacerdotal. Podéis y debéis ayudar con esa alma sacerdotal; y con la gracia del Señor y el sacerdocio ministerial en nosotros, los sacerdotes de la Obra, haremos una labor eficaz.

Le contaron algunas anécdotas apostólicas, y aprovechó para animarles a ser fieles en las cosas pequeñas de cada día, y en el cumplimiento de las prácticas de piedad del Opus Dei:

Me imagino que aprovecháis el tiempo, y también que descansáis un poco, hacéis algo de deporte y alguna excursión

Me imagino que, sobre todo, me cumplís muy bien las Normas (es decir, nuestras prácticas de piedad) y de todo sacáis motivo para tratar a Dios y a su Madre bendita, nuestra Madre, y a San José, nuestro Padre y Señor, y a nuestros Ángeles Custodios, para ayudar a esta Iglesia Santa, nuestra Madre, que está tan necesitada, que lo está pasando tan mal en el mundo, en estos momentos. Hemos de amar mucho a la Iglesia y al Papa, cualquiera que sea. Pedid al Señor que sea eficaz nuestro servicio para su Iglesia y para el Santo Padre.

No dejó un solo momento de animar aquella conversación tan agradable y edificante. Una de las presentes le habló de los frutos apostólicos de una catequesis realizada en un país de América del Sur, y el Padre precisó: Ten en cuenta que no era fruto vuestro: era fruto de la Pasión del Señor, del dolor del Señor; de los trabajos y de las penas llevadas con tanto amor por la Madre de Dios; de la oración de todos vuestros hermanos; de la santidad de la Iglesia. Se manifestaba en apariencia como fruto de vuestro trabajo, pero no tengáis el orgullo de pensar que es así.

La reunión fue breve: duró menos de veinte minutos, porque nuestro Padre comenzó a sentirse cansado. Antes de terminar, renovó el acto de amor a la Iglesia y al Papa que había pronunciado en tantas ocasiones. Pocos minutos después se sintió peor. Don Javier y yo le acompañamos a la habitación del sacerdote, donde descansó un poco. Nosotros, y también las directoras del Centro, le insistíamos para que descansara otro rato. El Padre se negó, quizá para recordarnos, una vez más, que los sacerdotes del Opus Dei sólo están en los Centros de mujeres el tiempo indispensable para cumplir su ministerio sacerdotal. Enseguida, cuando parecía que se había respuesto, salimos hacia Roma en el coche, después de haber pasado al oratorio, donde nuevamente se detuvo unos instantes para despedirse del Señor. Mientras iba hacia el garaje, se interesó por las hijas suyas con las que se iba encontrando y, con su buen humor habitual, bromeó: Perdonadme, hijas, por la lata que os he dado. Añadió: Pax, hijas mías. Después, desde el coche, saludó cariñosamente a las que nos abrieron la puerta del garaje: hijas mías, adiós. Eran alrededor de las once y veinte.

El Padre volvía de Villa delle Rose indudablemente cansado, pero sereno y contento. Atribuyó su malestar al calor. Pidió a Javier Cotelo que le llevase a Roma per breviorem, por el camino más corto. Mientras tanto continuó charlando con nosotros, aunque fue una conversación un poco discontinua, porque estábamos impacientes por llegar cuanto antes a Villa Tevere y hacerle descansar. Javier condujo deprisa, pero con cuidado, para evitar un posible mareo. Llegamos a casa en poco más de media hora.

A las once y cincuenta y siete entramos en el garaje de Villa Tevere. En la puerta nos esperaba un miembro de la Obra. El Padre bajó rápidamente del coche, con el rostro alegre; se movía con agilidad, tanto, que se volvió para cerrar personalmente la puerta. Dio las gracias al hijo suyo que le había ayudado y entró en casa.

Saludó al Señor en el oratorio de la Santísima Trinidad y, como solía, hizo una genuflexión pausada, devota, acompañada por un acto de amor. A continuación subimos hacia mi despacho, el cuarto donde habitualmente trabajaba y, pocos segundos después de pasar la puerta, llamó: ¡Javi! Don Javier Echevarría se había quedado detrás, para cerrar la puerta del ascensor, y nuestro Fundador repitió con más fuerza: ¡Javi!; y después, en voz más débil: No me encuentro bien. Inmediatamente el Padre se desplomaba en el suelo.

