Curación de la diabetes

Entrevista sobre el fundador del Opus Dei. Álvaro del Portillo

–El Fundador enseñó a no tener miedo a la vida ni miedo a la muerte, porque Dios es Señor de la vida y de la muerte. Escribió en Camino: Me hablas de morir "heroicamente". –¿No crees que es más "heroico" morir inadvertido en una buena cama, como un burgués..., pero de mal de Amor? (num. 743). ¿Estuvo alguna vez en peligro de muerte?

–La curación de la diabetes, que le diagnosticaron en 1944 y que probablemente tenía desde mucho antes, está ligada a un suceso ciertamente extraordinario.

La enfermedad, muy grave y con efectos secundarios especialmente dolorosos, siguió su curso hasta el 27 de abril de 1954, fiesta de la Virgen de Montserrat. Dos o tres días antes, el médico que le trataba, el doctor Faelli, le había recetado una nueva marca de insulina retardada, indicando que le pusiéramos ciento diez unidades. Como de costumbre, me encargué yo de ponerle la inyección. Me había preocupado de leer atentamente las indicaciones de esa medicina, y vi en el prospecto que cada dosis de este nuevo tipo de insulina equivalía a algo más del doble de la normal. Me pareció por eso que ciento diez unidades era una cantidad excesiva, y como las dosis elevadas de insulina aumentaban las jaquecas que padecía nuestro Fundador, reduje la dosis, a pesar de las indicaciones del médico. Con todo, se le desencadenó una reacción de tipo alérgico, para mí desconocida. Hablé con el doctor Faelli y me dijo que continuara con el tratamiento.

El 27 de abril le inyecté la insulina cinco o diez minutos antes de comer. A continuación fuimos hacia el comedor. Como la dieta que seguía el Padre era muy estricta, en aquella época almorzábamos los dos solos, para que nadie se sintiese cohibido ni obligado a comer menos; así, a los demás se les servían cosas que el Padre no podía tomar, como patatas, pasta, etc. Poco después de bendecir la mesa, me pidió con voz entrecortada: Alvaro, ¡la Absolución! Yo no le entendí, no podía entenderlo. Dios permitió que no comprendiese sus palabras. Entonces repitió: ¡La Absolución! Y por tercera vez, en muy pocos segundos, dijo: ¡La Absolución!, ego te absolvo..., y en aquel instante perdió el conocimiento. Recuerdo que primero se puso intensamente rojo y después de color amarillento, terroso. Y se quedó como muy encogido.

Le impartí la absolución inmediatamente e hice lo que pude. Después de llamar al médico, le puse azúcar sobre la lengua y le hice tomar un poco de agua para que pudiera tragar: no reaccionaba y el pulso era imperceptible. El médico, Miguel Ángel Madurga, miembro de la Obra, llegó al cabo de trece minutos, cuando el Padre empezaba a recuperar el conocimiento. Le tomó el pulso, la tensión, etc., y dio las oportunas indicaciones. Nuestro Fundador tuvo la delicadeza de preguntarle si había comido: ante su respuesta negativa, le hizo comer allí mismo y habló con él tranquilamente, respondiendo a sus preguntas. Cuando el médico salió, el Padre me dijo: Hijo mío, me he quedado ciego, no veo nada. Yo le pregunté: Padre, ¿por qué no se lo ha dicho al médico? Para no darle un disgusto innecesario; a lo mejor esto se me pasa.

Tuvo que quedarse varias horas en el comedor, porque no se podía mover y no quería preocupar a nadie. Después, empezó a recuperar la vista y le acompañé a su habitación. Mirándose en el espejo, comentó: Ya sé como quedaré cuando esté muerto. Le hice notar que estaba ya mucho mejor, y que tendría que haberse visto unas horas antes: entonces sí que parecía un cadáver. Además, le había sucedido algo que, según dicen, ocurre a los que están en trance de muerte. El Padre me contó que el Señor le había concedido ver toda su vida en un instante, como en una película rapidísima: había tenido tiempo para pedirle perdón por todos los errores de los que se consideraba culpable, e incluso de algo que en su día no había acertado a comprender. Era esto: en una ocasión el Señor le hizo ver que moriría varios años después, según le pareció entender. Ahora, al verse morir, le pidió perdón también por no haberle comprendido.

Enseguida vino a verle el doctor Faelli y descubrió con sorpresa que habían desaparecido todos los síntomas de la diabetes, que, como se sabe, es una enfermedad incurable. Estaba tan claro que suspendió el tratamiento y le dio de alta. Nuestro Fundador sólo comentó que, de la misma manera que el Señor le había mandado aquella enfermedad, ahora lo había curado en un fiesta de la Virgen, precisamente en la de Nuestra Señora de Montserrat, a la que tenía tanta devoción.

Otro suceso ilustra su serenidad y su sentido sobrenatural ante la muerte. Ocurrió en 1963.

Durante el Concilio Ecuménico Vaticano II, en mi calidad de Secretario de la Comisión Conciliar para el clero, tuve que ir a Venecia para examinar algunas cuestiones con el Patriarca, el Cardenal Urbani, que formaba parte de la Comisión conciliar central de coordinación. Nuestro Padre quiso acompañarme, y el 4 de febrero salimos en coche de Roma, junto con don Javier Echevarría y Javier Cotelo, que iba al volante. Al día siguiente continuábamos aún de viaje y nos dimos cuenta de que, en algunos tramos, había hielo en la carretera y la circulación era peligrosa. Después de pasar Rovigo, a cuatro kilómetros de Monselice, el coche patinó y dio varias varias vueltas sobre el eje, pero no volcó, sino que salió a gran velocidad hacia atrás dentro de la carretera. Fuera de todo control, el vehículo se dirigió hacia un precipicio. Se detuvo al borde del cortado, chocando contra un mojón de piedra, precisamente en el lado en que iba nuestro Fundador. La puerta quedó totalmente destrozada, y salimos a duras penas del coche, que se quedó suspendido sobre el vacío. Nuestro Fundador reaccionó de modo ejemplar: no se dejó llevar por el susto, sino que invocó inmediatamente la protección del Señor y de los Ángeles Custodios. Don Javier Echevarría y Javier Cotelo lo pasaron un poco mal. Una vez en Venecia, resolví rápidamente los asuntos que habían motivado el viaje y nos volvimos después a Roma.