Pusimos todos los medios posibles, espirituales y médicos. En cuanto advertí la gravedad de la situación, le impartí la absolución y la Unción de los enfermos, como deseaba ardientemente: respiraba aún. Nos había suplicado con fuerza, infinidad de veces, que no le privásemos de aquel tesoro.

Fue una hora y media de lucha, llena de amor filial: respiración artificial, oxígeno, inyecciones, masajes cardíacos. Mientras tanto, yo renové varias veces la absolución. Bajo la dirección médica de don José Luis, nos turnamos varios miembros del Consejo General –Dan Cummings, Fernando Valenciano, Umberto Farri, Giuseppe Molteni– y el doctor Juan Manuel Verdaguer. No podíamos creer que se cumplía la hora de este grandísimo dolor.

Seguíamos esperando contra toda esperanza. Llamé por teléfono a la Directora central, para que se reunieran urgentemente en sus oratorios todas las que vivían en Villa Sacchetti, y rezaran con muchísima intensidad, al menos diez minutos, por una intención muy urgente. Y continuamos intentando lo imposible. Nos resistíamos a convencernos de que había fallecido. A pesar de nuestros esfuerzos, el Padre no se recuperó del paro cardiaco. Nos resignamos cuando vimos que el electrocardiograma era plano.

A la una y media salí de la habitación, e invité a los otros miembros del Centro del Consejo General, que estaban en la antigua sala de reuniones rezando y llorando contenidamente, a que entrasen a rezar ante los restos de nuestro amadísimo Fundador.

Todos nos arrodillamos alrededor de su cuerpo, y le besamos las manos y la frente con inmenso cariño, llenos de lágrimas. Algunos no podían creerlo: pensaban que era sólo un error, y que nuestro Fundador se recuperaría o que tal vez Dios quería que le pidiésemos con gran fe el milagro de volverle a la vida. Rezamos el responso, y seguimos rezando, destrozados por el dolor, sin poder ni querer contener las lágrimas.

El cuerpo de nuestro Fundador estaba extendido, al lado de la pared que preside un gran crucifijo en el suelo de mi despacho; debajo habíamos colocado la colcha de mi cama, recubierta de una sabana limpia. En la pared de enfrente estaba el cuadro de la Virgen de Guadalupe que había recibido su última mirada de amor.

Para nosotros, ciertamente, se trataba de una muerte repentina; para nuestro Fundador, en cambio, fue algo que venía madurándose –me atrevo a decir–, más en su alma que en su cuerpo, porque cada día era mayor la frecuencia del ofrecimiento de su vida por la Iglesia y por el Papa.

Estoy convencido de que el Padre presentía su muerte. En los últimos años repetía frecuentemente que estaba de más en la tierra, y que desde el Cielo podría ayudarnos mucho mejor. Nos llenaba de dolor oírle hablar así –con aquel tono suyo fuerte, sincero, humilde–, porque mientras pensaba que era una carga, para nosotros era un tesoro insustituible.

Nunca se había preocupado por su estado de salud, aunque en los últimos años se le agudizó la insuficiencia renal y cardiaca; sabíamos bien que no tenía miedo a la muerte, y que estaba desprendido de la vida. La meditación frecuente de los Novísimos, desde su juventud, había dispuesto día a día su corazón enamorado para la contemplación de la Trinidad Beatísima.

Desde hacía muchos años ofrecía a Dios su vida y mil vidas que tuviera, por la Santa Iglesia y por el Papa. Era la intención de todas sus Misas, y lo fue también de la que celebró el 26 de junio de 1975: aquel día el Señor aceptó su ofrecimiento.

Nuestro Fundador nos había confiado algunas veces que pedía al Señor la gracia de morir sin dar la lata: por cariño a sus hijos, quería evitarles las molestias de una larga enfermedad. Dios acogió también esta petición suya y murió –según el espíritu que había predicado desde 1928–, trabajando por el Señor, ut iumentum!

En la habitación en que murió preparamos una tabla, cubierta por una sábana blanca, y allí colocamos a nuestro Fundador para trasladarlo hasta el oratorio de Santa María de la Paz.

Antes, le quité el relicario en forma de cruz con el Lignum crucis que nuestro Fundador llevaba al cuello; lo besé devotamente y me lo puse yo, diciendo en voz alta que lo llevaría hasta la elección del futuro sucesor. Después sustituimos la medalla del Carmen que llevaba en aquel momento por un escapulario de tela nuevo.

Dispusimos los restos mortales de nuestro Fundador, aún con la sotana negra, en la nave central del oratorio de Santa María de la Paz, a los pies del altar. Antes, habíamos extendido sobre el suelo el paño negro que se suele utilizar para el túmulo en las Misas de difuntos. Eran alrededor de las dos y cuarto.

Colocamos la cruz del altar mirando a la nave. Pensando en las Misas de corpore insepulto, que se celebrarían ininterrumpidamente, pusimos sobre el altar un pequeño crucifijo, vuelto hacia el celebrante.

Antes de revestirle con los ornamentos sacerdotales, don Javier Echevarría, llorando desconsoladamente, sacó del bolsillo de la sotana todo lo que el Padre solía llevar: la agenda, el crucifijo, el rosario y un silbato que le habían regalado pocas semanas antes las chicas de un club, que querían pedir la Admisión en la Obra.

Después, aunque estaba afeitado, le volví a afeitar y le quité los zapatos. Antes, yo había sugerido que rezásemos otro responso con la oración específica para los sacerdotes. Lo dirigió father Dan Cummings. Inmediatamente después, pedí a Jesús Álvarez Gazapo –arquitecto– que comprase el féretro, llamase a un escultor –para que sacara una mascarilla del rostro y de las manos de nuestro Fundador–, y preparase la sepultura. Entretanto don Ernesto Juliá trajo los ornamentos sacerdotales. Don Javier Echevarría, don Carlos Cardona, don José Luis Soria y don Julián Herranz revistieron el cuerpo de nuestro Fundador: sobre la sotana, el amito, el alba, la estola y la casulla. El alba era de batista de hilo, de encaje. La casulla, de estilo semigótico, llevaba en el centro, por delante y por detrás, el sello de la Obra.

Apoyamos la cabeza del Padre sobre un almohadón de terciopelo; entre las manos, cruzadas, pusimos el crucifijo que San Pío X tuvo en sus manos a la hora de su muerte; después, antes de enterrarle, cambiamos este crucifijo por otro, y este segundo lo hemos conservado también como una reliquia.
Una vez instalada la capilla ardiente, quedó libre el acceso al oratorio de Santa María de la Paz. Desde ese momento hasta el del entierro comenzó un flujo ininterrumpido de hijos e hijas de nuestro Fundador, y muchas otras personas que llegaban de Roma y de otras partes. Indiqué que se abriera la puerta del número 75 de la calle Bruno Buozzi, por la que se accede directamente al oratorio; y en el vestíbulo pusimos una mesa cubierta de un paño negro y un libro de firmas. Eran las tres y media.

En la nave central se colocaron dos reclinatorios ante el cuerpo de nuestro Fundador; estaban junto a los bancos laterales de la nave para dejar libre el paso. También pusimos el acetre, el hisopo, la estola negra y el texto del responso. A los lados de nuestro Padre había cuatro candeleros con las velas encendidas.

Poco antes de las cuatro, llegó el escultor para modelar la mascarilla del rostro y las manos. Desalojamos el oratorio, y el artista llevó a cabo su tarea con gran delicadeza, conmovido por el dolor y la paz que reinaba en la casa. Estaban presentes Jesús Álvarez Gazapo, don Carlos Cardona, don José Luis Soria y algunos más. Tomaron todas las precauciones para que no se mancharan los ornamentos ni el suelo del oratorio, cubriéndolos oportunamente, como nos había enseñado a hacer el Padre. Al terminar, don Carlos y don José Luis Soria se arrodillaron llorando y limpiaron el rostro y las manos de nuestro Fundador, y le peinaron de nuevo.

A continuación, pedí a sus hijas que limpiasen también el rostro de nuestro Fundador, la cabeza, las manos, los ornamentos, y que lo peinasen de nuevo, quitándole cuidadosamente las pequeñas motas blancas que se habían desprendido de la escayola. Se encargaron de esta tarea filial Carmen Ramos, Marlies Kücking, Marisa Vaquero, Blanca Fontán, María Dolores Mazuecos y Conchita Areta. Sabía que les daría consuelo, un tristísimo consuelo. Lo hicieron todo con un inmenso cariño. Por indicación de don Javier Echevarría cortaron unos mechones de pelo de la cabeza, en la parte de la nuca, de modo que no se notaba nada. Limpiaron luego el suelo y pusieron rosas y gladiolos rojos.

Tuvieron también la delicadeza de cubrir un lado de la tirilla de algodón blanco que rodea el cuello de la casulla con otro limpio; pues, al sacar la mascarilla, se había manchado un poco.

Eran las cinco y media pasadas. Sin dejar pasar más tiempo, celebré entre sollozos la primera Misa de corpore insepulto. Asistió la Asesoría Central y la Administración. Me pareció justo aplicar la enseñanza recibida directamente del Padre: primero, sus hijas. Me ayudaron don Javier Echevarría y don Joaquín Alonso. Utilicé los mejores ornamentos y los vasos sagrados más ricos que teníamos. Antes de la Comunión, les dirigí unas palabras: las que el Señor puso en mi boca. Al terminar la Santa Misa, me arrodillé a la derecha de la sede, saqué del bolsillo el crucifijo y recité la oración En ego ("A Jesús Crucificado"), y continué la acción de gracias.

Celebró después don Javier Echevarría, también visiblemente emocionado. Asistieron al Santo Sacrificio los miembros de los Centros de varones de nuestra Sede Central. Al terminar, antes de volver a la sacristía, se detuvo delante de los restos mortales de nuestro Fundador e hizo una profunda reverencia; los demás sacerdotes que celebraron después imitaron su gesto.

Se dijeron Misas en sufragio de su alma ininterrumpidamente, una tras otra, durante todo el resto de la tarde, la noche y el día siguiente, hasta la Misa de exequias. Todos los oficiantes fueron sacerdotes Numerarios de la Obra, excepto uno, Mons. Pedro Altabella, canónigo de la Basílica de San Pedro, que quería entrañablemente al Padre y pasó horas ante su cuerpo, rezando y llorando. En total, fueron cincuenta Misas, además de una cantada y la de exequias.

Una o dos horas después de la muerte, había comunicado la dolorosa noticia a la Asesoría Central y a todos los Centros dependientes del Consejo General y de la Asesoría, así como a las Regiones de los cinco continentes donde trabaja el Opus Dei. Pedí a todos que ofrecieran muchos sufragios, como nos obligaba la piedad filial, y que al mismo tiempo empezaran a encomendarse a la intercesión de nuestro Padre.

Como a nuestro Fundador no le gustaban las grandes solemnidades, me pareció que lo mejor era que cada uno permaneciera en su sitio, en su propia Región. Solamente me permití una lógica excepción: llamé al Vicario de España, para que viniera con algunos de la Comisión Regional, y también la Directora Regional con algunas de la Asesoría. Una excepción de justicia, porque la Región de España es la "primogénita". También llamé, y era bien natural, al Vicario de Italia. El Vicario y el Delegado de Perú vinieron, porque, cuando intentaron pararlos, ya estaban en el avión.

A las tres había llamado por teléfono también al Cardenal Secretario de Estado, para informarle de la muerte de nuestro Fundador. El Cardenal Villot se quedó muy impresionado, me dio el pésame con gran afecto y me aseguró que se lo diría inmediatamente al Papa, que en aquel momento estaba descansando. Éste fue el primer anuncio oficial del fallecimiento de nuestro Fundador. Desde aquel instante la noticia fue pública, y empezó a circular rápidamente por Roma y por todo el mundo.

En todos los países, los medios de comunicación social la difundieron con veneración y respeto: era el reflejo de la impresión que recibieron directamente los periodistas que acudieron a Villa Tevere. En los días siguientes fueron apareciendo numerosísimos artículos y programas de radio y televisión, en los que se ponía de relieve la importancia de la obra de nuestro Fundador en la vida de la Iglesia. Su fama de santidad quedó aún más patente desde el momento de su muerte.

La tarde del 26 comenzaron a llegar personas de todos los ambientes sociales que deseaban manifestar su dolor y rezar. Recogimos testimonios conmovedores que evidenciaban un profundísimo amor hacia nuestro Fundador, y declaraciones unánimes que mostraban la certeza de estar ante el cuerpo de un santo. Insignes personalidades de la Iglesia y de la vida civil, empleados, obreros, jóvenes y ancianos, madres de familia con sus hijos en brazos: todos querían "ver al Padre".

En el oratorio de Santa María de la Paz se respiraba una atmósfera de intensa oración y de dolor sereno, difícil de describir. Incluso los más pequeños, de la mano de sus padres, contemplaban, sin temor alguno, el rostro sereno del Padre.

Mientras se sucedían las Misas, una riada humana afluía hasta la capilla ardiente. Entre los primeros llegó Mons. Benelli, Sustituto de la Secretaría de Estado del Vaticano, que venía en representación del Papa. Permaneció mucho tiempo recogido en oración, en un reclinatorio, frente al cuerpo de nuestro Fundador. Llegaron también cardenales, obispos y sacerdotes, embajadores, personas de alto nivel social y gente modesta, y muchísimos miembros de la Obra, cooperadores y amigos. Mostraban su dolor y su cariño permaneciendo largos ratos en oración delante de los restos de nuestro Padre.

Puedo afirmar, sin retórica, que aquellas primeras horas tras su muerte constituyeron ya una extraordinaria catequesis: "¡Cuánto bien hará a la Iglesia desde el Cielo!", exclamó el Cardenal Wright, que le quería mucho.

El Cardenal Ottaviani, antiguo Prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la fe, me dijo: "Esto no es sólo un luto para el Opus Dei: es un grave luto para toda la Iglesia". El obispo polaco Mons. Deskur, que más tarde sería elevado al cardenalato por Juan Pablo II, me confió mientras me daba un abrazo: "Hoy he celebrado la Misa por su glorificación. Espero ser uno de los primeros obispos que postule su beatificación. Deseo agradecer al Padre y al Opus Dei lo que ha hecho por la Iglesia en el terreno de las comunicaciones sociales y lo que ha hecho por mi alma". El Arzobispo Mons. Antonio Travia exclamó abrazándome: "¡Yo también me he quedado huérfano!". El Prefecto de una Congregación sugirió a todos los colaboradores de ese Dicasterio que acudieran a rezar delante del cuerpo de nuestro Fundador, para ver la serenidad del rostro de un santo.

A media tarde llegaron tres operarios de confianza que trabajaban desde hacía mucho tiempo en la Sede Central, y habían conocido personalmente a nuestro Fundador. Venían para levantar la losa de mármol de la tumba. Se quedaron rezando un rato y bajaron emocionados a la cripta, donde realizaron su trabajo con mucho respeto.

A medida que pasaban las horas, el flujo de personas aumentaba progresivamente. Sus hijos y sus hijas se turnaron durante toda la noche para velarle. Se sucedían las Misas, una tras otra.

Después de medianoche, llegó Santiago Escrivá de Balaguer, hermano de nuestro Fundador, con su mujer. Venían también con ellos una hermana mía y su marido. Estuvieron mucho tiempo rezando delante del Padre. Santiago estaba especialmente afectado y no escondía su inmenso y comprensible dolor. Asistieron a la Santa Misa y recibieron la Comunión. A la una y media les rogamos que se fueran a descansar.

Al amanecer del viernes 27 estábamos todos despiertos. A las ocho, el Sacerdote Secretario Central celebró una Misa solemne para las mujeres del Opus Dei, en el oratorio de Santa María de la Paz.

Don Javier y yo permanecimos aquella mañana mucho tiempo al lado del Padre, junto a cardenales, obispos, sacerdotes y amigos que venían a rezar y a saludar por última vez a nuestro Fundador. A media mañana me levanté de uno de los bancos laterales, me arrodillé junto a la cabeza de nuestro Fundador, y apoyé mi frente sobre la suya durante unos instantes. Después tomé tres rosas rojas de uno de los ramos de flores que había allí, las puse sobre sus pies, y me vinieron a los labios las palabras de San Pablo: Quam speciosi pedes evangelizantium pacem, evangelizantium bona (Rom 10, 15).

También Santiago y su mujer se quedaron casi toda la mañana velando los restos de su hermano.

En las primeras horas de la tarde, vinieron a Villa Tevere los embajadores de diferentes países acreditados ante la Santa Sede, entre ellos el Decano del Cuerpo Diplomático; los Cardenales Rossi, Wright, Seper, Baggio, Garrone, Philippe, Oddi, Guerri, Ottaviani, Palazzini, Traglia, Violardo; los embajadores de España en Italia y la Santa Sede, diplomáticos de varios países, y Mons. Carboni, Nuncio de Italia y Decano del Cuerpo Diplomático acreditado ante el gobierno italiano; el sastre que hacía las sotanas al Padre, con su mujer y su hija; obreros que habían trabajado en Villa Tevere; el Cardenal Arzobispo de Guatemala, que pocos días después iba a ordenar a cincuenta y cuatro miembros de la Obra; el subjefe de la Policía; la empleada doméstica de los sobrinos de San Pío X, que habían regalado tantas reliquias de nuestro Santo Intercesor; numerosas religiosas –muchas de ellas con parientes en la Obra-, y religiosos, entre ellos, el Prepósito General de la Compañía de Jesús; intelectuales italianos; una delegación del Ayuntamiento de Barbastro...: una procesión continua de gente que se sentía en deuda de gratitud con nuestro Fundador, y que es imposible enumerar.

En aquellos momentos me consoló mucho recibir la cariñosa respuesta del Santo Padre Pablo VI a la información que le había enviado en mi calidad de Secretario General de la Obra. A través de Mons. Benelli, el Papa expresó su condolencia y nos dijo que también espiritualmente rezaba junto al cuerpo de "un hijo tan fiel" a la Santa Madre Iglesia y al Vicario de Cristo. Antes del funeral público, llegó a Villa Tevere un telegrama de la Sede Apostólica. El Romano Pontífice renovaba la expresión de su condolencia, manifestaba que estaba ofreciendo sufragios por el alma de nuestro Fundador, y confirmaba su persuasión de que era un alma elegida y predilecta de Dios; concluía impartiendo la Bendición apostólica para toda la Obra. Como es costumbre, el telegrama llevaba la firma del Cardenal Secretario de Estado, que se unía de todo corazón a nuestro dolor, y a los sentimientos de Pablo VI, quien deseaba hacernos llegar lo antes posible aquellas líneas.

Poco tiempo después recibimos otra prueba de afecto por parte del Santo Padre: una carta, en la que manifestaba más extensamente la intensidad del dolor del Papa y de su cariño hacia nuestro Fundador y el Opus Dei. El Cardenal Secretario de Estado explicaba que Su Santidad había celebrado la Santa Misa el 27 de junio en sufragio por el Padre y que, al cabo de los días, no había disminuido su oración ni su dolor ante la pérdida sufrida por la Iglesia con el tránsito al cielo de nuestro Fundador. Terminaba asegurando que continuaría rezando para que el Señor nos concediese ser siempre fieles al espíritu que nuestro Fundador, por Voluntad divina, nos había transmitido.

Llegaron a la Sede Central del Opus Dei miles de telegramas y cartas desde los cinco continentes: además de expresiones del más sentido dolor, reflejaban concordemente la convicción de que había muerto un santo, uno de los grandes fundadores suscitados en la Iglesia por el Espíritu Santo.
Pero volvamos al viernes 27 de junio. Alrededor de las dos de la tarde trajeron el féretro, y colocamos el cuerpo del Padre con mucho cuidado. Era de caoba, con una caja interior de zinc, forrada con seda morada. Apoyaron la cabeza sobre un pequeño cojín, también morado. Conservamos como reliquia el pequeño almohadón sobre el que se había apoyado hasta ese momento.

Poco después llegó el forense, que debía comprobar el cumplimiento de las normas prescritas por la ley italiana para la sepultura de un cadáver fuera del cementerio. El médico estaba acostumbrado a presenciar el dolor de los allegados ante la pérdida de una persona querida. Le sorprendió ver un cariño tan poco común y no quiso cobrar honorarios.

En cuanto terminamos este tristísimo y piadoso deber, las Numerarias de la Asesoría Central y de los Centros dependientes prepararon el oratorio para la última Misa de corpore insepulto, la Misa exequial solemne. Trajeron algunas cestas llenas de crucifijos y rosarios y, arrodilladas, los pasaron por las manos de nuestro Fundador. Aquellos objetos eran ya para todos preciosísimas reliquias. A la vez besaban al Padre en la frente.

Al lado del féretro estaban Santiago Escrivá de Balaguer, su mujer, y mis parientes que les habían acompañado. Fue una Misa cantada en gregoriano por el coro del Colegio Romano de la Santa Cruz. En el presbiterio y en la tribuna estaban también muchos sacerdotes Numerarios, todos revestidos con sobrepelliz. Utilicé el cáliz que le habíamos regalado el 28 de marzo pasado, con ocasión de sus bodas de oro con el sacerdocio. Eran las seis.

Celebré ayudado por don Javier Echevarría y father Dan Cummings. Pronuncié una breve homilía implorando a todos los presentes que hicieran el propósito firmísimo de ser más fieles que nunca al que el Señor nos había dado como Padre, vivir muy unidos, ser muy humildes.

Al terminar la Misa, precedido por los acólitos y un ministro con la cruz procesional, bajé a la nave para rezar un responso mientras el coro entonaba el Libera me Domine. Fue el último que rezamos delante de su cuerpo antes de la sepultura. Había llegado el momento del entierro.

Hacia las siete y media se cerró el ataúd. Estaban presentes don José Luis Soria y Jesús Álvarez Gazapo. Antes, habíamos sustituido por otro crucifijo el que el Padre tenía entre las manos. A continuación lo enterramos.

El Consejo General y la Asesoría Central del Opus Dei prepararon el solemne funeral público para el día siguiente, 28 de junio, a las once de la mañana, en la Basílica de San Eugenio a Valle Giulia. Se trata de un templo construido para cumplir un deseo del Santo Padre Pío XII, con limosnas de los fieles de todo el mundo; también nuestro Padre había contribuido al comienzo de los años cuarenta, con una limosna muy generosa para las posibilidades económicas de entonces.

Había sitio en los bancos para cuatrocientas personas. Se pusieron mil sillas más. La mayor parte de los asistentes al funeral se enteraron de la hora y el lugar a través de otras personas, ya que una huelga imprevista de distribuidores de periódicos impidió que se difundiera la noticia enviada a la prensa. La iglesia empezó a llenarse desde las diez. Algunos directores y otros miembros de la Obra se encargaron de recibir en la entrada a las autoridades eclesiásticas y civiles. Celebró don Francisco Vives, ayudado por el Vicario de Italia y otros sacerdotes. Miles de personas de toda edad y condición abarrotaban el templo. Acudieron numerosos cardenales, altos dignatarios de la Santa Sede, miembros del Cuerpo Diplomático ante la Santa Sede y el Gobierno italiano, presididos por sus respectivos Decanos –el Nuncio Apostólico en Italia y el embajador de Guatemala–, representantes de los sectores más diversos de la vida civil y muchos fieles de los barrios periféricos de Roma, de ciudades cercanas y del extranjero.

En representación del Papa asistió Mons. Benelli, que se sentó junto a mí en el presbiterio. Estaban presentes los cardenales Violardo, Ottaviani, Fürstenberg, Baggio, Palazzini, Oddi, Aponte, Casariego, junto con muchos otros obispos, prelados, sacerdotes y superiores de Órdenes y Congregaciones religiosas.

Los cardenales y las demás personalidades eclesiásticas siguieron la ceremonia desde el presbiterio: después me manifestaron su asombro al contemplar aquella multitud tan heterogénea que rezaba con tanta fe, dando así un testimonio patente de la repercusión que habían tenido en su vida el ejemplo y las enseñanzas del Fundador del Opus Dei. Un gran número de sacerdotes distribuyó la Comunión durante más de media hora, en un clima de recogimiento y de fervor.

Tiempo después, el Cardenal Oddi describió así la viva impresión que le había producido aquel funeral: "No puedo olvidar la edificante manifestación de devoción y piedad, que me emocionó profundamente, con ocasión del funeral, así como del primer aniversario del retorno a Dios del alma de este Siervo fiel. La gran iglesia de San Eugenio estaba literalmente abarrotada por miembros y simpatizantes del Opus Dei, que con un recogimiento ejemplar asistían a la celebración del Sacrificio del altar, y se acercaban a la Sagrada Mesa con un espíritu de convencimiento y de fe que no es fácil encontrar en celebraciones de este tipo".

Aquel mismo día envié a todas las Regiones otro telegrama, invitando a celebrar un funeral en una iglesia pública en las ciudades en que hubiera un Centro de la Obra. No podíamos defraudar las esperanzas de tantas personas que deseaban expresar su cariño a nuestro Fundador, y además era justo ofrecer a todos la ocasión de rezar por su alma. Estas Misas constituyeron un impresionante testimonio de piedad filial y de sentida gratitud: en numerosas ciudades de los cinco continentes, miles y miles de personas se reunieron, cor unum et anima una, para rezar por el alma de nuestro Fundador, llenando iglesias y catedrales que desde hacia siglos no registraban quizá una afluencia de fieles semejante.

En todas partes se vivió el mismo clima de dolor sereno y de piedad, de oración y de lágrimas, que había caracterizado los funerales solemnes del 28 de junio en la Basílica romana de San Eugenio. Fue verdaderamente otra catequesis del Padre, que produjo idénticos frutos sobrenaturales que sus "correrías" apostólicas: un gran número de confesiones y comuniones, propósitos de fidelidad y de generosidad personal, conversiones grandes y pequeñas; la única diferencia era que las dimensiones del fenómeno tomaban ahora proporciones universales.

Estas impresiones están ampliamente documentadas por comentarios de la prensa y testimonios de los presentes. Las crónicas sobre estas Misas no sólo pusieron de relieve el excepcional número de asistentes, sino también la variedad de su extracción social: personalidades de primer orden en la vida pública, madres de familia, hombres del campo, profesores, estudiantes, empleados, profesionales... Para asistir a la ceremonia, muchos tuvieron que superar dificultades considerables a causa del horario de trabajo, o la distancia que debían recorrer. La jerarquía eclesiástica local se unió al dolor de los miembros del Opus Dei, participando también personalmente en esas Misas.

En particular, me alegra recordar un fenómeno que se verificó en todas partes: la conversión de muchas almas, apartadas de los sacramentos desde hacía muchos años, que se sintieron empujadas a confesarse y a comulgar; además, personas no católicas decidieron prepararse para recibir el Bautismo.

El Santuario de Torreciudad se inauguró diez días después, el 7 de julio de 1975, precisamente con un funeral por el alma del Fundador de la Obra. En la iglesia, el atrio y la explanada había unas siete mil personas. Entre otros, el Vicario general de la diócesis de Barbastro, las autoridades provinciales y locales, muchos obreros que habían trabajado en la construcción del Santuario junto con sus familias, y tanta gente de otras localidades. Hubo centenares de confesiones.

A pocos kilómetros de distancia, en la ciudad natal de nuestro Fundador, el Ayuntamiento de Barbastro organizó un funeral que celebró el Obispo de la diócesis en la catedral. Asistieron todas las autoridades locales y un gran número de fieles. La consternación era general: no hacía un mes que nuestro Fundador había estado entre sus conciudadanos, que le habían entregado la medalla de oro de Barbastro.

Nuestro Fundador fue sepultado en la cripta del oratorio de Santa María de la Paz, el 27 de junio de 1975, al día siguiente de su muerte. El 4 de octubre de 1957, había dicho a Jesús Pedro Álvarez Gazapo las palabras que quería que se pusiesen sobre su propia tumba, aunque después aclaró que sólo era un deseo, y que podíamos decidir libremente. Son éstas:

IOSEPHMARIA ESCRIVA DE BALAGUER Y ALBAS
PECCATOR
ORATE PRO EO
–––––––––––––––––––––
GENUIT FILIOS ET FILIAS

Respecto a estas últimas palabras, comentó sonriendo: Si queréis, podéis añadirlas.

Yo pensé, en la presencia de Dios, que no podíamos transcribir la primera parte, con mayor motivo habiéndonos dejado libertad. Durante muchísimos años al Padre le había gustado firmar así: Josemaría, Pecador, o el pecador Josemaría; y se definía a sí mismo como un pecador que ama a Jesucristo. Una gran lección de humildad para todos nosotros; pero me parece que no habríamos sido buenos hijos si hubiésemos grabado una inscripción así sobre la tumba.

Interpretando el deseo de todos, dispuse que sobre la tumba se escribieran, en letras de bronce dorado, solamente estas palabras: EL PADRE. En la parte de arriba se puso el sello de la Obra, una circunferencia que rodea la cruz, y abajo, a la derecha, la fechas de nacimiento y de muerte.

Comenzó entonces una peregrinación ininterrumpida a la tumba de nuestro Fundador, al que fieles de toda nacionalidad y condición confiaban sus peticiones y sus propósitos de renovación interior. Después, el 19 de febrero de 1981, el cardenal Ugo Poletti, Vicario para la diócesis de Roma, promulgó el Decreto que introdujo la Causa de Canonización del Fundador del Opus Dei. El 9 de abril de 1990 Juan Pablo II declaró la heroicidad de las virtudes vividas por el Venerable Siervo de Dios. El 6 de julio de 1991, en la presencia del Santo Padre, se leyó el decreto que sancionaba el carácter milagroso de una curación operada por intercesión del Venerable Josemaría Escrivá. Y el 17 de mayo de 1992 el Pontífice Juan Pablo II lo proclamaba Beato.